Vuestros deseos, nuestras quimeras

nubes de sueños suelen ser.

Y el tiempo loco se nos escurre

en un querer y no poder…

Jim Jarmusch (Ohio, 1953) es uno de los directores que mejor ha sabido estudiar y expresar en sus trabajos cinematográficos el aburrimiento existencial mediante el paso del tiempo y la dificultad de sentirse vivo. Esa desesperación por buscarle un sentido a nuestra realidad ya la expuso en su segundo largometraje, Extraños en el Paraíso (Strangers than Paradise, 1984), donde la magistral fotografía en B/N del gran Tom DiCillo capturaba y expresaba a la perfección la gris existencia de su trío protagonista.

SPOILER

Paterson es un conductor de autobuses con ínfulas de poeta interpretado por uno de los mejores actores de la actualidad: Adam Driver. Paterson es también la ciudad en la que vive Paterson, en el Estado de New Jersey. Ambos, persona y ciudad, parecen la misma cosa, no pueden escapar el uno del otro, se mimetizan en su anodina vida cotidiana.

El poeta Paterson busca inspiración para su creatividad en los objetos y rincones de su entorno, en esas pequeñas cosas que le rodean; la ciudad, estático paisaje de la periferia y lugar que desmitifica el sueño americano, sólo le ofrece la misma rutina que se repite día tras día. Levantarse de la cama; escuchar las conversaciones de los viajeros de su autobús; comer insulsos sándwiches; asistir a los vaivenes profesionales de su esposa que hoy quiere ser pintora y mañana músico; sentarse en el sofá delante de su bulldog, ese perro gordo, desganado y vago que representa la apatía del entorno; ir todas las noches al mismo bar…

Cada acción parece formar parte de un bucle interminable, todo parece lo mismo aunque los días vayan devorando la semana. En este tedioso aburrimiento vital, los únicos momentos “excitantes” parecen ser los del cliente habitual del bar que entra con una pistola descargada amenazando con matar y suicidarse…

En este contexto, Paterson se esfuerza sin mucho éxito y de manera casi impertérrita por ser creativo. Las letras que plasman su pensamiento pueden ser un escape fugaz de esa realidad lenta y carente de todo frenesí. Pero no hay huída posible. Ni para Paterson el poeta ni para Paterson la ciudad. Ese perro gordo, desganado y vago que representa la apatía más absoluta, que parece inofensivo a primera vista, arranca a mordiscos cuando nos descuidamos nuestras ilusiones, destruyendo aquello que intentamos crear para darle un sentido a nuestro paso por este miserable mundo alienante. Ese mundo-perro está ahí para decirnos que él gana: que nuestro sitio está en conducir un autobús, escuchar a los desconocidos que entran en él, en comer insulsos sándwiches, en ir al mismo bar cada noche…

Y mientras el tiempo pasa, creando un trayecto vital que recorremos mediante planos estáticos y sin movimientos de cámara que acentúan el sopor de nuestras vidas… Jarmusch, con un toque no carente de malicia, nos dice que hay una pequeña esperanza: una nueva semana empieza y es una página en blanco. Mañana vuelve a ser lunes, el hastío volverá pero, ¿seremos capaces de crear algo que acabe con tanta desgana?

No se olviden de visitar a Paterson, el poeta, la ciudad y, sobre todo, esta pequeña maravilla que es la película.