Que la izquierda abertzale está atravesando un momento no del todo feliz es evidente. Escisiones dentro de su seno, una falta de sintonía que está saliendo a la superficie dentro de sus corrientes ideológicas diversas y la cierta sensación de derrotismo tras las últimas elecciones al Gobierno de España que han dejado a la coalición independentista con sólo dos representantes en el Parlamento de Madrid amenazan con derrocar la euforia que se sintió cuando tras las elecciones municipales de 2011 Bildu se quedó a tiro de piedra del PNV en la CAV. Parecía entonces que el objetivo de crear una mayoría social para cambiar las condiciones sistémicas en Euskadi estaban dando sus frutos y los que creemos en la libre determinación de los pueblos nos las prometíamos muy felices.

Mucho ha cambiado mi perspectiva de ver el mundo en estos últimos años. Del socialismo intrasistémico más radical salté fuera de la línea ideológica izquierda-derecha (curioso cuanto menos que su no afiliación a ninguna de estas corrientes del continum es lo que criticaba más en PODEMOS cuando el partido fue creado) y me convertí en un libertario. Muchos marxistas autodefinidos no dudan en atacar la corriente anarquista y llamar a los que no queremos contribuir ni los que estamos dispuestos a pactar como fascistas. Los fascistas no dudan en llamar a los libertarios como terroristas radicales. Y la realidad es que las corrientes ideológicas de derecha o izquierda continúan aplastando a la clase trabajadora, unos en aras de aumentar la productividad capitalista de una clase dominante; los otros en aras de contribuir a un Estado omnipresente y asfixiante que no deja resquicios de creación individual.

Reconozco que durante muchos años de mi vida fui un fiel defensor de la ideología independentista de izquierdas. Reconozco que soy un defensor de la ideología independentista, por cuanto más grande sea la organización de un territorio, más grande serán los aparatos represores del Estado. Pero reconozco que mi defensa de la ideología de izquierdas (entendida como la tradicional) hace tiempo quedó en la cuneta. Probablemente, uno de los primeros pasos fue mi lectura de El Capital, de Karl Marx, mientras era estudiante de Ciencias Políticas. Su materialismo dialéctico me pareció ya entonces algo con lo que no sólo no estaba de acuerdo, si no que me parecía repugnante.

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Reconozco que fui un gran seguidor de Arnaldo Otegi. Pero esto también se perdió en el camino de los recuerdos. Quizá los primeros síntomas de nuestro divorcio los empecé a sentir cuando en su libro entrevista El tiempo de las luces leí una frase que me dejó bastante trastornado. En ella, el entrevistador le preguntaba que por qué el creía que el movimiento 15-M no había tenido tanto éxito en Euskadi como en el resto del Estado español. Otegi respondía que porque en Euskadi la izquierda abertzale siempre había defendido los presupuestos ideológicos del movimiento popular e, incluso, iba más allá: “Para que el movimiento 15-M tenga una repercusión política de transformación en el Estado español, tendrán que vehicular el discurso a través de un partido político y hacer llegar su voz en el Parlamento y en las instituciones”. (Me he tomado la libertad de no transcribir las palabras exactamente, pero el quiz era éste). Básicamente, Otegi era favorable de desconflictivizar socialmente en la calle el movimiento para introducirlo burocráticamente en las instituciones. Luego surgiría Podemos, y ya hemos visto lo que ha pasado. De paso, Otegi con sus declaraciones, le guste o no, eliminaba del discurso izquierdista la tan cacareada frase de Salvador Allende que tanto aman los marxistas: “La historia es nuestra y la hacen los pueblos”. Creo que las élites políticas, arrogándose su representación de ciudadanos distintos con ideas distintas, piensan que ellos son el pueblo y que la historia se hace en los Parlamentos. Respetable, pero no lo comparto. La calle muestra la pulsión de un pueblo; el Parlamento muestra la hipocresía de las clases dominantes. Parlamentira. HERRIA GU GARA.

No deja de resultar tremendamente irónico cómo la defensa de un movimiento partidario que vehiculase el discurso libertario del 15-M ha acabado jugando en contra de la izquierda abertzale. En uno de los mejores discursos políticos que he escuchado jamás (le reconozco a Otegi una capacidad discursiva y un carisma que ya le gustaría a cualquier Presidente de Gobierno del mundo), Arnaldo comenzaba haciendo un análisis certero de la situación que se vivió en Euskadi tras los acuerdos de Lizarra-Garazi: “El Estado planteó una estrategia refinada tras los acuerdos de Lizarra-Garazi…” Persecución e ilegalización de la izquierda abertzale y guía del PNV hacia posiciones de pacto con el Estado. Esa fue la estrategia del Estado. Me parece fabuloso que Otegi plantease al Estado como un ente represor a través de movimientos tácticos sutiles, porque precisamente es lo que creo que ha sucedido con Podemos. Desde mis perfiles en redes sociales, ya advertí desde el inicio de la pantomima que suponía Podemos en la política española. Una suerte de segunda transición democrática se estaba dando en un Estado español agobiado por la crisis económica, por los conflictos sociales del 15-M y ahogado en un mar de corrupción endémica que pertenece a todos los Gobiernos del mundo. Se necesitaba un lavado de cara, y un primer paso fue incluso, cambiar al Rey Juan Carlos por la cara pública más amable de su hijo Felipe de Borbón. La izquierda abertzale no ha sabido (o no ha querido) ver el peligro que suponía Podemos para una democracia real en el Estado y para un cambio y una conflictividad social real en territorio español. Otegi pidió un partido político, nació Podemos y los morados le han comido la tostada en las últimas elecciones al Gobierno de Madrid a la izquierda abertzale en territorio vasco. Quizá queriendo evitar criticar a la formación morada cuando la opinión pública dentro de las capas populares se mostraba muy favorable al partido de Pablo Iglesias, se dejó ganar para ganar de nuevo más adelante, cuando Podemos esté más desgastado, que lo estará. Esto es política. Pero la realidad es que en un momento complicado para el Estado español, con la crisis, los casos de corrupción destapados y el órdago independentista en Catalunya, Podemos ha servido como tapón para una posible rebelión popular (Monedero declaró literalmente que “Podemos ha evitado una revolución en España”)  y también para que los movimientos independentistas tengan más fuerza en Madrid. Creo que la izquierda abertzale ha pecado de falta de visión para ver que la creación de Podemos también ha sido una “estrategia refinada” creada desde dentro del sistema para capear un temporal que amenzaba con daños mayores e, incluso, irreversibles dentro del sistema político español. Con su defensa de la desconflictivización social del 15-M y su apuesta por la creación de un partido político que vehiculase las reclamaciones del pueblo, la izquierda abertzale ha perdido precisamente poder en las instituciones.

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He citado antes que lo ocurrido en los últimos años en la política nacional española tiene ciertas analogías con lo sucedido durante la Transición democrática (que de democrática tuvo más bien lo que de popular ha tenido la creación de Podemos, es decir, cero). Me resulta curioso que la izquierda abertzale haya intentado también copiar un elemento que acaeció durante la citada Transición: la adopción de la corriente Eurocomunista que llevó a cabo el Partido Comunista de España (PCE), con Santiago Carrillo a la cabeza. La izquierda abertzale ha tratado de elaborar una especie de Euskokomunismo con la creación de un partido único que engloba fuerzas ideológicas diversas dentro de la izquierda: desde socialdemócratas hasta marxistas, pasando por socialistas más radicales, bajo parámetros ideológicos preestablecidos y negociados por los diferentes representantes de cada corriente; y que esto, además, venga promulgado con una cesión de la radicalidad de las demandas para contentar a una población que no tiene (ni probablemente quiera tener) la experiencia represora que nuestros padres tuvieron durante el régimen franquista. Esto ha llevado a una dejadez del conflicto social en la calle, y ha llevado a una suerte de cesión por parte del pueblo a la lucha institucional por parte de sus representantes. Otegi decía que la nueva estrategia de condena de la violencia de ETA se dió cuando volviendo de un viaje a Bruselas con Rafa Díez, pasaron por París, y al ver las luces de la ciudad tuvieron una especie de visión divina que les llevó a plantear a sus bases el nuevo camino de lucha. Con todo lo real que esto pueda ser ( yo no me creo ni un pelo esta romántica historia de metamorfosis que tanto me recuerda a la paloma blanca que se posó en el hombro de Fidel apenas la revolución cubana triunfó), la realidad es que probablemente todo se deba a una calculada estrategia debido al contexto histórico que se estaba viviendo entonces. En diferentes causas como el desgaste sufrido por años de represión e ilegalización; en la necesidad de recuperar cierta cantidad de votos de sectores desencantados de la izquierda independentista; y en la creencia de que unificando fuerzas distintas con parámetros ideológicos más o menos comunes en su base, quizá puedan encontrarse las verdadera causas del cambio estratégico en la izquierda abertzale.

Pero como ocurrió con el PCE durante la Transición que, agobiados por la necesidad de concurrir como partido democrático, decidió eliminar el leninismo como su corriente ideológica identitaria, la izquierda abertzale se ha moderado hasta el extremo de, en ciertas ocasiones, bailar al ritmo de la música impuesta por Madrid; y mucho más grave, ha sacado de las calles la conflictividad que yo creo que necesaria para intentar cambiar algo.Insisto, probablemente las nuevas generaciones no estén tan interesadas en combatir al Estado desde la calle, pero creo que la izquierda abertzale ha perdido un valioso tiempo y, sobre todo, ha desaprovechado un contexto de descontento para poder llevar adelante sus objetivos, motivando adecuadamente a esa población. A fin de cuentas, aglutinar una mayoría social es más fácil de conseguirla en la calle, pero es mucho más difícil llevarla a los Parlamentos. Sobre todo cuando las reglas del juego no las creas tú, y los aparatos represivos pertenecen a otros. Ocurrió en Chile en 1971-1973.

Una autocrítica resulta necesaria dentro de la coalición si no quiere que la burbuja que supuso las elecciones de 2011 se acabe desinflando del todo y antes de que el Estado, con sus “estrategias refinadas” nos convierta a todos en zombies.