Las emociones no expresadas nunca morirán. Están enterradas vivas y aparecerán más tarde de maneras más desagradables.

Somos lo que somos porque hemos sido lo que hemos sido

Mira en las profundidades de tu propia alma y aprende primero a conocerte a ti mismo, entonces entenderás por qué esta enfermedad te atacó y quizás de allí en adelante evites enfermarte.

Hay una historia detrás de cada persona. Hay una razón por la que son lo que son. No es tan solo porque ellos lo quieren. Algo en el pasado los ha hecho así, y algunas veces es imposible cambiarlos.

Sigmund Freud

Este artículo es el resultado de muchas horas de autoterapia psicológica; de muchas horas de introspección buscando conocerme, mis verdades; muchas horas de pensamientos y charlas con mi esposa… Los que nos dedicamos o hemos dedicado al cine tenemos un sexto sentido natural para observar y analizar el comportamiento humano: creamos personajes con conflictos que se superan durante la historia que contamos. Tratamos de arreglar el mundo real a través de la ficción. Aunque todo lo que aquí cuento es personal, como ocurre con cualquier escrito espero que pueda ayudar a alguien más. Naturalizando lo que somos y aceptándonos como somos, con nuestras miserias y nuestras grandezas. Somos seres humanos: luces y sombras.

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En junio de 1997 ponía pie por última vez en ikastola de Berango donde cursé mis estudios de primaria. Fui parte de la primera generación que vivió la reforma educativa en el Estado español que trajo como consecuencia la implantación de cuatro años de ESO (Educación Secundaria Obligatoria). A partir de septiembre de ese 1997, la nueva casa de los que estudiábamos en euskera sería el Instituto de Aixerrota- Getxo III, situado en el barrio de Andra Mari de Getxo. Allí, nos juntarían a los estudiantes de tres ikastolas: los que veníamos de Santo Domingo de Guzmán de Berango; y las ikastolas de Andra Mari y Geroa de Getxo. Nuestro lugar de procedencia ya nos daba una sensación de outsiders desde el inicio.

 En total, pasaría seis años en Getxo III (los cuatro de ESO más los dos de Bachillerato antes de entrar en la Universidad). Aquellos seis años dejarían una huella profunda en mí. Recuerdos que ayudaron, para bien y para mal, a definir una personalidad y una forma de ser que se fue cociendo a fuego lento.  Muchos cambios se venían. Muchos más de los que era consciente en aquel momento…

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Lo primero que me enseñó de mí mismo mi estancia en Getxo III es la poca predisposición que tengo a los cambios y lo mucho que me cuesta adaptarme a las nuevas situaciones (no tanto a los nuevos lugares). El 3/3 del encabezado lo uso para separar las dos etapas en las cuales divido mis años en Getxo III: los 3 primeros años (malos) y los 3 últimos (muy buenos). 

De ser una pequeña familia de amigos en ikastola de Berango, pasamos a la jungla que era Getxo III, donde además el primer año éramos los más pequeños del Instituto, y por lo tanto, los más propensos a sufrir el bullying y los maltratos de los machos dominantes de la selva. En mi caso, no sufrí en absoluto en este sentido, aparte de pequeñas y muy aisladas gamberradas. 

El hecho de que durante nuestros años en Berango nuestras madres eran amigas entre ellas y mantenían una comunicación constante, nos daba esa sensación de unidad y seguridad que se perdió en Aixerrota. Más si cabe por el hecho de que cada año académico cambiábamos de compañeros, lo que dificultaba a los que somos introvertidos relacionarse con el resto. 

Es cierto que los primeros meses entré con buen pie. Caí bien y fui elegido delegado de mi clase en aquel curso 97/98. Pero muy pronto aparecería la tormenta en el horizonte que lo iba a cambiar todo…

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EL PUEBLO DESUNIDO FUE VENCIDO

En enero de 1998 mis padres deciden separarse por primera vez y cae como una bomba cuando me lo comunican. Toda la concepción que tenía de la vida hasta ese momento salta por los aires y entro en shock. Tengo entonces 12 años, la mente está todavía formándose y en una edad en la que, dependiendo cómo se toma uno las cosas, puede ser muy frágil.

El daño está hecho y mi carácter introvertido pasa literalmente a parecerse a una tortuga que se esconde en su caparazón. Me voy a vivir con mis aitites. Por fuera doy la sensación de que todo va bien. Pero por dentro, las heridas supuran y son incontenibles. No hablo con nadie del asunto, ni con mis amigos de siempre ni con los nuevos que he hecho. Me avergüenza. Y lo que es peor, me avergüenzo. Empiezo a ahogarme en sentimientos de culpa y angustia que me llevan a desarrollar falta de autoconfianza (que no de autoestima) y sobre todo, a problemas para relacionarme. 

Empiezo a vivir situaciones que jamás habría pensado vivir. Sufro para sacar los cursos 98/99 y 99/00 adelante, cuando siempre había sacado buenas notas. Los meses de junio de 1999 y 2000 son un calvario de nervios y ansiedad vividos en solitario, ya que nadie en mi casa sabe lo que estoy pasando. Las notas llegan en ambos cursos en forma de milagrosos aprobados que me dan la posibilidad de no quedarme rezagado con los de mi generación. Por dos años consecutivos llegan llantos de alivio cuando apruebo curso. Insólito en mi experiencia hasta entonces…

Esa separación provocó también una pausa en mis veranos en Galicia. Desde agosto de 1997 hasta el verano de 2004, sólo pisé la tierra de mi familia paterna cinco días, muy pocos para un lugar al que siempre estarán asociados tantos grandes recuerdos de mi infancia y que tanta serenidad mental me procura cada vez que estoy de visita.

GOD SAVE THE KING 

En aquellos tumultuosos finales de los 90, podría haber tomado otros caminos para combatir la depresión vital que me abrazaba. Caminos más peligrosos de alienación, como drogas (eran años donde mis coetáneos se iniciaban en ellas)… Pero en mi caso, abracé algo mucho más hermoso e inocente para autoprotegerme de la realidad. Algo que me había ya acompañado hasta entonces y me acompañaría con más virulencia a partir de entonces: la ficción. El cine como refugio. El cine que me salvó la vida. La fantasía como luz en el horizonte de un presente negro.

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Y Stephen King. No puedo rememorar aquellos años sin la presencia de Stephen King en mi vida. Durante la Pascua de 1999 cayó por casualidad en mis manos Cujo y durante los siguientes años se iniciaría una alocada carrera por leer otro libro suyo, y otro, y otro… Hasta que su mundo se convirtió también en el mío y pasaba más tiempo deambulando por las calles de Castle Rock, Derry o Bangor sin estar allí que por Berango y Getxo estando. Me convertí en el Don Quijote de Berango, pero sin perder conciencia de la realidad. Una realidad que continuaba dejando traumas en mi camino, aunque no sería consciente de ellos hasta años después…

EL SILENCIO DE LOS CORDEROS… Y DE LAS RATAS 

Otro de los lugares en los que busqué refugio aquellos años fue en el baserri (caserío) donde vivían mis tíos abuelos y donde mi aitite tenía diferentes animales y cultivaba sus huertas. Si hubo una figura real en la cual me apoyé y gracias a la cual atravesé y sobreviví aquel desierto, ese fue mi aitite. No sé qué sería hoy de mí si él no hubiese estado. Pasé la mayor parte del tiempo de aquellos años allí y con él, especialmente los fines de semana, que eran maratonianos entre animales. Mi perro Whisky, los cerdos, conejos, cabras… y dos tipos de animales clave: una oveja a la que llamamos Koittedu y las ratas cuyas siluetas veía pasar por las tejavanas de plástico que servían de tejado a la txabola de mi aitite. Cuando veía que una de estas últimas se paraba en el tejado las hacía saltar por los aires golpeando el punto exacto del techo en el que se encontraban con un palo. Veía como corrían aterrorizadas por el techo y me divertía así. En cuanto a Koittedu, vino cuando aún era una cría, y la criamos como si fuéramos su madre. Le dábamos leche en el biberón, la acariciábamos y llegó un punto en que nos seguía por las campas del caserío como si fuera un perro. Cuando quería dormir se acurrucaba a nuestro lado para que le acariciásemos. Se creó un lazo muy fuerte.

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Hoy día, soy ratofóbico y no como cordero. Me asquean las ratas y siento una repulsión nauseabunda hacia el sabor y el olor del cordero. Desarrollé estas fobias con los años y durante mucho tiempo no me di cuenta de por qué. Hablando con mi mujer de mis recuerdos, largas charlas de nuestros pasados, encontramos la respuesta: las ratas y el cordero están asociados en mi mente a aquellos turbulentos años de malos recuerdos. Como Clarice Starling, todos deberemos hacer frente en algún momento a nuestros demonios internos para hacer callar a los corderos que nos atormentan. O en mi caso, literalmente a los corderos y las ratas. 

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PEAKS AND VALLEYS

La vida está llena de altos y bajos o como dicen los ingleses, Peaks and Valleys. Todo cambia muy rápido y muchas veces, la mayoría, por situaciones que uno no puede controlar. Poco a poco la tormenta se fue calmando. En el verano del 2000 mis padres decidieron darse una nueva oportunidad que se volvería a romper con el tiempo. Y la luz volvió a salir después de la tormenta. Despacito como la canción de Luis Fonsi, fui recuperando la confianza en mí mismo, y unido a la llegada de nuevos compañeros de una nueva ikastola (San Nikolas de Algorta) que se nos unieron en el Bachillerato y con los que hice muy buena conexión, acabé mi periplo en Aixerrota como un cohete. Tanto a nivel de notas como a niveles de autoconfianza. Terminé el Bachillerato con una media de 7,2 y con la decisión de qué hacer en la Universidad. La única opción en mi mente desde niño siempre fue Estados Unidos y estudiar cine allí. Pronto se me bajaron los humos… y no estaba preparado pues nunca había pensado en una alternativa. 

De nuevo, un nuevo ciclo de pérdida de confianza y crisis existencial siguió en mis primeros años de Uni. Pero esa es otra historia para otro momento y con otras circunstancias…

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LOS INMORTALES

Lo vivido en Aixerrota no tendría sentido sin el factor humano que lo acompañó. Sin los actores principales y secundarios que llenaron la escena entonces y llenan mis recuerdos ahora: el primer amor llegó tarde y avanzado en el tiempo, pero llegó entre aquellas aulas; los amigos con los que compartimos sueños, chistes o simplemente momentos: muchos han sobrevivido hasta hoy, a pesar del tiempo y la distancia que provoca el hecho de vivir yo en Londres y ellos en Euskadi, en la frontera franco-suiza o en Australia; los grandes Ander González Gontxi y Aritza Aguileta, inesperados compañeros de pupitre durante tres de aquellos 6 cursos; compañeros/as a los que admiré en secreto durante aquella época por su carácter, como Galder Garay o por su simpatía como Iñigo Mentxaka Mentxi o Ibon López de Munain; los locos (en el buen sentido), que siempre me han atraído como individuos por su capacidad de crear, como Asier Rincón; personas cuyo carisma e intelecto ya les hacían apuntar maneras como la vanguardia de nuestra generación: siempre estuve convencido de que Saioa Mendilibar llegaría lejos y que Ander Anasagasti y Olatz Ganboa podrían ser buenos actores (instinto de cineasta, el tiempo me dió la razón con la segunda)… y todos los demás.

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Sabiendo o sin saber, todos ellos me inspiraron, me enseñaron algo, se grabaron en forma de recuerdos… Recuerdos de una época y un lugar en el que nuestros caminos se cruzaron y luego se separaron. Cada uno se buscó el futuro de la mejor manera que pudo. Todos ellos quedan como piezas de un puzzle que me ayuda a conocerme y a seguir avanzando en el camino de la vida. Como la fruta que se recoge, me ayudan a desechar lo malo y a meter lo bueno en la cesta. A aceptarme a través de lo vivido. A gestionar cada vez con más sabiduría y madurez lo que la marea nos trae, lo bueno y lo malo; lo feliz y lo triste… A abrazar los ciclos de la vida en función de la experiencia.

Y al escenario de este teatro, aún en pie desafiando el paso del tiempo, viendo pasar generaciones y generaciones de estudiantes a los que manda inclemente a trabajar o a la Universidad, darle las gracias por todo lo enseñado. Trato de ponerlo en práctica cada día. A fin de cuentas, querido Instituto de Aixerrota-Getxo III, lo que soy ahora es parte de lo que me hiciste vivir entonces. Eskerrik asko!

Endika Brea Berasategi