SOBRE CADA NIÑO SE DEBERÍA PONER UN CARTEL QUE  DIJERA:«TRATAR CON CUIDADO. CONTIENE SUEÑOS»

 Mirko Badiale

HAY ALGO SOBRE LOS AMIGOS DE LA INFANCIA QUE NO PUEDES REEMPLAZAR

Para mis hermanos y todas nuestras madres

José Antonio González marca el penalty de su vida. Al menos, hasta ese momento. Es el último minuto de un partido de fútbol que paraliza a la ikastola de Berango, entonces llamada Santo Domingo de Guzmán. Frente a frente, los dos gallos del lugar, los que éramos los mayores aquel curso 96/97 en la ikastola: 6°A (los que estudiaban en castellano) contra 6°D (los que estudiábamos en euskera). El partido se ha apalabrado el día antes, durante un conflicto que va escalando y que amenaza con convertirse en una guerra entre las dos clases. El que gane, se queda con la mitad del campo en el que la portería da contra una pared en el que el balón rebota y no hay que ir a buscarlo si el portero no la para; el que pierda, se va a tener que ir a jugar lo que resta de curso a la otra mitad del campo, en el que detrás de la portería hay un vacío que provoca que el que dispara y mete gol o la tira fuera, tiene que ir a buscarla al quinto pino.

Aquella batalla de tintes épicos, algo no visto desde que la Alemania Occidental se enfrentó a la Alemania Comunista en el Mundial 74, termina de manera dramática para nuestros intereses. Los días siguientes yo y mis compañeros de clase jugamos humillados en la mitad de campo que nos ha tocado en desgracia, mirando con envidia a los rivales, al vecino de aula, a nuestra némesis castellanoparlante que nos ha ganado la batalla. Semanas después devolveríamos la jugada ganando el Torneo de Fútbol de la ikastola, pero aquella derrota escocería durante días… hasta que en la mente de los niños todo se olvida, todo se adapta y se vuelve a jugar.

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Ese día aglomera muy bien en su ser lo que significa ser niños. Un partido perdido por un penalty señalado por nosotros mismos se convierte en el mayor drama que sucede en el mundo. Una derrota que significa la imposibilidad del gol que soñamos la noche anterior. Aquel día, los Urko Bilbao, Jonathan Roca, César Escudero y cía. pusieron a prueba nuestro orgullo infantil; el honor de nuestra clase y de los hermanos por los que hubiera marchado a una guerra en aquellos tiempos.

Aquellos primeros años 90, muy marcados por el Dream Team de Johan Cruyff, la ikastola de Berango ya se dividía mayoritariamente en dos grupos futbolísticos también: los que se posicionaban en el lado fácil, el del ganador y perfecto blaugrana; y a los que nos gustaban ya los matices, los que preferíamos los antihéroes a los Supermanes, los que no ganan, o mejor dicho, los que ganan de vez en cuando. Los colores rojo y blanco empezaban a teñir mi vida casi con furia.

Es así como durante unos Carnavales en la ikastola, nos dan la opción de elegir libremente cada uno nuestro disfraz. No tengo dudas: quiero disfrazarme de jugador del Athletic. Mi madre y la andereño Marian son reticentes al inicio. Me hubiera gustado decirles: «Dejen que mi realidad se disfrace de sueños». Al final, no tienen más remedio que aceptar. Esa se convierte en la primera vez que me enfundo la camiseta del Athletic y se quedará tatuada para siempre a partir de entonces.

 

LA FAMILIA QUE SE ELIGE

Dicen que los amigos son la familia que se elige. Sin querer discutir con el filósofo que soltó la frase y se quedó a gusto, algo tienen que ver también una serie de convergencias que se dan en la vida. Especialmente importante entre éstas es nacer en un año concreto, puesto que eso te va a llevar a pasar muchas horas con compañeros en un aula realizando el aprendizaje vital con los que, por tempística y vivencias comunes, va a hacer que te sea más fácil desarrollar amistad. 

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Aunque fuimos más en número los que empezamos en ikastola de Santa Ana, poco a poco nuestra pequeña familia se fue reduciendo a medida que los padres cambiaban de ikastola a muchos de nuestros compañeros: Aitor Mallabiarena o Ana Lobregat se marcharon a San Nikolas de Algorta, por ejemplo. Al final, aquella camada de cachorros berangotarras nacidos en 1985 quedaría formada por Kepa Barreira Iturregi, Aritza Arrizabalaga Litago, Ekaitz Gutiérrez Arrate, Fran Domínguez Torres, Mikel Marín Fernández, Jon Torres Mayor, Urko Hernández Álvarez, Aratz Fernández Lejarza y como refuerzo desde el curso 92/93, nacida en 1984 y única componente femenina, Itziar Nieto González. Junto a quien esto escribe, los diez lobitos que tuvo la loba.

 

LA MADRE QUE LOS PARIÓ

No hay vida sin madres. Aunque hay mujeres sin hijos que se convierten con el tiempo en una especie de  madre para ciertas personas y niños que encuentran en el camino a figuras que se convierten en extensiones de sus madres. 

No voy a extenderme mucho al hablar de Marian Arellano, nuestra andereño desde 1992 hasta 1995, porque ya la rendí homenaje en otro artículo de éste blog. Pero sí voy a recalcar que sin duda, es una de las personas que más me han marcado en mi vida y que mi admiración hacia su figura es y será siempre irrompible. Tuvimos mucha suerte de tener a una persona tan buena como andereño Marian a nuestro lado durante aquellos años. Se convirtió en nuestra segunda madre, y cuando se reunía con nuestras madres, en nuestra segunda amama. 

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No olvido tampoco a su antecesora, andereño Marga Agundez (aunque nos tocó siendo muy pequeños) ni a su sucesora, andereño Marije Zaballa, que fue nuestra andereño los dos últimos años en ikastola de Berango.

El hecho de ser de un pueblo tan pequeño como Berango donde todo el mundo se conoce, y de ser tan pocos en clase, hizo que nuestras madres estuviesen en contacto permanente entre ellas, estrechando los lazos entre nosotros de manera mucho más fuerte. No sólo pasábamos las horas dentro de las aulas. Algunos pasábamos todas las tardes juntos, con nuestras madres que se reunían a tomar el café. El resto coincidíamos también en actividades extraescolares como fútbol, Karate o dantzas…

 

COMPAÑEROS CAÍDOS

Dice una famosa canción que algo se muere en el alma cuando un amigo se va. También dicen que todas las despedidas son tristes. Sin duda, las que envuelven a niños  se llevan la palma porque todo se ve mezclado con un ingrediente de inocencia e incomprensión de la situación. A final del curso 92/93 Kepa cambiaba de ikastola y nos quedábamos, por su tamaño físico en comparación con el resto de mindundis de clase, sin nuestro líder. Aún éramos muy pequeños.

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Más dolorosa porque más consciencia teníamos ya, fue la marcha de Jon Torres a ikastola de Zubieta en 1995. Su despedida fue un mar de lágrimas y una competición por quién iba a verle más tiempo después de su marcha. Obviamente, los que jugábamos a fútbol en el Karabigane ganamos, porque aún compartiríamos vestuario con él.

 

LA GRAN EVASIÓN

Aquellos tiempos donde la orca Willy y la lucha por su libertad poblaban las pantallas de cine y me marcaban de por vida, fueron tiempos donde nosotros, como niños que éramos, lo único que queríamos era jugar y rebelarnos por primera vez contra un sistema de reglas y principios impuestos por los adultos. No puedo más que reirme cada vez que veo el vídeo de mi comunión y soy llamado por mi madre para cortar la tarta y sacarme unas fotos. Esa orden interrumpe un partidillo de fútbol en las campas del caserío. Como una furia, hubiera querido decir que ya me había dedicado a Dios y a su embajador en Berango, el cura Don Satur, durante toda aquella mañana y que ahora era tiempo de jugar con el Adidas Questra que me habían regalado como premio por consagrarme al Señor.

Unas marcas en un extremo de lo que era la ikastola de Santa Ana son la prueba viviente de que intentamos en aquellos primeros años 90, excavar un túnel subterráneo para fugarnos de allí. Teniendo en cuenta que la ikastola de Santa Ana no era vallada y que lo único que uno tenía que hacer si quería escapar era literalmente marcharse por la entrada, supongo que los feroces guardias con cara de andereños que vigilaban aquel recinto, no podían hacer otra cosa que preguntarse qué diantres haría aquel grupo de niños que dedicaba media hora de recreo diario a excavar y a excavar en el suelo con un entusiasmo digno de mejor causa…

En otro momento de aquellos años, a alguna mente brillante que debía estar cansada aquel día, se le ocurrió que era buena idea que unos niños de 8 años se apuntaran a clases de bertsolaritza después de clase, rodeados de personas que nos sacaban cinco años de diferencia. Nos echaron al segundo día por dar el coñazo y no nos dejaron entrar más. Se ve que no estábamos para inventar poemas en aquellos tiempos…

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STAND BY ME

El tiempo corrió hacia delante. Llegó la ESO y aquella familia fue disuelta en grupos más grandes cuando, en 1997, nos mandaron a estudiar a Aixerrota y se abrió otra etapa.

Poco a poco, y sin darnos cuenta, nuestros caminos se separaron a medida que los gustos de cada uno se iban desarrollando de manera individual. Qué hubiera pasado si hubiéramos continuado más años como compañeros, hasta llegar a la Universidad o empezar a trabajar como se hacía antaño, es una pregunta cuya respuesta is blowing in the wind, que diría Bob Dylan.

Lo que no se puede eliminar ya son los años juntos. Permanecerán imperecederos hasta que Kepa, Jon, Aritza, Endika, Fran, Ekaitz, Urko, Aratz, Mikel e Itziar dejen de existir y los recuerdos se pierdan. Hasta que ese día llegue, no sé con certeza si lo que dicen en la película Cuenta Conmigo (Stand by Me, Rob Reiner) es cierto: «Nunca he vuelto a tener amigos como los que tuve cuando tenía diez años». Pero sí estoy seguro de que los amigos de la infancia tienen algo que los hace irremplazables. Debe ser la visión que tenemos del mundo a esa edad. Debe ser porque el drama de la vida es un gol de José Antonio en el último minuto por un penalty que nosotros mismos, con la honestidad de un niño, concedemos y pitamos. 

Y debe ser también porque esos amigos en ese tiempo son como disfrazarse del Athletic en Carnaval: son como disfrazar la realidad de sueños, como algo que se tatúa en el cuerpo. Sólo se es niño una vez, pero su magia dura para siempre.

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ENDIKA BREA BERASATEGI