Roberto Baggio se prepara para lanzar. Coge carrerilla. Chuta y el penalty se le va por encima del larguero, perdiéndose en el cielo de California.

En Esteiro (A Coruña), a muchos miles de km. del Rose Bowl de Los Angeles, un niño de 8 años corre emocionado y sale del “Pub Chapa” gritando en medio de la noche: “Brasil ha ganado el Mundial”. Es el 17 de julio de 1994 y Esteiro está en mitad de sus fiestas de Santa Mariña.

Aquel niño, quien esto escribe, había visto cumplido su sueño: Brasil, la selección a la que apoyaba por su primer ídolo (Romario), era campeona. Todo había iniciado unas semanas atrás…

JUNIO DE 1994, UN MES EN EL RECUERDO

Algunas semanas antes del 17 de junio, fecha de inicio del Mundial, ya había empezado en la ikastola de Berango en donde yo estudié, la fiebre infantil por lo que se avecinaba. El álbum y los cromos de Panini de USA´94 copaban todas las charlas de los chavales, que nos intercambiábamos los cromos que nos faltaban para completar la colección.

Aquel niño que hoy ya es adulto se aprendió de memoria todos los nombres de aquel álbum: los de los jugadores de cada selección, pero también los estadios y las ciudades… Ya enfermo también por el cine, convergió en mi mente que aquel país donde se celebraba el Mundial era también la Meca del cine. Ese dato perduró en mí en adelante y siempre me quedó el sueño: estudiar cine y convertirme en director en EEUU. Con los años pude cumplirlo a medias: estudié cine, pero en casa, en Bilbao.

Se entiende que la importancia de aquel Mundial en mi vida trascendió al fútbol y fue a través de una serie de inolvidables personajes que aquella cita quedó grabada en mi memoria. Aún hoy parece que fue ayer y ya han pasado 26 años.

JÜRGEN Y XABIER

El 17 de junio era viernes. A las 21.00 horas me senté ansioso delante del televisor. En Chicago, se abría el fuego con un Alemania-Bolivia. Los teutones parecían imbatibles pero delante estaba una selección que parecía más bolivariana que boliviana por lo conseguido ante las grandes potencias de Sudamérica en las eliminatorias. Y dió guerra hasta que el cuento se acabó cuando apareció el que iba a aparecer siempre para Alemania en aquel Mundial. El primer jugador que me impresionó en aquella Copa del Mundo: Klinsmann. Mi compatriota Xabier Azkargorta no había podido obrar el milagro.

LA EUSKO ROJA

De madrugada se estrenaba España. Llena de paisanos míos, mandé grabar el partido y lo vi apenas me levanté de la cama. Lopetegui, Zubi, Alkorta, Julio Salinas, Julen, Goiko, Bakero, Begiristain más Clemente y Andoni Goikoetxea en el banquillo. Mucho vasco en aquel equipo de amigos orquestado por el Rubio de Barakaldo. Un equipazo. Llegó el bla, bla, bla… si defensivos, si jugaban al pelotazo largo… la realidad es que aquel equipo triunfó por ser, precisamente, un equipo. El equipo de las perillas, el compañerismo etc. Fue superior a todo el que se enfrentó, menos a Corea del Sur durante los últimos 20 minutos, y a Sandor Puhl.

Aquella cuadrilla mereció mucho más…

FERNANDO CARLOS

En Argentina esperaban a Maradona. Y en los despachos de la FIFA también. En cuanto pudieron, los burócratas se lo cargaron y Argentina sucumbió en octavos ante la Rumanía de Hagi.

En la albiceleste ya idolatraba a Fernando Redondo. Piernas arqueadas, pelo Pantene y esa zurda que creaba con la misma elegancia con la que robaba balones. Redondo acaparaba el centro del campo. Cuando su luz profesional empezó a apagarse a incios del siglo XXI se inventó el “doble pivote”. Dos futbolistas, los Albelda-Baraja, Essien-Lampard o Makelele-Zidane hacían el trabajo que Redondo hacía solo. Eso da una muestra del futbolista excelso que el argentino fue.

ROBERTO

Al principio llamó la atención de aquel niño de 8 años por su coleta de trenzas. A partir de octavos, Il Codino se convirtió en un detalle ínfimo cuando el Balón de Oro del año anterior sacó a relucir toda su magia.

Roberto Baggio se cargó prácticamente solo a Nigeria, España y Bulgaria; agrandó el halo de sabiduría y éxito del hombre de Fusignano que había convertido al Milan en una máquina temible y ahora pilotaba la selección italiana: Arrigo Sacchi.

Convertido en villano durante la final por quien esto escribe, salió perdedor en aquel tiroteo climático en el Western americano contra mi verdadero héroe en aquella historia y tiempo: Romario de Souza Faria. Pero Baggio se convirtió con el tiempo en otro de mis ídolos, idealizado después de aquel Mundial.

JOSÉ ROBERTO Y ROMARIO

Si a la Brasil ideada por Carlos Alberto Parreira la convirtiesen en film la llamarían Los Gemelos Golpean Dos Veces. Bebeto aparecía cuando Romario no llegaba y Romario llegaba cuando Bebeto no aparecía. Esa fue la minúscula diferencia con Italia: la azzurra tenía a uno, Brasil a dos.

Y entre tanto ladrillo, entre tanto Zinho, Mazinho y Requetezinho, la dupla delantera llevó a la canarinha al éxito, dando una alegría a aquel niño en Esteiro. Ídolo Romario… hasta que allí, en aquel Mundial, me enamoré de otro y a Romario le acabé poniendo los cuernos en adelante…

HENRIK

Y aquel que se convertiría en mi ídolo en adelante era un rastafari que formaba parte de un equipo de rubios nórdicos, que acabarían jugando un fútbol rebelde como el reggae y alejado de la rigidez que se les presuponía por su origen geográfico; finalizaron terceros. El Gatopardo de Glasgow, Henrik Larsson, dió sus primeros zarpazos aquel verano con Suecia.

26 años después, quien esto narra es llamado “Larsson” por sus amigos y el nombre de este blog es también un homenaje a él.

HRISTO Y GEORGHE

Europa del Este se abría después de que el Comunismo perdiese la Guerra Fría. Dos selecciones de aquella región, vista como una sucesión de países rígidos y sin libertades, enarbolaron la bandera del anaquismo y el hedonismo futbolístico y entre cigarros, birras y baños en la piscina de los hoteles, fueron la alegría de la huerta.

Dos de izquierdas, más por zurdos que por ideología, Hagi y Stoitchkov, lideraron a Rumanía y a Bulgaria. Ambas selecciones vestían Adidas y ya no hay camisetas como las que se vieron en aquel Mundial.

GLORYLAND

26 años después, muchas veces me encuentro a mí mismo delante de Youtube escuchando la canción de aquel Mundial. Esa musiquilla que daba entrada a los partidos. Y no puedo creer que tanto tiempo haya pasado. Algunos futbolistas de aquel Mundial ya han muerto; las estrellas de entonces han envejecido; algunos son ahora seleccionadores de aquellos combinados que estuvieron allí…

Y cuando vuelvo a Esteiro a visitar a mi familia de allí, veo el cartel: Pub As Searas. El que una vez fue el Pub Chapa, que vió salir corriendo a aquel niño festejando el triunfo de Brasil. Y me voy atrás en el tiempo: muchos Mundiales han llegado después. Desesperado, he querido y quiero que todos me hagan soñar como aquel. Pero es imposible. Porque las cosas solo pasan una vez. Y sólo USA´94 me hizo soñar. Sólo una vez, en el Mundial de la canción Gloryland, coincidieron todos aquellos nombres; sólo una vez fue 1994; y sobre todo, sólo una vez fuimos capaces de soñar con inocencia… quién pudiera ser niño para siempre.