La primera parada de nuestro viaje es la meridional ciudad camboyana de Siem Reap (que significa literalmente en lengua jemer “Derrota de los habitantes de Siam”, los cuales, originarios de Tailandia, intentaron infructuosamente conquistar Camboya). Tras recuperarnos del jet-lag, comenzamos a descubrir la ciudad. Nuestro hotel está situado en el centro, así que todas las facilidades nos son dadas. El primer contacto con la población autóctona es en el Mercado nocturno de Siem Reap (Night Market). Bulliciosos y estrechísimos pasillos que separan cada puesto se ven invadidos por las cabezas salientes de los dependientes, que tratan de vender todo lo que poseen. Nuestros compañeros de viaje, Marty y Sharon, que están haciendo el mismo tour con la misma compañía, definirán muy acertadamente a los camboyanos: “Son pegajosos pero no son groseros”. Tras una hora investigando e identificando los posibles productos a adquirir, tanto por necesidad como de souvenirs, abandonamos el mercado nocturno, y nos adentramos en la calle principal de Siem Reap: Pub Street. Plagada de turistas, nativos, tuk-tuks, coches, sonidos de bocinas y neones, Pub Street es donde la vida nocturna de la ciudad adquiere una aura casi mística. Es la primera vez (aunque no la última) que nos quedamos con la boca abierta por el entorno que estamos visitando. Allí degustamos la barbacoa camboyana, un plato típico en la que se sirven alrededor de un plato hirviente, diferentes tipos de carne cruda, que son cocinadas por uno mismo. Entre el tipo de carnes que elegimos se encuentran las carnes normales como el pollo y la ternera y otras no tan normales como el canguro y el cocodrilo, que nos parecen verdaderamente gustosas.

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Tras dormir como nunca, agotados de un viaje que nos ha parecido interminable por los cambios horarios, el amanecer del segundo día nos trae uno de los platos fuertes del viaje: la visita a los templos de Angkor Wat. A las 8.00 de la mañana nos recoge nuestro guía Narim, y tras 15 minutos llegamos al complejo declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, y que recuerda la grandeza de la civilización Jemer durante la época Angkoriana, la de su máximo esplendor, allá durante los siglos XII y XIII. Con una humedad de locura y la ropa bañada en sudor, caminamos entre las ruinas que una vez albergaron el palacio de Suryavarman II.

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Por la tarde nos acercamos a los Templos de Bayón, donde las gigantescas caras en piedra de su arquitectura nos dan la bienvenida. Igual de impresionante que Angkor Wat, los monos que habitan en los árboles se acercan a “jugar” con los visitantes, robando de los bolsos y mochilas todo lo que pueden. Una pareja de ellos copulan ante nuestra risa histérica, no tanto por el hecho en sí, si no por la reacción de Sharon ante la situación, con su risa contagiosa. Una buena anécdota para terminar un día difícilmente olvidable. Justo antes de iniciar el retorno al hotel, vemos a un elefante, mi animal preferido, y no dudo en acercarme a él, acariciarlo, y tomarme una foto. Como nutrición para terminar el día y recuperar fuerzas, Narim nos recomienda el Beef lok lak, plato típico camboyano a base de carne de ternera, huevos y arroz. No nos lo pensamos y a ello vamos.

Nuestro tercer y último día en Siem Reap lo aprovechamos para relajarnos en la piscina del hotel, un masaje camboyano para devolver los huesos de la espalda a su sitio después de un año de muchas horas de trabajo y por la tarde, para acercarnos al Museo Nacional de Angkor, recomendado por los recepcionistas del hotel. Decidimos ir caminando: se encuentra a 3 km. de nuestro hotel, y así podremos cohesionar mejor Pub Street y la zona norte de la ciudad, por donde transcurre el río Siem Reap (por el que la ciudad toma su nombre), a través de la Avenida Charles de Gaulle. El museo es una exposición de innumerables objetos que de la era angkoriana de los jemeres, que nos llevan a un recorrido histórico de esta población fascinante por su cultura única. Tras tres horas, volvemos al hotel, esta vez tomando el tuk-tukel típico taxi-motocicleta con carro, tantas veces vistos en películas ambientadas en esta parte del mundo.

Nos despedimos de Siem Reap con una lluvia monzónica, hasta ahora no experimentada. Y por la mañana, junto a Marty y Sharon, cogemos el autobús que nos llevará a la capital de Camboya…

De nuevo, una fuerte lluvia nos da la bienvenida en Pnom Penh. La humedad y el calor, son asfixiantes. Levantas un brazo, y sudas. Exploramos la ciudad por la tarde, primero de todo visitando el Palacio Real del Rey Norodom. En vista de que el palacio, que por sí no ofrece visualmente nada que me pueda llamar la atención, decidimos pagar 10$ a uno de los múltiples guías que se sitúan a la entrada para que nos explique la historia del lugar, los grandes acontecimientos de su historia y el significado arquitectónico de tantas y tantas salas, salones y estatuas. Con él, sí nos vamos satisfechos, a pesar de la acidez que me produce un lugar como la casa de un Rey, con su pomposidad exagerada y el culto a una única personalidad que poco tiene de meritocrático.

Nuestro segundo día en Pnom Penh, nos depara otro de los momentos más esperados por mí. Vamos a visitar por la mañana el Campo de exterminio de Cheoung-Ek, situado 14 km. en las afueras de la ciudad, y por la tarde Tuol Sleng, también conocido como la S-21, el complejo carcelario de interrogación y tortura de los Jemeres Rojos en Pnom Penh. Para ahorrar costos, decidimos junto a Marty y Sharon alquilar por todo un día una tuk-tuk, y hacerlo todo juntos. Una vez en Choeung-Ek, cada uno coge una audioguía en el idioma que prefiere, y va caminando en solitario por los diferentes puntos señalizados del campo, mientras escucha la información. Es una gran manera de recorrer el siniestro lugar, cada uno con sus pensamientos y en silencio. Esta será uno de los escasos momentos del viaje en el que escuche el castellano. El inglés es el núcleo, y con mi novia el italiano toma el poder. La estupa con las calaveras de las víctimas del campo, levantado como su homenaje, es el desagradable punto final de una visita necesaria aunque dura como pocas.

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Saloth Sar, alias Pol Pot, fue el Hermano Número 1 de la Revolución Comunista que tuvo lugar en Camboya, y cuyo triunfo oficial se data el 17 de abril de 1975, cuando los Jemeres Rojos entraron triunfales en Pnom Penh y se hicieron con el poder de los aparatos del Estado. A partir de ahí se instauró un régimen autogenocida que declaró el día del triunfo como el inicio del “año cero”. Los Jemeres Rojos quisieron instaurar una sociedad anticapitalista, abolieron el dinero, cerraron los bancos, movieron a la población a zonas rurales y establecieron la necesidad de producir 3 toneladas de arroz por hectárea, para luego exportarlo al resto del mundo. Esto significaba quintuplicar la producción de arroz que un campesino normal llevaba a cabo a lo largo de un año, lo que a su vez provocó los trabajos forzados, la muerte por inanición y agotamiento de miles de campesinos y la declaración de que quien no llegase a esas cantidades de producción era enemigo declarado de la Revolución, y por lo tanto, tratado como uno. Pol Pot fue el orador que sin vergüenza ninguna declararía: “Es preferible matar por error a un inocente, que dejar por error vivo a un enemigo”. Así se vivió en la llamada República Democrática de Kampuchea, bajo las órdenes del Hermano Número 1 y sus compadres, Nuon Chea y Ieng Sary.

La S-21 no es menos siniestro que Choeung-Ek. De hecho, son dos lugares unidos, ya que la S-21 servía como centro de interrogación y torturas antes de enviar a las víctimas a Choeung-Ek, para ser ejecutadas y enterradas en fosas comunes. Una séptima parte de la población camboyana murió durante el régimen de Pol Pot, la mayoría mujeres, niños y campesinos que entendían bien poco de política, revoluciones marxistas y gobiernos reaccionarios. El inefable Camarada Duch (alias revolucionario de Kaing Guek Eav), fue el director de una prisión que refleja lo más despreciable de la condición humana. Como decían los Huajolotes, “carcelero, carcelero, tu oficio es el más rastrero”. 

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Con tantos muertos en la cabeza, dejamos a media tarde la S-21. Descansamos un poco y decidimos salir de noche por el centro de Pnom Penh, para visitar el Monumento de la independencia del país. Protectorado de Francia hasta 1953, Camboya fue uno más entre los países que consiguieron establecerse como Estados propios durante los 50 y los 60 del siglo XX. Nos dejamos absorber por la noche en la capital, su música, los chillidos de los niños jugando en las plazas a fútbol. Ceno un Amok de pollo, otro de los platos de la gastronomía local que me han recomendado. Mañana nos vamos de Camboya. En una de las calles de Pnom Penh, entro en una librería donde venden libros en inglés. Me compro dos. Una biografía de Pol Pot y un ensayo sobre la S-21. Así, en el futuro, mientras leo esos libros, siempre retornaré a Camboya… Por la mañana cogemos el autobús de Pnom Penh, que nos llevará a Vietnam. Pero esa es una historia para otro artículo…