PARA EL REY DE REYES…

 

Habiéndole preguntado a Marcelo Bielsa mientras paseábamos por el casco antiguo de Lille quién era mejor para él, si Maradona o Messi, el Loco más cuerdo del mundo me respondió de manera que lo que me quedó grabado no fue la respuesta a mi pregunta, si no el discurso filosófico que elaboró en torno a la creación de los ídolos. Messi es inaccesible. Diego fue el ídolo del pueblo, de los pobres… Messi es europeo y Diego argentino. El pueblo se identifica más con Maradona, bajo mi punto de vista porque es uno más. Y eso llevó a que fuera convertido en un ídolo por los pobres. Habitualmente, los que crean los ídolos son las clases populares, porque los ricos no necesitan crear figuras a las que copiar, a las que quieran parecerse”, me dijo el profesor de Rosario, por el que siento una admiración absoluta.

Sin embargo, al escribir este artículo me doy cuenta de que algo falta en esa maravillosa filosofía. Y es que soy cada vez más una persona menos idólatra; soy más de admirar que de endiosar. Y sin embargo, poseo un ídolo futbolístico llamado Henrik Larsson, que se fue forjando en la infancia. Y por lo tanto, a la frase dicha por Marcelo, le añadiría, que además delos pobres, los niños también crean ídolos a los que quieren parecerse; ídolos que pueden inspirar una vía de escape en realidades sociales desfavorables, pero que también lo pueden hacer cuando la fantasía y los sueños viven su edad de oro: en la infancia. Los niños son esponjas que tratan de buscar héroes, de crear mitos a los que querer parecerse por sus hazañas y sus triunfos.

VERANO DE 1994: GLORYLAND

Es una cuestión generacional. Cada niño tiene su época, un contexto histórico concreto repleto de adultos a los que idolatrar. En mi caso, no entendería mi vida sin la influencia que tuvo en ella el Mundial de USA´94. No sólo comencé a idealizar a todo un país que se llamaba a sí mismo Gloryland (tierra de gloria) en la canción oficial del Mundial que tanta emoción me creaba cuando la escuchaba antes de cada partido. Con 8 años cumplidos, me había iniciado futbolísticamente aquella temporada 93-94. Con la ansiedad provocada por el descubrimiento de una afición nueva, me entregué a las pasiones del fútbol de manera virulenta. Las colecciones de cromos abrían conocimientos futbolísticos casi enciclopédicos que hacían mis delicias. Así como me había aprendido de memoria los nombres de futbolistas, entrenadores, estadios, capacidad de cada estadio, lugares y fechas de nacimiento de futbolistas y demás detalles de todos los equipos de la 1ª división de España de ese año, pronto había tatuado en mi memoria el nombre de todos los futbolistas de las 24 selecciones distintas que iban a disputar ese Mundial; los 9 estadios en los que se iban a disputar los partidos y ya de paso, toda la geografía de los Estados Unidos.

Es curioso cómo la primera vez que alguien ve al que va a ser su ídolo, éste le puede pasar completamente desapercibido. Aquel Mundial pasó a la historia conmigo apoyando a Brasil. Era un fan incondicional de Romario. A día de hoy le considero aún el mejor futbolista que he visto nunca. Pero como sucede con el buen vino, el tiempo le da su auténtico lugar a todo, y algo quedó marcado en mí con aquella selección sueca, que logró la medalla de bronce en aquel torneo. Los Ravelli, Nilsson, Thern, Ljung, Ingesson, Brohlin, Dahlin, Kenneth Andersson y compañía me dejaron sus hazañas grabadas a fuego. En aquel equipo me llamaban la atención dos futbolistas: Martin Dahlin, por ser de color en un equipo de rubios nórdicos; y por supuesto, Henrik Larsson (Helsingborg, 20 de septiembre de 1971), con sus rastas y sus rasgos físicos cuanto menos extraños: no era negro, pero, ¿era blanco? Cosas de niños. Su padre era un emigrante de Cabo Verde, pero esa explicación sobraba entonces.

kennet-andersson1-jpg.jpg
Brohlin, Larsson, Ravelli y Kenneth Andersson. Medalla de bronce en el Mundial USA´94. Una de las mejores generaciones del fútbol sueco.

Suecia perdía 2-1 en su primer partido de aquel Mundial contra Camerún. Un calor infernal en Los Ángeles. Entra Henrik Larsson a falta de 22 minutos para el final. Coge un balón y a más de 30 metros lanza un misil que se estrella contra el larguero. Rechace para Dahlin y gol. Incomprensiblemente, el calor había afectado más al equipo africano. Esa fue la primera vez que lo vi. Luego, anotaría un único gol en el Mundial, en el partido por el tercer puesto ante Bulgaria, en la que Suecia arrolló al equipo de Stoitchkov por 4-0. Aquel mediapunta juagaba en el Feyenoord de Holanda. Era un llegador, un peso pluma de movimientos ligeros. Un colibrí que parecía volar metiéndose entre rivales.

EL LEOPARDO DE GLASGOW: Tras aquel Mundial, le perdí la pista a Henke durante unos años. No era tan fácil entonces ver fútbol internacional como ahora. Suecia se perdió el Mundial de Francia 98. Allí me di cuenta de cuánto echaba de menos a las selecciones que no estaban en el país galo de entre todas las que habían disputado el campeonato cuatro años atrás. Entre ellas, Suecia. Cuánto me faltaban los suecos. Los tenía idealizados.

Me enteré más tarde de que a pesar de haber dejado buen recuerdo en el Feyenoord, había tenido problemas con las lesiones. Se había roto la pierna y se había perdido muchos meses de competición. Con el tiempo, ya a finales de los 90 comencé a escuchar que en Glasgow había un Henrik Larsson que estaba rompiendo récords goleadores cada año, enfundado en la zamarra del Celtic, el equipo católico de la ciudad. ¿Podía ser el mismo? Lo era, aún con sus rastas características al viento. Pero era increíble. Se había reconvertido en un delantero centro, un killer demoledor. No lo recordaba así. Sin llegar al 1,80 de estatura, saltaba como un canguro para suspenderse en el aire y rematar con la testa balones que parecían imposibles. No perdonaba una. Aquel colibrí de movimientos ligeros se había convertido en un leopardo voraz. Sus movimientos constantes en zona de ataque abrían tantos espacios a sus compañeros que las defensas contrarias parecían un colador. Ni la más trabajada defensa podía cerrar los huecos que abría Larsson, con su velocidad, su desmarque, su juego al primer toque y su trabajo contínuo. Con el paso del tiempo, para completar la transformación, se raparía las crestas y se dejaría el pelo al cero, como Michael Jordan, su ídolo. Uno de sus hijos, también futbolista, lleva como nombre Jordan en honor al mejor baloncestista de la historia. Jordan Larsson.

Su historia en el Celtic roza la leyenda. Si existió un auténtico William Wallace, llegó de Suecia. Fue investido doctor honoris causa por la Universidad de Glasgow, y a petición popular, es uno de los escasos extranjeros en ser miembro de la Orden del Imperio Británico por su contribución al deporte.

larsson

En 2001, ganó la Bota de Oro a máximo goleador europeo. En 2003 llevó al Celtic a la final de la UEFA, que perdió por 3-2 ante el Oporto de Mourinho. Los dos goles de los blanquiverdes, obra de Larsson. El premio a mejor jugador del partido, también para él. Tras ser coronado como rey de reyes por una de las mejores aficiones del mundo, Sir Henrik decidió que era hora de abandonar Glasgow.

LAS FIRMAS DE UN PUEBLO: En 2004, tuvo que regresar obligatoriamente a una selección sueca de la que se había retirado. El pueblo sueco, había llevado a cabo una iniciativa para recabar firmas pidiendo a Henke que volviese a lucir la camiseta amarilla y azul del país. Más de medio millón de sucos estamparon su nombre en la iniciativa. No le quedó otra. Jugó la Eurocopa de Portugal y anotó tres goles, uno de ellos elegido el mejor de la historia de la selección sueca en Mundiales o Eurocopas y dejó a su selección a un par de penalties de las semifinales.

Luego, volvería a jugar otro Mundial, el de Alemania. Y anotaría también allí un gol, ante Inglaterra.

HÉROE EN PARÍS: Como ocurre con casos excepcionales como Aritz Aduriz o Diego Forlán, cuantos más años pasaban, mejor era Larsson. Esa profesionalidad, el saber cuidarse, y sobre todo, el saber adaptar las características físicas a los tiempos más modernos, jugaron a su favor. El F.C Barcelona apostó por Larsson. Se lo llevó cuando tenía 33 años. Llegaba como suplente de todos y acabó como héroe de Catalunya. Incluso, como ocurre con los héroes, el destino quiso tumbarle. Se rompió la rodilla en un partido contra el Real Madrid. 33 años, la temida triada. Retirada a la vista. Respuesta de Larsson: en lugar de recuperarse en seis meses, se recuperó en cinco.

henrik-larsson-brill-al-lado-de-estrellas-como-ronaldinho_94809
“Ronaldinho es el mejor futbolista con el que he jugado”, declararía el sueco.

Convertido en el jugador más querido de la afición culé, aquella que coreaba su nombre mientras Henrik extendía sus brazos y sacaba la lengua para celebrar sus goles (imitando de nuevo a Michael Jordan), Larsson aún tendría que escribir su capítulo más brillante como blaugrana. En su último partido como jugador del Barça, el equipo catalán se enfrentaba al Arsenal en la final de la Champions, en París.Un joven Messi, se había quedado fuera por decisión técnica. Parecía un partido que iba a prolongar la maldición del Barcelona con la Copa de Europa. 0-1 para el equipo inglés, que estaba jugando mucho mejor que el Barcelona. Pudo haber sentenciado Henry, pero no estuvo fino el delantero francés que jugaba en casa.

A falta de media hora, Frank Rijkaard decide meter a Larsson. Una defensa que parecía impenetrable, con Sol Campbell como mariscal, se ve triturada con los movimientos del sueco, que mediante dos asistencias deja solos a Eto´o y Belleti que se encargan de dar la segunda Champions de su historia al Barcelona. El héroe de París venía de Helsingborg e iba para 35 años. Despedido a lo grande de la ciudad condal, decidió regresar a Suecia.

EL ÚLTIMO SUEÑO: Pero, le quedaba pendiente un sueño. Jugar en la Premier League inglesa. Aprovechando un parón de tres meses en Suecia, Larsson fichó por el Manchester United en noviembre de 2006, hasta marzo de 2007. Tres meses que le permitirían cumplir su último sueño. Quien esto escribe, fan entusiasta de los diablos rojos, se encontraba en el hospital en aquel instante recuperándose de una aparatosa operación maxilo-facial, que me tuvo en la clínica del doctor San Sebastián de Deusto 7 días, y que me llevó exactamente 3 meses de recuperación. Los 3 meses que disfruté viendo a Larsson con la camiseta mancunian.Mientras me recuperaba, él agotaba su periplo. Cuando se fue, ya estaba yo totalmente repuesto. Era como si hubiese querido ayudarme de alguna forma.

Soccer - FA Barclays Premiership - Manchester United v Aston Villa - Old Trafford

En su primer partido como red devil, gol. Ayudaría con tres goles a ganar la liga, y a clasificar al equipo hasta la final de Copa y las semifinales de Champions. Ferguson trató de convencerle para quedarse. Lo quería a toda costa, con 35 años. Titular en todo un United. Pero había dado su palabra. Con el trabajo hecho, vuelta al Helsingborgs de su ciudad natal, donde anotando aún goles en la UEFA, llegaría hasta el puesto número 6 del ránking de máximos goleadores históricos de las competiciones europeas, que aún ostenta. En octubre de 2009 anuncia su retirada, y se pasa a los banquillos, a entrenar.

Y mientras esto escribo, casi tengo 32 años. Mucho ha llovido desde aquel verano del Gloryland. De ser niño, pasé a ser adolescente; de adolescente a hombre. Y en ese proceso, me acompañó siempre Henrik Larsson. Hoy, muchos amigos de confianza me llaman Larsson. Mi blog se llama endiklarsson.com por él. Muchos créditos en películas en las que he trabajado llevan como mi nombre Endik Larsson. Imposible cuantificar la influencia de un futbolista en mi vida. Más imposible aún cuantificar la transmisión de sus valores. Larsson siempre fue querido allá donde estuvo. El carisma natural del sueco venía acompañado por un talante humilde, trabajador. Un buen compañero, de los que hace equipo. De los que habla en el campo. Un paradigma del antifútbol moderno. Y un ejemplo de profesionalidad y de asimilación de las culturas que le dieron de comer.Yo, que no creo en reyes, me veo obligado a arrodillarme ante aquel que marcó mi vida. A sus pies, KING HENRIK. Gracias, ídolo.