Tuve la oportunidad de asistir hace tres años a un concierto de Ennio Morricone en Londres. Viendo a mi compositor favorito dirigir una orquesta en vivo, tocando sus partituras más conocidas durante dos horas, fue un sueño hecho realidad. La música del genial compositor romano, es una de las cosas que hacen que la vida valga la pena. Mi amor hacia la música de Morricone es producto del ensalzamiento que éste realiza siempre al pasado ya vivido, a los recuerdos, al paso del tiempo… Morricone es, sin duda, el músico de la nostalgia.

Giuseppe Tornatore nació en Baghería (Sicilia) a mediados de los años 50. La vida me ha llevado a sentirme muy cerca de Sicilia por motivos amorosos. Mi compañera es natural de Palermo. Y Sicilia posee esa melancolía tan característica de la tierra de color amarillo, seco, pobre en desarrollo pero tremendamente rico en recuerdos y en historia. El conservadurismo ideológico más rancio lleva a una idealización del pasado en sus gentes. Incluso del pasado más duro y triste.

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Cuando Sergio Leone decidió dejarnos para siempre en 1989, Giuseppe Tornatore decidió tomar simbólicamente el testigo dejado por éste como el gran maestro a la hora de contarnos historias en las que el paso del tiempo era más protagonista que sus protagonistas. Y justo un año antes de que Leone falleciese, Tornatore cerró una especie de trilogía no oficial de homenajes al cine iniciada por Leone: donde éste había escrito dos cartas de amor nostálgicas a dos géneros cinematográficos radiantemente americanos, el western (Hasta que llegó su hora, 1968) y el cine de gángsters-cine negro (Érase una vez en América, 1984), Tornatore cerró el ciclo con una carta de amor al cine en sí, como instrumento de conocimiento, como vehículo de toda una vida, no por casualidad llamada Cinema Paradiso.

Phillip Noiret como Alfredo y Jacques Perrin, Marco Leonardi y el pequeño Salvatore Cascio darían vida en tres momentos diferentes de su vida a Salvatore “Totó” Di Vita. Agnese Nano sería Elena, el amor de juventud de Salvatore.

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LOS RECUERDOS DE TOTÓ

Una llamada anunciando la muerte de Alfredo es el desencadenante de un torrente emocional de recuerdos que Totó, ya en su madurez, nos invita a revivir con él. Los recuerdos son lo que ocurre por segunda vez en la vida, pero esta vez en nuestra mente.

Alfredo fue la figura paterna de Totó cuando era niño y cuando fue joven; una figura que sustituyó al padre biológico, un hombre caído en la guerra del que Totó sólo es capaz de recordar sus rasgos físicos a través de una fotografía. Una fotografía que se quemará en el incendio provocado por la gelatina de los recortes de celuloide que Totó guarda en su casa, altamente inflamables. Una bella metáfora del paso del tiempo, y de cómo éste trae nuevas tecnologías, nuevos recuerdos, que van eliminando los anteriores ( o superponiéndose, a pesar de que siempre podamos volver a ellos). Después llegará un nuevo tipo de celuloide, ya sin el peligro de ser inflamable. El progreso…

El paso del tiempo… ¡Cuánta melancolía! El Cinema Paradiso, ese Edén donde a través de fotogramas recorremos el mundo sentados en una butaca, adquirimos conocimientos y grandes frases filosóficas recitadas de labios de “John Wayne o Tyrone Power” que nos sirve de refugio de las miserias de la realidad. Tornatore elabora uno de los mayores cantos de amor al cine de la historia. El padre de Totó muere en la guerra. Su madre llora desconsolada, mientras caminan por un mar de ruinas. Basta un cartel de Lo que el viento se llevó en medio de esa pila de piedras destruidas para devolver la sonrisa a Totó. No se trata del Cinema Paradiso si no del paraíso que representa el cine como oxígeno de una vida miserable, sin esperanzas. La vida proyectada y vista en una pantalla de cine. Incluso como elemento mágico, como cuando Alfredo logra hacer una “doble” proyección, una dentro del cine y la otra en la pared de una casa en medio de la plaza haciendo “rebotar” la imagen hacia atrás.

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Alfredo educa a Totó sin ni siquiera haber sido él mismo educado. Alfredo es uno de esos analfabetos de Sicilia que asiste a la escuela con los niños, con el mismo Totó, que le da las respuestas de un examen a cambio que le enseñe el oficio de proyeccionista de cine. Alfredo se queda ciego en el incendio del Paradiso, pero puede ver lo suficiente como para darse cuenta del terrible destino que aguarda a quien permanece en la tierra siciliana, “ésta tierra está maldita”. Por eso, el tierno anciano no permite que Totó permanezca siendo un simple proyeccionista. Empuja a Totó a abandonar el hogar, a buscarse una vida digna. “Hagas lo que hagas, ámalo”. Totó se convertirá en Roma en director de cine de prestigio. ¿Qué iba a hacer si no dedicarse al cine?

El paso del tiempo… ¡Cómo se lleva todo por delante! La juventud de los rostros de quienes permanecieron en Giancaldo, rostros que, no obstante, siguen siendo reconocibles: Spaccafico el napolitano, el Padre Adelfio, el loco del pueblo que clama que la plaza es suya, todos siguen allí, más achacosos. El tiempo es peor que un huracán: todo lo barre, hasta el Cinema Paradiso, que será demolido al mismo tiempo que Alfredo es enterrado. Los recuerdos de Totó, lo que una vez existió, dejará de existir. Pero sólo de manera real. Basta encerrarse en una sala de cine, con un rollo de celuloide que nos ha legado Alfredo para hacer que ese pasado no muera nunca; para a través de esos fotogramas que parecían perdidos, de esos momentos de amor en una pantalla que la censura no nos dejó ver una vez, el cine sirva no sólo ya como enseñanza de la vida, si no como enseñanza de nuestra propia vida, como un ensalzamiento de lo que hemos vivido, sufrido, amado, aprendido, perdido… y de cómo a pesar del tiempo transcurrido, siempre podamos volver atrás y abrazar a nuestros seres queridos ya extintos, volver a nuestra tierra maldita, y sobre todo, volver al Cinema Paradiso…

Ese lacrimógeno final es el mejor final de la historia del cine. El clímax para el que Tornatore nos ha ido preparando las dos horas previas. Morricone acompaña las lágrimas y los recuerdos de nuestro buen Totó con la obra maestra de entre sus obras maestras. Y Cinema Paradiso permanence como una de las cumbres de la historia del cine. Y aunque pase el tiempo, también nosotros podremos recordarla y volver a ella siempre. Nos estará esperando para hacernos llorar una vez más.