Parece que últimamente se ha puesto de moda dentro del cine británico actualizar la figura de Winston Churchill  y su etapa como Primer Ministro de Reino Unido durante los primeros años de la II Guerra Mundial. Al Churchill dirigido por Jonathan Teplitzky, se han unido a lo largo de 2017 primero Dunkerque, de Christopher Nolan y más recientemente esta película que traemos a colación hoy, El instante más oscuro, dirigida por Joe Wright y que cuenta con Gary Oldman dando vida a Churchill. Desconocemos si esta trilogía involuntaria tiene algo que ver con el reciente Brexit y con la idea de reivindicar a Gran Bretaña como una grande y libre.

Al meollo. Joe Wright ya ha demostrado con sus anteriores películas que cuenta con un estilo singular, que transcurre desde la artificialidad más aparatosa de su Anna Karenina hasta la teatralidad posmodernista de Orgullo y prejuicio pasando por toques de historieta gráfica tan presente en Hannah. No cabe duda de que el director inglés ha conseguido adquirir con el devenir de los años un público fiel que le ríe sus gracias, sobre todo en su tierra patria.

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WINSTON, EL VALIENTE

El instante más oscuro inicia con un plano cenital en el Parlamento británico de Westminster. Poco a poco la cámara va descendiendo hasta introducirnos en la acalorada discusión entre whigs tories que allí está teniendo lugar. Este momento sirve para presentarnos personajes y contexto: desde el Primer Ministro Neville Chamberlain hasta el vizconde Halifax y un ausente Churchill. El período: Mayo de 1940, primeros meses de la II Guerra Mundial, en la que Alemania está invadiendo Holanda y Bélgica y está a punto de invadir también Francia.

A lo largo de la película Wright vuelve a repetir en diversas ocasiones estos planos cenitales, unas veces descendiendo para centrarse en algún personaje, unas veces en sentido contrario, empezando con un personaje para terminar como plano aéreo (como la secuencia del comandante de la guarnición de Calais cuando recibe el telegrama de que sus hombres no serán rescatados; el plano termina con los aviones alemanes lanzando bombas sobre su posición). Esto le sirve a Wright para un doble propósito: como simbolismo para unificar la guerra de trincheras y la guerra parlamentaria y también como intencionalidad de humanizar personajes individuales dentro de una masa sobre los que de otra forma pasaríamos por encima, sin detenernos En otras palabras, Wright hace bueno aquel dicho de Joseph Stalin: “La muerte de un ser humano es una tragedia. La muerte de millones es una estadística”.

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Pero esta bonita idea de Wright de querer conocer más a las personas dentro de las masas de población se queda muy pronto en una mera intención. El instante más oscuro hace gala de los peores errores de los biopics: relatan los momentos más grandilocuentes del personaje en cuestión pero se olvidan de sus conflictos. El film de Wright parte con la idea honesta de tratar de mostrar las grandezas y flaquezas de un personaje político mítico como Churchill mediante una paleta de color apagada y en la que prevalecen los grises y una luz sobreexpuesta que quiere ser una metáfora de las luces y sombras de su protagonista, pero el trazo de brocha gruesa del que fuera Primer Ministro británico hace que todo ésto se diluya como un azucarillo en un café. Es muy significativa en éste sentido la secuencia en la que la esposa interpretada por Kristin Scott Thomas penetra en los aposentos donde Churchill se encuentra solo, para anunciarle la visita del Rey. En ella Thomas le dice que es muy consciente de sus conflictos internos pero que son éstos los que le hacen precisamente grande: lo que debería ser presentado al espectador mediante suaves matices, le es ofrecido de manera tosca mediante la verbalización de sus actores. 

Tampoco es una brillante idea por parte de Wright el tratar de humanizar a alguien sin mostrar las relaciones con las personas que le rodean. Tanto los personajes de Scott Thomas como de los hijos de Churchill son meras comparsas que no aportan nada. Incluso el personaje de Lily James está falto de garra, añadiéndole el escaso carisma que ya de por sí posee la joven actriz de Cenicienta. Queda claro que Churchill antepone la vida pública a la familiar pero tampoco mediante su interacción con los políticos de Westminster queda claro cuáles son los demonios internos del orondo jefe de Gobierno inglés.

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En cuanto a Gary Oldman, deberían darle el Oscar a mejor Imitación del Año. Ganar el Oscar a mejor Actor por dar vida a un personaje que existe o existió en la realidad pero que aparece sin conflicto dramático es una situación que desgraciadamente se da cada año en ese evento que organiza la Academia de Hollywood y que sirve para dar rienda suelta a la hipocresía más rancia, asquerosa y vomitiva sobre la faz de la Tierra.

El instante más oscuro es, en definitva, otra película que no pasará a la historia y que excitará a todos aquellos que abrazan la ideología liberal-conservadora y sobre todo, a los patriotas de la grande y libre Gran Bretaña.