PARA JOSÉ ÁNGEL ZIGANDA. ONGI ETORRI, CUCO!!

Miércoles de noviembre de 1994. Se preparaba Bilbao para una nueva jornada histórica en lo futbolístico. Ese día llegaba el Newcastle al Botxo, para disputar el partido de vuelta de los 1/16 de final de la Copa de la UEFA. Ese Newcastle, dirigido por Kevin Keegan, que aterrorizaba a los que éramos niños. Seguramente, la prensa nos vendió un monstruo que no era tanto, pero la realidad es que el Newcastle era uno de los equipos más temibles en aquel momento en Europa. Situado en el top de la Premier League y con figuras futbolísticas como el luego legendario red devil Andy Cole, el creativo mediocampista Peter Beardsley o el belga Phillip Albert, que venía de ser el Kaiser de su selección en el Mundial USA´94, en la que Alemania sufrió para mandar a la selección roja a casa en octavos de final por 3-2.

El partido de ida, disputado en el estadio de St. James´ Park no pudo empezar peor. El Athletic se encontró con un 3-0 en contra, que hacía presagiar el final de nuestra andadura por Europa. Pero la salida de un canterano, Gontzal Suances, el héroe de Newcastle, cambió la cara al partido. Primero, asistió desde el suelo a nuestro nuevo entrenador, Cuco Ziganda, para que éste pusiese el 3-1. Luego sería el propio jugador getxotarra el que de un cabezazo a bocajarro fusilando a Srnicek dejase la eliminatoria en el aire con un 3-2. La suerte se decidiría en San Mamés.

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El Athletic, en un partido en el que debutó Sergio Korino, había hecho lo más difícil. Una de esas gestas a las que históricamente el equipo rojiblanco se abona de forma periódica.

Mi tío Joseba consiguió entradas para aquel partido histórico en la Catedral. Allí estuve con 9 años recién cumplidos, predispuesto para respirar sentimiento Athletic. Para hacerme más rojiblanco. Las citas con la historia se tornan inolvidables, y los recuerdos afianzan los sentimientos. Aquel 2 de noviembre, estuve al lado de la ría, donde aficionados de ambos equipos, hermanados, hacían volar una enorme bandera blanca y negra. Donde la amistad entre ambas aficiones será difícil de olvidar. Sentado ya en mi asiento, en Tribuna alta, a la altura de la portería en la que posteriormente el Cuco cantaría una de sus más bellas canciones vestido de rojiblanco, se me acerca un aficionado inglés. Me dice algo, no entiendo un carajo, 9 años, y nociones de inglés menos que mínimas, palabras sueltas, los colores y los números hasta cien. Poco más. ¿Qué discurso articula aquel hombre? ¿Por qué me elige a mí? Aún hoy no lo se. Después de su discurso, me coge la mano, me la abre y me coloca una moneda de una libra en la mano. Me cierra el puño. Mi tío traduce simultáneamente. Me dice que ese hombre tiene un hijo de mi misma edad y que me está dando esa moneda de recuerdo. Desconocía que mi tío Joseba, tan euskaldun, tan de la tierra, tuviera sapiencia alguna de la lengua shakesperiana. Pero el núcleo de la acción es eso: me da una moneda que aún conservo. Es irónica la vida. Ahora, viviendo en Londres, estoy rodeado de esas monedas. Pero nunca gastaré aquella. Es la prueba del bendito delito de que estuve allí hace 23 años. ¡Qué grande aquel inglés que vino a Bilbao!

Empieza el partido. Las consecuencias de la anterior eliminatoria contra el Anorthosis, tan sufrida, aún se dejaba sentir. Muchas bajas en el bando rojiblanco: Lakabeg, Goikoetxea, Valverde, y sobre todo, Julen Guerrero, se pierden el partido. Iñigo Larrainzar, que era una bomba de defensa en aquella época, sale del partido a la media hora, y deja su puesto a Urrutia. El Athletic, dirigido por Jabo Irureta, sale con Valencia; Larrainzar, Larrazabal, Andrinua, Tabuenka, Karanka; Alkiza, Garitano, Mendiguren; Suances y el Cuco.

El Newcastle juega con Srnicek; Albert, Beresford, Howey, Peacock; Watson, Hottiger, Robert Lee, Sellars, Beardsley; y Ruel Fox.

San Mamés, con aquellas añoradas gradas de pie aún vigentes, adquiere una atmósfera infernal para el equipo de fuera. Cada ocasión del Athletic, hace que el estadio tiemble. Los centros sísmicos seguramente recibieron severas alertas de terremoto en el Botxo aquel día varias veces. Ziganda y Suances con su movilidad, hacían mucho daño a la defensa inglesa. El Cuco especialmente, que tirando desmarques, abre huecos a la llegada desde segunda línea de Alkiza y Urrutia, que tienen buenas ocasiones para abrir el marcador. La más clara de la primera mitad para el Athletic (que viste de azul), es un disparo mordido de Suances, al que a punto está de llegar Ziganda para desviarlo.

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En el conjunto inglés, son temibles las llegadas de Robert Lee, el número 7 que llega desde atrás incorporándose al ataque y dando auténticos sustos a la Catedral.

Descanso. Aún 0-0. Tengo que ir a descargar la vejiga urgentemente. Cuando era pequeño, siempre me sucedía que cuando iba a San Mamés, durante el descanso, y provocado por la tensión que sentía en los partidos, tenía que ir a orinar largos minutos. Siempre hacía pis 6 veces en casa antes de salir para el estadio porque sabía lo que iba a pasar. Aún así, ¡qué nervios pasaba con el Athletic que me provocaban las ganas de ir al baño!

Empieza la segunda mitad. Garitano, con su zurda exquisita centra desde la derecha un balón que se va cerrando, y que pasa entre el malogrado portero checo del Newcastle y Ziganda. Sale fuera por centímetros, llorando, acariciando el poste. No quiere entrar. San Mamés intenta empujar para que el balón se cuele dentro pero nada. Hay que sufrir un poco más.

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Concretamente, hasta que entra en acción el trío siniestro (por zurdos, no por malvados) del Athletic. Larrazabal se la da a Mendiguren, éste a Alkiza y Bittor con esa calidad que tiene filtra un pase entre la defensa del Newcastle hacia el Cuco, que ha conseguido desmarcarse. El bravo jugador navarro quiere unirse a la fiesta de los zurdos, se la prepara con su pierna mala. Quiere hacernos sufrir. Parece que espera que Albert se le eche encima para rematar. Finalmente, dispara. El balón toca en Albert y pasa por debajo de los brazos de Srnicek. Es la locura. 1-0. Cuando se ve la reacción de San Mamés a ese gol, aún hoy día, se ponen los pelos de punta. 47.000 almas zurigorris gritan como nunca había visto en directo. Salto de mi asiento. No veo nada. Soy un niño circundado de adultos. Mi tío, eufórico, me coge en brazos y me eleva al altar de los dioses. Allí abajo están nuestros jugadores haciendo piña, celebrando un gol que pasará a la historia. En aquella grada de a pie también hay muchos berangotarras como yo y mi tío. Mi otro tío Iñaki anda por allí, pero desde nuestra posición vemos a Altzu Gallastegi, que también nos mira y celebra extasiado. ¡Qué bárbaro! ¡Qué momento! Enseguida comienza el conocido coro en San Mamés: “¡CUCO, CUCO!¡CUCO, CUCO!” 

Pero quedan todavía muchos minutos. El Newcastle aprieta y a punto está de empatar en un disparo que desvía Karanka. El balón le llega a Suances, arranca sólo desde el mediocampo. Llega al área rival y es derribado. Penalty. ¡Qué partido! Ander Garitano el encargado de lanzar. Al poste. Recoge él mismo el rechace y la clava dentro. Pero no vale. La reglamentación FIFA dice que un lanzador no puede recoger él mismo el rechace si el balón va al poste.

Estaba destinado a ser un partido agónico. Habitualmente, los grandes partidos de la historia son así. Peleados hasta el final. Beardsley a punto está de aguarnos la fiesta, pero Juanjo Valencia, que era un gran portero por cierto, desvía muy bien la pelota.

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Por fin, el árbitro italiano Amendolia decreta el final. Éxtasis en la Catedral. Aún nos quedamos para ver cómo los aficionados rojiblancos invaden el campo y se dirigen hacia la grada donde están los seguidores ingleses. Los bilbaínos desde abajo gritan: “Newcastle, Newcastle”.  Los ingleses desde arriba, devuelven honores: “Athletic, Athletic” .

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Al día siguiente madrugo para ir a clase. Espero que la andereño no me pregunte nada. Primero porque estoy afónico de tanto gritar. No queda voz. Y segundo porque quiero que me deje rememorar durante el día, si lo que viví la noche anterior fue un sueño. Fue tan bonito… Pero miro mi ropa, cómo voy vestido. Con mi chándal de Kappa del Athletic. En el bolsillo, una libra. Y no fue un sueño. O sí. Pero que se convirtió en realidad.