Era septiembre de 1997. Tenía yo 11 años. Un mes después iba a cumplir los 12. Y comenzaba un nuevo curso escolar. Este curso iba a ser diferente al resto. Se había implementado unos meses atrás la ley de educación que daba inicio a la Educación Secundaria Obligatoria (ESO) y por lo tanto, muchos cambios iban a suceder en nuestras vidas.

El primero, que nos trasladaban de ikastola (colegio). Dejábamos la nuestra de toda la vida, la de Berango, para comenzar los estudios secundarios en el Instituto de Getxo III, en Aixerrota. El segundo, que  la pequeña familia de 8 personas que formábamos nuestra clase en Berango, quedaba dividida en diversas aulas en Getxo III, y anexionada a una mayor cantidad de alumnos.

Creo que la ESO fue un error. Porque para algunas personas de mi generación no fue fácil, y se perdieron un poco en el camino, cuando se juntaron con otras malas cabezas. Dejando a un lado valoraciones personales de esta índole, a mí sí que me costó adaptarme. No soy de los que me gustan dejar los sitios en los que estoy adaptado por obligación. Y el traslado al instituto, supuso un shock fuerte, en una época además en las que los adolescentes comienzan a experimentar con sustancias para mí repulsivas como el tabaco o el alcohol. También aspectos sexuales empiezan a florecer, y por lo tanto, creo que el instituto al comienzo supuso un trauma en mi persona, acostumbrado a un estilo de vida más ideal que real, más basado en imaginaciones que en tangibilidades, en sueños que en sustantividad. No me gustaba la realidad. El cine y la literatura han jugado un papel clave en mi vida infantil y adolescentil precisamente porque me evadían de la realidad.

Pero no todo fue un drama en esa época. Mi forma de ser, chocante por sus contradicciones, me lo impedía. Siempre he sido un pesimista optimista, un insociable sociable y un depresivo alegre. Es decir, todo lo que los idealistas somos. Porque el problema de los que damos importancia a unas ideas establecidas en nuestro cerebro mediante marcos cognitivos sorbidos desde que nacemos y que hacen que nos comportemos de manera más ideal que pragmática, somos así. Nunca dejaremos de confiar en que algo bueno llegará a pesar del sufrimiento que padece el mundo. El choque entre sueños y realidad es lo que marca nuestras vidas.

Y en ese contexto, como decía, aparecieron cosas buenas en mi vida. Mientras la pequeña familia de mis compañeros de Berango se disolvía, aparecían nuevos amigos a los que conocí en aquellas aulas nuevas e impuestas por el Estado. Uno de ellos, el protagonista de mi historia de hoy: Andoni Díliz. Andoni era un adolescente tremendamente extrovertido. Simpático, lenguaraz, inteligente y con una personalidad a prueba de bombas. Ese carácter estaba trabajado a fuerza. Había sufrido muchos reveses en la vida. Muchos problemas. Venía de unos padres separados (yo estaba sufriendo lo mismo en aquella época) y era sordo. Tenía aparatos auditivos en los oídos. Era el perfecto caldo de cultivo para las burlas de los niños. Tenía dos opciones: o ser retraído o aprovechar las limitaciones con las que la naturaleza le había provisto para agrandar su carisma y hacerse respetar. Eligió esto último. Apenas ya nadie se metía con él, porque había repartido palos y respuestas humillantes a partes iguales a quien osaba burlarlo. Los pocos que se atrevían, salían escaldados.

Qué patéticos me parecen ahora aquellos personajes matones del Instituto que se paseaban como los rebeldes porque suspendían todo y tenían atemorizados a los más débiles. Andoni Diliz era la antítesis de todos ellos. Nunca fue un rebelde, y nunca fue un débil. No era popular entre la masa, pero se hacía querer a raudales por los que, en libre asociación, decidimos juntarnos y ser sus amigos. Uno se junta con los que tienen una visión del mundo más o menos común, a pesar de las diferencias. Y nuestro grupo, con Andoni, prefería unos buenos análisis y unos comentarios sarcásticos inteligentes sobre el mundo, que andar a esconderse a fumar, por ejemplo. Nunca nos avergonzamos de no ser rebeldes, como Andoni nunca se avergonzó de ser sordo. Como él hace muchos chistes de las desgracias propias, me permitirá seguro hacer una broma con esta situación de su vida. Seguramente, el haber nacido con ese problema, le permitió hacer oídos sordos a los matones populistas y elegir el camino de la autoresponsabilidad y el autorrespeto.

Andoni es muy generoso. Siempre está, siempre estuvo y siempre estará para sus amigos.

Andoni es muy inteligente. Se las sabe hacer en su día a día y ya durante nuestros primeros meses compartiendo amistad, con apenas 12 años, competíamos entre nosotros para ver quién leía más libros, sobre todo si eran de Stephen King, que nos apasionaba. Llegaban los recreos, la gente salía al patio. Los matones amenazaban, los rebeldes se hacían los duros fumando a espaldas de los profesores y Andoni hablaba de Stephen King, de las sátiras políticas del Informal, de lo maravillosa que es la vida, de todo lo bueno que hay para disfrutar. No era un santo tampoco. El cabrón iba detrás de las chicas y les tocaba el culete y se iba corriendo. Pero sin maldad. También éramos adolescentes. Las hormonas disparadas.

Y crecimos juntos. Y llegamos a la Universidad. No nos veíamos, porque otra gente surgió en nuestras vidas, pero también por la distancia. Él se había marchado fuera a estudiar medioambientales a Gasteiz, y yo me había quedado en Bilbao a estudiar Política. Pero las amistades verdaderas nunca mueren y el último año de universidad dijimos basta y en un acuerdo no firmado, establecimos que tendríamos un día a la semana para reunirnos. Nosotros dos y algunos amigos más de Getxo III. Y así hasta el día que me marché a Londres y de manera obligatoria tuve que renunciar a aquel acuerdo. Pero el contacto permanente es carne de cañón en nuestras vidas. No nos vemos en persona, pero nos leemos; si no fuera poco el wattsap individual, compartimos dos grupos de conversación.

Y es así. Cuando intenté darles a él y a su actual esposa Irene la sorpresa de que yo me casaba, al final me la dieron ellos dos. Se casaban antes que yo. Y me llegó la invitación a la boda. No pude asistir desgraciadamente, porque me encontraba sumido en una cantidad de compromisos familiares que el vivir en el extranjero le cargan a uno como si fueran los intereses del banco. Para el día de su boda, el 6 de agosto pasado, Andoni ya estaba sufriendo de dolores en su pierna izquierda. Apenas le permitían caminar de manera normal. Un amigo común me dijo más tarde, “bailó el baile inaugural de la boda a duras penas, estaba cojo”. Y se fue de viaje de novios, con la ilusión de los recién casados. En meses venideros vendrían quizá hijos, familia etc. Pero allá en Tailandia, algo no iba bien. No podía caminar. Los médicos poco antes le habían diagnosticado una rotura de fibras. Pero cada paso en tierra asiática era una tortura. Y el día de vuelta a casa, la pierna se le inflamó.

Inmediatamente, marchó al hospital y allí le diagnosticaron el peor de los males. Tenía un cáncer al lado de la zona testicular. Y como hizo con los problemas que tuvo cuando nació, el cáncer no era más que un matón que intentaba burlarse de él. Andoni se tomó su enfermedad con una naturalidad que hizo que cuando lo visité en el hospital estuviéramos hablando de comernos nuestra siguiente hamburguesa juntos y hacer bromas sobre la vida. Publicó su diagnóstico en redes sociales como el que comparte un meme sobre Rajoy.

Y esa valentía, esa naturalidad, ese nervio, esa inteligencia y esa sabiduría y optimismo serán los que hagan que el cáncer se vaya de su cuerpo, humillado. Como los que se metían con su sordera. Andoni le dará una respuesta brillante a una burla cruel. El cáncer saldrá escaldado. Y cuando yo pueda volver a casa de mi exilio londinense para establecerme con mi futura mujer en mi tierra, volveremos a firmar un pacto no escrito para vernos una vez por semana y contarnos nuestras penas con alegría. Porque somos idealistas, y por lo tanto, llenos de contradicciones. Y nuestros hijos jugarán juntos en el parque. Y crecerán juntos.

E Irene, su mujer, qué ejemplo de mujer. Le vino un toro enfurecido en la vida dispuesta a atacar su felicidad conyugal y le ha cortado los cuernos con ese carácter fuerte, de mujer vasca. El cáncer ha elegido mal. No me gustaría haberme encontrado con semejantes rivales. El trayecto está siendo duro. Sigues en la lucha. Aún estamos para alcanzar la cima, pero no estamos en el primer campo base. Estamos arriba. Y sigue escalando, Andoni. Sigue. Demuestra por qué los euskaldunes tenemos fama de montañeros. Mendi tontorreraino, lagun. Ez zaude bakarrik. Y te queremos, amigo mío. Queremos ver cómo hollas esa cima. Lo conseguido hasta ahora, nos ha dejado sin palabras a más de uno. Sigue dejándonos mudos y acojonados con tu fuerza.

Aurrera!!!

1229985_10151647454833786_1753649058_n
Andoni, a la izquierda de la foto, junto al que esto escribe y un gran amigo, Iker.