-“Dejo el grupo.” -“¿Y eso?” -“Ha habido cosas que no me han gustado en el último año y medio, así que lo mejor que puedo hacer es marcharme.” -“Pues lo siento mucho. Si algún día quieres volver las puertas estarán siempre abiertas.” 

Así fue el diálogo en el que le anunciaba, delante de la puerta del Batzoki de Berango en la víspera de Nochebuena de 2004, terminados los tres días en los que salíamos a cantar el Olentzero por las calles de nuestro pueblo, mi salida del Grupo de dantza Simon Otxandategi de Berango a su presidente, Iñaki. Fue a solas, sin nadie presente. Muchos se enterarían de mi marcha después del parón de Navidad. Fue en mis términos. Sin hacer ruido, sin dramas, sin público. Aquella dura decisión se puede resumir en las tres líneas de diálogo con las que se inicia este artículo, pero los sentimientos que conllevó son difíciles de explicar.

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TODA UNA VIDA BAILANDO

Mis inicios en el Grupo fueron con cinco años, en septiembre de 1990. Por lo tanto hasta que lo dejé pasaron 14 años. Inicié a bailar cuando apenas había aprendido a caminar y lo dejé siendo un proyecto de hombre. Empecé cuando mi mente era insconsciente de todo y me fui cuando ya comenzaba a entender cómo funciona el mundo.

¿Qué suponía para mí salir a bailar bailes folklóricos vascos? Cada vez que salía a un escenario cuando era niño, muchos nervios. Veía a tanta gente abajo mirándonos… Cuando ya era adulto, orgullo. Orgullo de estar representando culturalmente a un pueblo. El nuestro. Para alguien tan folklórico como yo, ese era el aliciente. La tierra nuestra.

Por eso, nunca entendí y nunca entenderé el intento de politización que históricamente se ha intentado hacer del grupo. Soy de los que piensan que la liberación de un pueblo se hace mediante la cultura, no mediante la política. La política sirve para introducir unos ideales corruptos dentro de un organismo. La política arrastra inevitablemente con ella el elemento económico. Y como bien decía Bertolt Brecht “en las sociedades subdesarrolladas, se ignora habitualmente el elemento económico existente detrás de la violencia que se ejerce en ellas y en las sociedades avanzadas se ignora habitualmente el elemento violento que la economía ejerce en ellas”. 

Yo fui de los que iban a bailar convencido de ello. Por ideales. Las cosas hay que hacerlas porque uno las siente así. Lo demás es trabajo (o esclavitud) asalariada.

Y lo dejé porque estuve convencido. Desde el verano del año anterior mi corazón había empezado a perder ese idealismo de formar parte del Grupo. ¿Por qué? Porque nunca me llevé bien con las jerarquías. Cuando mi aún joven sensor cognitivo comenzó a percibir las señales inequívocas de esas jerarquías dentro del Grupo, supe que era el momento. Y a pesar de las lágrimas de aquella noche por dejar uno de los escasos lugares que me han provocado un sentimiento real de pertenencia durante toda mi vida, jamás me arrepentí. No soy de los que miran atrás. Como dice un proverbio chino: “No hay montaña que pueda detener un camino”. 

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LO MEJOR DEL GRUPO FUE, POR SUPUESTO, EL PROPIO GRUPO

Al Grupo de dantza Simon Otxandategi de Berango se le llama simplemente El Grupo. Y me parece tremendamente acertado porque durante mis 14 años de pertenencia total a él y el lustro que pertenecí al grupo senior (el grupo de los mayores, como lo llamábamos cuando éramos niños) lo mejor fueron las personas. Mis compañeros. Una pasada. Cuando ensayábamos, cuando viajábamos a algún punto de Euskal Herria para una actuación eran momentos de mucho disfrute, de muchas risas, de mucho buen rollo. La plantilla de mi equipo de fútbol, el Athletic, se declara a sí misma como una cuadrilla. Y creo que el Grupo, con sus problemas, mini grupos internos y escisiones, era lo mismo. Así lo percibí yo. Un ambiente sano, y muy euskaldun. Y además, muy euskaldun como lo siento yo el concepto euskaldun: a través de la cultura.

Y por supuesto, los amigos que dejé en el extranjero gracias al Grupo. De hecho, si no abandoné el Grupo antes fue para poder viajar a Alemania a bailar en aquel verano de 2004. La decisión de dejar el Grupo cuando viajé a Stuttgart a iniciar nuestra gira, ya la había tomado. Pero quería reencontrarme con Paul, Franzeska, Johanna y todos los demás a los que había conocido el año anterior en un intenso festival en tierras vascas para festejar el 60 aniversario de nuestro Grupo.

Cuando volvimos de Alemania apenas aparecí a los ensayos semanales unas tres veces hasta diciembre. Me di mi tiempo para repensarlo, alegué problemas de tiempo con la Universidad y el 23 de diciembre dije adiós porque no me veía dentro nunca más. Se había cerrado un ciclo con momentos imborrables, con muchos puntos visitados de Euskal Herria y de fuera, de muchas jamadas y horas dedicadas por amor al arte. Momentos todos ellos maravillosos y ahora idealizados. Todos maravillosos. Menos uno.

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EL MOMENTO MÁS DURO

El 21 de diciembre de 2001 tenía que ser un gran día. Se acababan las clases, todo aprobado y vacaciones de Navidad. Pero una llamada apenas llegué a casa se encargó de congelarlo todo. Cristina había fallecido. Tenía 17 años. Una enfermedad  que debió haber elegido a alguien mas entrado en años, la había elegido a ella. La ley de la vida había cometido una injusticia, pero no hay cárceles en las que poder encerrar a la Naturaleza. Cristina era compañera en el Grupo, pero era también sólo un año mayor que yo, por lo que contábamos con esa cercanía que da pertenecer a la misma generación. Además siempre habíamos estudiado en el mismo sitio, y su familia es una de las más conocidas de Berango. Era lo que se considera una persona de las de toda la vida.

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El Grupo había decidido hacerle un homenaje y me preguntaron si quería bailar en el funeral. Con 16 años y todas las ganas de homenajearla, dije rápido que sí. No tardaría en arrepentirme. Las piernas no acompañaban, la cabeza no iba, la sangre estaba congelada. Las lágrimas de todos mientras nos cambiábamos no se olvidan. Aquel día supe que los homenajes hay que hacerlos en vida, porque hacerlos cuando uno ya no está puede suponer un suplicio para el que se queda.

Si hay héroes en la vida son personas como ella, que vivieron el tiempo que se les dió intensamente y afrontaron con entereza con sólo 17 años una experiencia para el que alguien de esa edad nunca debería estar preparado. Con su marcha, algo de inocencia también se perdió en mi interior. Fui consciente por primera vez en mi vida de la mortalidad. Muchas veces me acuerdo de Cristina. Hace poco pasé por Utrera, lugar al que le unían lazos familiares de primer grado. Fue una de esas veces en que su recuerdo me llegó. Y los días previos a cada 21 de diciembre. Esa es mi cita anual con su recuerdo. A solas. Sin bailes.

Y EL GRUPO TAMBIÉN SE CONVIRTIÓ EN UN RECUERDO

Con el paso de los años transcurridos desde que lo dejé, alguna ha sido la propuesta para volver. Siempre la misma respuesta: “NO”. Con mi marcha se inició un proceso tan natural como la vida misma: la idealización de los recuerdos. Si hubiese vuelto nada habría sido lo mismo. Nunca cerré las puertas para colaborar de otras maneras, pero volver era imposible. Hasta intenté levantar un  documental sobre el Grupo dirigido por mí, que al final por falta de dinero no pude llevar a cabo. Pero quedó esta pieza musical que os comparto y que elaboré junto a otros compañeros con los que estudié cinematografía.

El Grupo celebra este año su 75 aniversario. Mucho ha cambiado desde que formé parte de él. Pero una cosa no ha cambiado ni cambiará nunca: los recuerdos. Y ellos me llevan a un lugar y a unos años gloriosos, donde aprendí a bailar, a amar nuestra cultura, pero sobre todo donde encajé socialmente con las personas. Y para alguien socialmente tan retraído como yo, que aguanto poco en los  grupos o sitios a los que voy, eso es mucho decir. Habla de la calidad humana de los que formaron parte, de los que forman parte y de los que, espero, formarán parte de él.