Antes que nada, quizás este artículo sea de un nivel reflexivo individual tan alto y orientado hacia mí mismo, que los que no me conocen se pueden sentir fuera del relato. Este texto no pretende ser ni una santificación de mí mismo, ni una autocrítica, si no una exposición de hechos tal como las siento que pasaron. Un pensamiento analítico de una parte de mi vida, de manera escrita, que es lo que mejor se me da.

12 de marzo. Una fecha especial para mí. Ese día de 2013 tomé una decisión de las llamadas trascendentales en mi vida. Decidí que tenía que dejar mi casa. Tenía que dejar mi hogar, mi tierra, Euskal Herria. Realmente, la decisión la había tomado meses atrás. Todo se fue gestando en las navidades anteriores, cuando un amigo de Galicia, Brais, y yo, decidimos que partiríamos a la aventura ante la falta de oportunidades en nuestros hogares. Al final, Brais decidió resistir y quedarse en su tierra pero me vine con otro gran amigo, inesperadamente, que tomó la decisión a última hora: mi buen Nicolás. El destino para nosotros: Londres (Inglaterra).

Nunca había soñado con venir a Londres. Nunca me había sentido especialmente atraído por el Reino Unido jamás en mi vida. La marcha fue obligatoria. Mi sueño vital, desde siempre, había sido trasladarme a Estados Unidos, estudiar cine allí y establecerme trabajando en mi pasión. Luego, vino un pacto con mi familia: estudiaría primero algo en casa, y luego si decidía aún marcharme a América me iría. Pero, mi familia contaba con algo que yo desconocía entonces, con 18 años: el factor tiempo. Un tema que me obsesiona a día de hoy. Y es que la universidad es maravillosa, sí (si uno estudia lo que le gusta, y no pasa por una crisis de identidad, como la que viví yo). Pero también desgasta. Y uno, después de estudiar una carrera se encuentra suficientemente fatigado como para empezar otra. La frescura no es la misma, la edad no es la misma, y las ganas no son las mismas. Por eso, recomiendo a los jóvenes que lo que tengan que hacer con sus vidas, lo hagan cuando sea el momento. No en el futuro. Yo, me licencié en Políticas por azar, y me convertí en un apasionado de un tema hasta entonces desconocido para mí y que poco me atraía entonces. Pero, no era lo mío. Después, estudié cine en Bilbao en la escuela Kinema, que tuve la fortuna de que la abrieron en aquellos años 2006-2007. Y por un tiempo trabajé en el cine en el País Vasco y en España. Sin cobrar, eso sí. Por amor al arte. Pero creo sinceramente, que era extremadamente válido para trabajar en cine, básicamente porque era mi pasión y no sentía ninguna presión haciendo lo que me gustaba. Era llegar a un set de rodaje, y mi introversión se convertía en la mayor de las extroversiones. Incluso llegué a vivir un momento de gloria, cuando un cortometraje en el que trabajé fue nominado al Goya a mejor corto del año, VOICE OVER (Martín Rosete, 2011). ¡Qué felicidad estar en un set de rodaje!

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Pero, las circunstancias, en las que entraré a continuación, no acompañaron para poder hacer carrera en ese ámbito. Y tras malvivir, y sufrir mucho, decidí que necesitaba sobre todo alejarme de muchos problemas, que me estancaban en la vida como ser humano. Como dijo Pedro el Grande: “Lo que no crece, acaba por marchitarse”. También hay una famosa frase de Friedrich Nietzsche (“Lo que no te mata, te hace más fuerte”), de la que siempre digo que hay que añadirle una enmienda: para que lo que no te mate te haga más fuerte, uno tiene que saber qué es lo que le puede matar para evitar que le mate y le haga más fuerte. Y en este sentido, creo que hice una valoración certera del contexto en el que estaba viviendo en aquella época, y en la cual me expuse a mí mismo una serie de circunstancias que podían llegar a matarme, en vez de hacerme más fuerte. Porque básicamente, no les veía una salida a aquellos problemas. Ya lo dijo Shakespeare: las desgracias raras veces llegan con la forma de un soldado aislado, si no con la de un ejército numeroso. Paso a exponer las causas de mi emigración, a continuación:

1.- Crisis económica. En octubre de 2008, el capitalismo falleció en Wall Street. Pero el doctor Frankenstein, encarnado por los Estados, decidieron rescatarlo de la muerte, creando un monstruo inhumano, que hundió en la miseria a muchas familias de todo el mundo, provocó que muchas personas perdieran sus hogares, viviesen en el umbral de la pobreza y, finalmente, muchos decidieran que la única salida era el suicidio. No fui ajeno a la crisis venida de América, pero sembrada desde hacía años, por todo el mundo, concretamente desde que Estados Unidos decidiera expulsar de la zona dólar a Europa a principios de los 70, exponiendo a las economías europeas a un riesgo enorme, aumentado después con la creación del euro, sin un mecanismo político que ayudase a las economías deficitarias cuando una crisis estallase. No fui ajeno a esto. Y yo, personalmente, con 26 años, me tuve que endeudar con el banco, para en un momento concreto, dar de comer a mi familia. Muchas personas, dicen que soy un radical, que no atiendo a razones cuando debo entender que a veces hay que negociar las ideas, que no todo es blanco o negro… Lucio Urtubia dijo que para él fue fácil odiar a los ricos y al sistema, porque tuvo la suerte de nacer pobre. Yo, no nací pobre. Pero me convirtieron en uno. Quizás, mi filosofía del todo o nada nació en aquellas años. Y no me arrepiento. Me he llevado palos, porque no siempre se consigue el todo. Pero las pocas veces que se consigue, uno disfruta como nunca, y se puede mirar al espejo con orgullo de lo conseguido. Ver a los caraduras políticos que dicen que hay que llegar a acuerdos, mientras los pobres se mueren de hambre, me revuelve el estómago. Los políticos son casta, incluso los anticasta que dicen luchar contra la casta. Sólo son la nueva casta. Y les tengo declarada la guerra a todos. Hasta que no haya más injusticia en este mundo, ni más pobres, ni más casta.

2.- Crisis familiar. Sin entrar demasiado porque es profundamente personal, digamos que quien debiera proteger y tirar del carro, dio muestras de una falta de responsabilidad, de una cobardía y de un egoísmo de proporciones mayúsculas. Errores que se deben olvidar pero no perdonar y que a su vez, trajeron errores que se deben perdonar pero nunca olvidar, para que nunca vuelvan a pasar. Es duro, pero aquí tienen a una persona que no ha visto a su padre desde hace cinco años, y no ha hablado con él desde hace 10. Alguna vez (incluso profesores míos) me han dicho que debería dedicarme a la enseñanza. Estoy demasiado en contra del sistema educativo como para formar parte de él. Pero gracias a quien me dio la vida con sus espermatozoides, seré el mejor profesor para las personas más importantes que vendrán en mi vida: mis hijos. Tendré una gran ayuda en el difícil cometido: la mejor de las mujeres, Emanuela.

3.- Crisis laboral. Como he dicho, me estaba labrando una carrera en el cine. Todos los proyectos en los que trabajé, compartieron una cosa en común: la gente me quería mucho, porque yo era de los que hacían equipo, y de los que decía las cosas sin medias tintas. Y de los que me divertía, porque hacía lo que me gustaba. Me divierto ahora en mi trabajo, que es intelectualmente poco estimulante, imagínense cuando trabajaba en el cine. He conocido a grandes artistas por los que siento un gran respeto. Y he conocido a egocéntricos y a desequilibrados a partes iguales, que lo que les interesaba era llamar la atención a nivel individual, antes que que llamase la atención el trabajo colectivo. Curiosamente, en el citado corto VOICE OVER, fue donde más egos podía haber porque era un equipo de Champions League y donde más humildad y compañerismo respiré en el ambiente. Ese rodaje fue la mejor experiencia de mi vida, hasta el día de hoy, en el ámbito profesional.

Pero, desgraciadamente, las puertas para trabajar en el cine en Bilbao se me cerraron, y a su vez, por mi carácter intransigente, las cerré yo también. Paso a contar una historia lamentable, pero que desgraciadamente fue cierta y real. Cuando terminé la escuela de cine, en el verano de 2010, una etapa clave para empezar a solidificar una carrera, un compañero, del que había sido habitual ayudante de dirección, me propuso trabajar en tres proyectos que se rodarían de manera seguida en el venidero otoño. Uno de ellos, de gran envergadura, y que podía ayudarnos a hacernos un nombre. No me dijo nada más, porque yo me encontraba en Galicia de vacaciones, pasando el verano con mis amigos, y porque habíamos tenido una fuerte bronca días atrás por teléfono. Me dijo que si no cancelaba mis vacaciones y volvía pronto a Bilbao, me podía quedar fuera del proyecto. Le dije que no me importaba, pero que no me iba a ir de Galicia ni del lado de mis amigos por esos proyectos. Entonces él me dijo que estuviera tranquilo. Fue una manera de forzar mi vuelta que no le salió bien. Luego me enteré, cuando ya volví a Bilbao un mes después, de que el proyecto de envergadura al que se refería era realizar con una conocida televisión del ámbito estatal español, un remake serio de una serie que se había realizado en la escuela un par de años atrás, llamada Making off. Causó un gran revuelo entre los estudiantes de la escuela que habían trabajado en el proyecto, porque se sentían estafados al no poder participar muchos de ellos en el remake para la televisión de la misma.

Entonces, hubo una reunión en casa de uno de los estudiantes con los que mi compañero, que iba a ser el director, no iba a contar para el equipo (no asistí a esa reunión, porque, insisto, me encontraba en Galicia ajeno a todo ello), a la que asistieron los que se sentían estafados. Por lo que me contaron, hubo muchos insultos, mucha tensión y mucha hipocresía por parte de algunos también (que acusaban a este compañero mío de robo y estafa, cuando alguno cometió plagio mientras era estudiante). Mi compañero, me preguntó, si yo estaría dispuesto a participar en ese proyecto, o si tenía algún prejuicio ético con respecto a esas personas. Yo le dije que yo no debía nada a nadie, y que él me estaba proponiendo una oferta de trabajo, y que yo aceptaba. Igual que si me lo hubiera propuesto otro. El caso es que muchas de estas personas estafadas, me retiraron la palabra y me pusieron una cruz por ello. Poco tiempo después, esos estafados, que aún estaban en la escuela, hicieron una práctica rodada en el BEC de Barakaldo, en la que un amigo mío, Aritzeder Arregi, era el ayudante de dirección. Y Aritz me pidió que participara, como su asistente. Yo le dije que no era una buena idea, que había mucha gente que me odiaba, y que me gustaría que él me evitase el tener que pasar por eso. Porque Aritzeder se había portado muy bien conmigo siempre, éramos muy amigos, y además, me había conseguido gratis la cámara 7D con la que yo había iniciado a grabar un documental. Acostumbro a devolver los favores. Y Aritz me lo pidió y yo por una cuestión moral, acepté. Y ahí supe, que ese iba a ser mi último rodaje con esas personas, que tenían muchas posibilidades de acabar siendo el núcleo duro del cine vasco actual, como ha acabado sucediendo.

Tenía en mente que ese rodaje debía suponer el final de un ciclo. Me dije a mí mismo que debía presentarme allí delante de todos y demostrarles que yo no había cambiado. Yo era el mismo de siempre. Pocos meses antes, aquellas personas me llamaban EL PROFETA; ahora me esperaban como un ser maligno. Pero, me siento orgulloso, porque me dignifiqué. Llegué allí, di la cara, hice algunos chistes, puse sobre la mesa toda mi pasión profesional y me fui a casa.Y alguno, se mantuvo en su odio irracional hacia mi persona. Pero la mayoría me hablaron como si nada hubiera pasado. Porque no pasó nada. La respuesta de por qué me habían retirado la palabra, me la dio un miembro de aquel equipo al que admiro y al que tuve el valor de hacerle la gran pregunta: “Se te metió en el mismo saco que al otro (el que iba a ser el director de la serie), porque sois amigos”. A mí, esta gente me metió en un saco. Se atrevieron a juzgarme. Me declararon culpable, sin saber nada. De profeta, a defenestrado en un saco. Ahí, si ya tenía cerradas las puertas, me las cerré yo mismo. No puedo volver a trabajar con gente que me ha hecho eso. Que me ha juzgado por cosas que ha hecho otra persona. Lamentable. Así de sencillo. Y esta historia es así.

Así que, sin dinero, sin trabajo digno, sin esperanzas, sin nada. Cogí la maleta, y me fui el 12 de marzo de 2013. Y luego vendrían las lágrimas en el avión. Es duro dejar Euskal Herria. Es muy duro. Y más cuando no lo quieres. Y lo que ha venido después ya se contará. Igual el año que viene, si cumplo mi quinto año en Londres. Lo que ha venido luego ha sido muy grande. Y está siendo una experiencia vital impresionante. Y las miras, están claras. El objetivo es volver a casa. El lugar del que nunca debí salir, al menos no como lo hice.

Siempre digo que lo mejor que Londres me ha dado es esa sensación de invulnerabilidad. Me siento un gigante en la vida. A Londres vino una hormiga que se ha transformado en un tigre. Y el objetivo de volver a casa se llevará a cabo cuando esa invulnerabilidad que siento aquí, la pueda trasladar conmigo allí. Aún no estoy listo, pero estoy trabajando.

Y la vida, como decía mi adorado Marcelo Bielsa, no se debe medir por éxitos materiales, si no por conceptos morales y filosóficos. Quizá en mi vida no he conseguido materialmente lo que me propuse cuando era niño. Trabajar en el cine. En parte porque a día de hoy no me apetece. Se me quitó la ilusión. Pero moralmente, he conseguido un premio del que muy pocos pueden llegar a presumir. Encontrar a alguien que dé más importancia al amor que a lo material, que te mira todas las mañanas con idolatría por ser cómo eres, que te seguirá a cualquier rincón del mundo. Que califica dicotómicamente los días en buenos o malos en función de la cantidad de besos que me ha dado: Emanuela. Y de repente, todo cobra sentido. Las causas de por qué me fui. Y también las consecuencias del haberme ido…