Leía hace poco un comentario de un usuario de Filmaffinity (gran página web-red social cinematográfica) sobre La tumba de las luciérnagas en la que, con razón, éste se quejaba de que el tratamiento que se da al cine de animación es en muchos casos minoritario cuanto no despreciativo.

Es evidente que las producciones de la Walt Disney han marcado un estilo que ha asociado la animación siempre a las edulcorantes y edulcoradas historias de príncipes y princesas, cuentos de hadas e historias moralizantes para los más pequeños que muchas veces han distorsionado el nivel cualitativo de un género que debería ser tratado como cualquier otro, y una forma de expresión artística que merece el respeto que posee cualquier otra. Al menos esta asociación cine de animación-cine para los pequeños de la casa ha sido patente en Occidente desde siempre.

El ejemplo más claro de marginación hacia el cine de animación es por ejemplo la instauración del premio Oscar a la mejor película de animación desde hace unos años que, salvo honrosas excepciones como Toy Story 3, hace que las películas de dibujos queden totalmente excluidas de la competición como potenciales candidatas a mejor película del año (para quien esto escribe no hubo mejor película en 2010 que la citada última parte de Toy Story). 

En Oriente, sin embargo, siempre han tenido claro que la animación merece el mismo respeto que las epopeyas de Kurosawa. Y ahí van muy avanzados en mentalidad. En Japón, Isao Takahata y su amigo Hayao Miyazaki decidieron fundar los míticos Estudios Ghibli allá por 1985, y la calidad de la obra cinematográfica de la compañía, basada en películas de dibujos animados, es de aúpa.

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¿POR QUÉ SE TIENEN QUE MORIR TAN PRONTO LAS LUCIÉRNAGAS?

Takahata, creador de las series de Heidi Marco dirigió en 1987 La tumba de las luciérnagas, un anime durísimo que tira por la borda todas las reglas del juego que el tío Walt pareció establecer como monopolio del cartoon.

Y es que esta La tumba de las luciérnagas es una maravilla que trasciende no sólo el cine de animación, si no el cine en general, y se convierte en una de las grandes obras artísticas de los años 80. Su detallista puesta en escena viene acompañada de una sensibilidad seca a la hora de contarnos el drama humano de la guerra que viven dos hermanos, el mayor Seita y la pequeña Setsuko, durante los bombardeos finales de los aliados sobre Japón.

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Una película sin sentimentalismos baratos, contada desde la distancia pero con el amor incondicional por dos personajes que representan la inocencia de la población civil, sin reaccionarismos simplistas, sin malos y buenos… La tumba de las luciérnagas muestra las miserias de la guerra, el dolor y el sufrimiento de los inocentes (especialmente los niños) en las luchas entre patrias y Estados, la ardua lucha diaria por la supervivencia.

¿Por qué mueren tan pronto las luciérnagas? pregunta Setsuko en un momento del film, cuando éstas no sobreviven a un nuevo amanecer. ¿Por qué se tienen que morir tan rápido tantos personajes que nos aportan luz en la vida? ¿Y por qué se tienen que morir antes de tiempo personas que están en la luz de la vida? Takahata consigue a través de una obra destructiva hacernos llorar como magdalenas porque saca a la superficie la humanidad que está en todos nosotros. El amor fraternal entre Setsuko y Seita se extiende al espectador. Todos queremos proteger a esa pequeña, todos queremos robar un tomate para poder alimentarlos, o una patata mustia, porque estamos sufriendo como pocas veces ante un drama tan humano. Y, por supuesto, también nosotros nos preguntamos por qué luciérnagas como Setsuko y Seita tienen que apagar su luz tan temprano y tan miserablemente. La sensación de desasosiego al final del film es la culminación de 90 minutos en los que Takahata nos recuerda que ante todo, somos seres humanos.

La tumba de las luciérnagas es un feroz retrato de la condición humana que bien merece no ser enterrada nunca, pues es una de las indudables obras que siempre aportarán luz al ser humano.

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