LOS TRAUMAS DE INFANCIA DE CLARICE 

Un hombre del censo intentó hacerme un cuestionario. Me comí su hígado acompañado de habas y un buen chianti. 

Hannibal Lecter (Anthony Hopkins). 

El silencio de los inocentes fue el nombre que el escritor Thomas Harris dio a su novela sobre la relación psicológica que se establece entre una joven estudiante del FBI, Clarice Starling y un refinado e inteligente psiquiatra psicópata con tendencias caníbales, Hannibal Lecter. El libro se convirtió en un best seller, y rápidamente se puso en marcha la adaptación cinematográfica, producida por Orion Pictures y con una pequeña variación en el título: pasaría a llamarse El silencio de los corderos.

Jodie Foster fue la elegida para interpretar a Clarice Starling, la joven estudiante de la Academia del Federal Bureau of Investigation, que le valdría a la gran actriz estadounidense su segundo premio Oscar a mejor actriz.

Pero hablando de grandes aciertos de cásting, quizá uno de los mejores de la historia fue convertir al reputado actor dramático inglés Anthony Hopkins en el psicópata Hannibal Lecter. Cuando el agente de Hopkins le hizo llegar un guión titulado El silencio de los corderos, Hopkins pensó que se trataba de una película infantil. Enseguida dio el sí, muy consciente del reto que le suponía como intérprete. Hopkins se basó a la hora de interpretar a Lecter en un amigo suyo de Londres, el cual jamás pestañeaba cuando miraba a alguien a la cara, lo cual provocaba el nerviosismo de la cuadrilla. Además de esto, Hopkins sugirió interpretar al caníbal hablando con un tono de voz metálico y siseante, “como si fuera una serpiente”.

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Jonathan Demme se hizo cargo de la dirección. El director (Baldwin, New York, 1944) se convirtió tras el éxito del film en el nuevo mesías de Hollywood, ganando el Oscar de ese año a mejor director y haciéndose con los derechos del final cut (montaje final) de sus películas.

El silencio de los corderos es uno de esos casos en los que el título del film es, a su vez, el tema de la película. En este caso, los corderos que deben ser silenciados del  título representan el conflicto interno del personaje principal, Clarice Starling, la cual siendo una niña y tras perder a su padre policía en acto de servicio, quedó huérfana y fue enviada a vivir a un rancho de Montana junto a su tío. Despertada en mitad de la noche por unos chillidos en el establo, se dio cuenta de que estaban sacrificando a los corderos lechales, los cuales, angustiados, berreaban desesperados. Clarice intentó salvar a uno, de manera infructuosa y le permaneció el trauma: aún escucha gritar a los corderos en mitad de la noche. La resolución del caso de Buffalo Bill será una manera de acallar a los corderos que traumatizan a nuestra heroína.

El recientemente fallecido Jonathan Demme fue una rara avis en Hollywood. Sin ser uno de los más reconocidos autores del cine, tiene al menos tres películas y un estilo propio lo suficientemente interesantes como para ser considerado como un simple artesano. Demme fue un director de cine tendente siempre hacia el documental, lo cual no abandonó ni en sus mejores películas de ficción, siempre mostrando la parte social más terrorífica de América, con los monstruos creados por su desasosegante entorno (Buffalo Bill, Hannibal Lecter); la parte social más intolerante y represiva con sus minorías (Philadelphia) o mostrando un sistema político aterrador dominado por las grandes corporaciones y en el cual los políticos no son más que simples zombies guiados por los intereses financieros (El mensajero del miedo, The manchurian candidate). 

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Esta inclinación hacia el documental está muy presente en El silencio de los corderos, especialmente por su planificación a la hora de mostrar los cara a cara intelectuales (quiz pro quo) entre Clarice Starling y Hannibal Lecter. La mayor parte del tiempo, estos toma y dacas que van sacando a la superficie los traumas infantiles de Clarice Starling como si fueran un violento exorcismo, están filmados con los actores mirando a cámara, dando la impresión de estar contando sus secretos a los espectadores, que sirve además como elemento narrativo eficaz, pues consigue poner los pelos como escarpias a la platea, dando la sensación de estar siendo analizados por Hannibal Lecter. Esa primera aparición de Hannibal desde el punto de vista subjetivo de Clarice Starling refuerza esta puesta en escena desde dentro de los personajes.

En la secuencia en que Clarice descubre la cabeza del ex paciente de Lecter, Benjamin Raspail, en un garaje, ese espacio lleva por nombre “Mi interior”, a la que Jodie Foster penetra tras semiabrir la puerta atascada con la ayuda de una herramienta y que supone una de las más acertadas metáforas del film: Starling tendrá que abrirse y sacar el trauma que lleva consigo en su interior, relacionado con la muerte de su padre. En esta entrada al garaje, además, Clarice sufrirá una herida con sangre en la pierna, lo cual nos indica que no lo hará sin dolor. Es más, en las imágenes iniciales del film, vemos a Clarice superando unos obstáculos en un circuito de entrenamiento físico, mientras vemos carteles que muestran las palabras  “dolor”, “sufrimiento” “agonía”. 

Y quien le ayudará a sacar ese trauma de su interior será su némesis intelectual. El doctor Hannibal Lecter, psiquiatra caníbal, una mezcla de inteligencia suprema y perversidad; de atractivo emocional y maldad en el mismo ser humano. La paleta de colores del film, que va cambiando de tonalidades azules y grises metálicos al blanco puro y a la luz explosivamente cálida de la secuencia del último cara a cara entre Lecter y Clarice, en el que se exponen los traumas de la protagonista, realzan este cambio y ese estallido interno, que se resolverá con la caza del asesino llamado Buffalo Bill y el rescate de la víctima de este Catherine Martin, en una secuencia final angustiosa y claustrofóbica que impone a El silencio de los corderos el sello de obra cinematográfica imperecedera.

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El cambio de la paleta de color: de tonalidades azul grisáceos a cálidos en la explosión emocional del personaje de Clarice, con Lecter iluminado cenitalmente y el color blanco de su camiseta rompiendo, casi de manera violenta.