Para los que vivimos y trabajamos (o hemos vivido y trabajado) en Reino Unido en algún momento de nuestras vidas, The Office nos resultará tremendamente familiar en cuanto retrato del día a día laborativo en cualquier puesto de trabajo de la Gran Bretaña.

Ricky Gervais y Stephen Merchant crean una sitcom sin risas de fondo, cambiando los momentos de (supuesta) risa en las sitcoms tradicionales por primeros planos de personajes incomodados ante lo que escuchan. Describen de manera mordaz y corrosiva todos los entresijos que se cuecen entre bambalinas en una oficina situada en Slough, a media hora de Londres, y dedicada a la compra-venta de papel llamada Wernham Hogg.

Ricky Gervais es el principal protagonista, como no podía ser de otra manera, dando vida al mánager de la sede David Brent. Gervais logra con su interpretación incomodar con sus constantes meteduras de pata y su incapacidad para estar en silencio, con esa verborrea lasciva que le caracteriza, siempre contraria a lo políticamente correcto, con constantes bromas que incluyen tópicos tan incómodos como la sexualidad, los discapacitados o la homosexualidad que rozan lo que hoy se calificarían de racistas, sexistas u homofóbicas. Sin embargo, el gran acierto de Gervais se encuentra precisamente en su parodia de la hipocresía de las reglas y las relaciones sociales, puesto que levante la mano quien no sea o haya sido culpable de la violación de algunas de esas normas autoimpuestas por la sociedad en algún momento de su vida.

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Los otros componentes principales de la oficina/serie son Martin Freeman dando vida a Tim, el más intelectual de los trabajadores, Mackenzie Crook como el loco Gareth Keenan y Lucy Davis como la secretaria Dawn. A través de todos ellos y los demás secundarios, nos vamos adentrando en el quehacer diario de una oficina dedicada a un apasionante trabajo como es el del negocio del papel. Mediante un estilo de falso documental en el que se intercalan entrevistas a los personajes, entramos en la psicología de cada uno de ellos: en la tristeza de sus vidas cuyos sueños profesionales no se han cumplido; en la falta de motivación profesional de quien realiza un trabajo poco trascendente; en la presencia de un jefe bocazas que se cree un cómico en ciernes; en las relaciones profesionales que algunos confunden fácilmente con relaciones de amistad y cuya principal característica es su necesidad ante la soledad de cada personaje fuera de la oficina; en la pérdida de tiempo que supone para un trabajador el asistir a las reuniones de empresa y a los trainings inútiles para el devenir profesional de los individuos pero de importancia casi celestial para la(s) compañía(s).

Gervais y Merchant como creadores logran aprehender, satirizar y ridiculizar el sistema profesional británico y no sólo eso. Más allá de los chistes de mal gusto que uno pueda encontrar durante los apenas 12 episodios de la serie, los dos cerebros detrás de la serie consiguen humanizar a todos los personajes y lograr que nos apiademos de un insolente, odioso y fanfarrón David Brent cuando en el clímax final ruega y suplica por su puesto de trabajo, cuando su máscara se le cae y confirma que no tiene nada más en la vida; cuando es consciente de que nadie en la compañía mira por nadie ni arrima el hombro y que su paso por allí que él pretende colarnos por cuasi trascendente no ha supuesto para nadie nada más que otra cara familiar irrelevante y temporal en sus vidas.

The Office logra esa mezcla entre hilaridad, incomodidad y acidez de una manera que no queda más remedio que calificarla de genial.