Desde Inglaterra para Ignacio, Marcelo, Marisa y su familia y todos los amigos de la Argentina. ¡Qué gran pueblo! 

El 24 de marzo de 1976, Argentina sufría un golpe de Estado que derrocaría al gobierno de María Estela Martínez de Perón. Jorge Rafael Videla, inefable personaje, ocuparía el papel del Presidente del Gobierno de la República y comenzaba el llamado Proceso de Reorganización Nacional. Fueron años oscuros para Argentina. Fueron los años de tantos asesinatos políticos, del terrorismo de Estado, de los desaparecidos… Argentina callaba. Quien hablaba era castigado. Y comenzaban a ponerse en marcha los mecanismos inevitables que todo Gobierno pone en marcha para ser legitimado. Porque a los Gobiernos no sólo les vale la fuerza. Jamás existió un Gobierno que se legitimase sólo a través de los actos sangrientos. Comenzaba el lavado de cerebro de la población, los instrumentos de propaganda, el arraigo nacionalista exagerado… Y qué mejor que el fútbol para legitimar un Gobierno. Un deporte de capital importancia para el pueblo argentino, de vida o muerte.

Así, Argentina acogía en plena dictadura la organización del Mundial de fútbol de 1978. Y lo ganó. Como la Italia de Mussolini lo había hecho tiempo atrás. Mientras Argentina levantaba la Copa, el pueblo lloraba a sus desaparecidos. La ayuda mutua entre clases sociales iguales es más poderosa que ningún sentimiento nacionalista común. Lo demostró Joao Havelange, poderoso demócrata brasileño de la FIFA, que había ayudado a su amigo el dictador argentino Videla en su camino a la gloria. Democracia dictatorial o dictadura democrática. Algún día quiero creer que la humanidad verá la no diferencia entre ambas. En este oscuro mundial, sólo algunos como Johan Cruyff merecerán ser honrados, porque decidieron no participar. Argentina era campeón del mundo, pero quedaban muchas dudas. Los peruanos siempre serán sospechosos de lo que hicieron o se dejaron hacer en aquel Mundial, pero no culpables. La justicia fue creada por los injustos para legitimar sus injusticias y castigar a los justos.

Pero a todo régimen no apoyado por una mayoría y basada en el terror le debe llegar la hora de pagar. Y Argentina vivía una crisis enorme a principios de los 80. La inflación se disparaba, el hambre apretaba, los trabajos escaseaban. La dictadura, ya dirigida por Leopoldo Galtieri, necesitaba reactivarse de alguna forma. Necesitaba de un apoyo popular que desviase la atención de lo que estaba sucediendo en el país. Y la Junta decidió despertar el arraigo nacionalista de la población invadiendo las Islas Malvinas, en una operación que bien sabían que estaba perdida desde el inicio, pero que no detuvo las ganas de sacrificar población en aras de un apoyo para su causa. La humanidad de los bestias que dirigían el país se mostraba ausente. El 2 de abril llegaban las fuerzas argentinas a la isla. El 14 de junio llegaba la victoria definitiva de Reino Unido. Dos meses y medio. 649 argentinos perdían la vida. Muchos combatientes más se suicidarían en los meses posteriores debido a los traumas de la guerra y la falta de ayuda del Estado. “Lo puedo decir. La culpa de todo fue del Estado argentino y de los militares, que fueron unos hijos de puta”, recuerda un ex combatiente en el maravilloso documental sobre las Malvinas preparado por INFORME ROBINSON.

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Imagen de la guerra y la propaganda mentirosa de un Gobierno que se caía

Aquella derrota bélica sumió al país en una depresión total y en unas ganas terribles de venganza contra el pueblo británico. Se tardarían años en tener la posibilidad de hacerles pagar por tantos compañeros caídos. No se vislumbraba que la herida pudiera cerrarse pronto. Ni la provocada por las Malvinas ni la creada por la dictadura, que caería pocos meses después de la derrota en las islas, dando paso al Gobierno democrático liderado por Raúl Alfonsín.

Pero el 22 de junio de 1986 llegó la oportunidad de cerrar una herida. No hubo que esperar tanto como se temía. En la Copa del Mundo de ese año, la selección albiceleste, entrenada por el doctor Carlos Salvador Bilardo, y que bailaba el tango en el campo al son que marcaba Diego Maradona, se cruzaba con Inglaterra en el Estadio Azteca. En juego, el pase a semifinales. La derrota de 1966 por parte de Argentina con aquella esperpéntica expulsión de Rattín, también en la memoria. Mucho por cicatrizar.

Diego Armando Maradona había nacido en el barrio de Lanús, 26 años antes. En una familia pobre. Creció faltándole todo. Pero como tenía un balón, seguramente nunca le faltó de nada. En aquellos barrios humildes, descalzo, comenzaría a practicar las gambetas, los regates, se convertiría en el mejor de los potreros. Y aquel 22 de junio de 1986 se preparó para tomar la venganza del pueblo contra Inglaterra. Decidió que había que pasar a la historia. Como Johnny cogió su fusil, Maradona cogió el balón. Estaba en su apogeo. Había empezado a consumir cocaína, había comenzado a escribir el prólogo de su libro, titulado La autodestrucción. Como decía Eduardo Galeano, Maradona llevaba un peso encima que le daba dolor. Maradona cargaba con Maradona y esa carga era demasiado pesada. Maradona jugaba bien no por la cocaína, si no a pesar de ella.

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Y de la mano de su amigo Bilardo, saltó al campo del Estadio Azteca aquel día para pagar la factura de todo un pueblo. En la patria del Dios Sol, Maradona se convirtió en D10S. De ahí surgiría la Iglesia Maradoniana, un culto exagerado. Como todo lo que hacía Maradona. Aquel 22 de junio de 1986, se comandó a un equipo en el que estaban Nery Pumpido, Batista, Brown, Cucciufo, Ruggeri, Valdano, Giusti o los dos vascos, Burruchaga y Olarticoechea.

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Y comenzó el partido. Se sentía que no era un partido normal. Había mucho pasado. La agresividad comenzó a dejarse sentir. Patadas tremendas de Brown, de Batista, de Butcher o de Fenwick al propio Maradona. El partido se jugó a las 12 del mediodía, para que la retransmisión llegase en hora punta a Europa. Un sol de justicia, los aztecas y su dios agobiando desde el cielo a los 22 jugadores. 0-0 al descanso. La historia por escribirse.

Minuto 51. Maradona decide hacer trampa. En un balón dividido salta con Shilton y saca la mano. Era tan bueno con los pies Maradona que a lo mejor decidió que había que vivir la sensación de anotar con la mano. Un gol injusto. Una injusticia que hacía justicia a la injusticia de lo vivido cuatro años atrás. El pobre niño que fue Maradona castigaba a Inglaterra en nombre de todo un pueblo. Decía el gran Jorge Valdano en su libro Los once poderes del líder, cuando hablaba de la ética como medio para seducir a un grupo: “No soy inocente. La “mano de dios”, bautismo que le puso aún más ingenio a la colosal picardía de Maradona frente a Inglaterra, es un símbolo de los eufemismos que empleamos para disfrazar conductas difíciles de defender desde un plano ético. La definición fue tan genial como el gol porque no intentaba más que subrayar la justicia de la acción. Para un argentino, la regla violada no era más que un castigo que Inglaterra merecía, y por lo tanto, quedaba ampliamente justificada (…) La guerra de las Malvinas estaba aún fresca y el del fútbol era el territorio perfecto para compensar aquella humillación patria (…) Lo digo 25 años después y considerándome cómplice de aquel célebre acontecimiento, porque si no fui el primero, seguramente fui el segundo que llegó a abrazar a Maradona”.

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Quizá este gol venía a humillar a Inglaterra por sus pecados pagándole con su misma moneda. Sin ética. Pero Maradona quería humillar también a Inglaterra de la otra manera. La justa. Como queriendo decir: “Soy el mejor. Hice trampas porque lo merecieron. Pero ahora les voy a enseñar a ustedes que también los puedo humillar de la otra manera. La ética”. Y así, cinco minutos después de que su mano lo convirtiese en D10S, Maradona bajó a la tierra, cogió el balón con los pies e hizo esto:

Cuando arranco del centro del campo, veo infinidad de camisetas blancas. Pero sabía que no me podían parar. Porque iba como un tren. Y cuando quiebro a Shilton y disparo a gol, siento una patada terrible de Butcher en el tobillo que me lo dejó inflamado. Pero en ese momento, no sentía nada”, recuerda Maradona. Valdano cuenta: “En el vestuario después del partido, Maradona me dijo que había intentado hasta el último segundo encontrar una línea de pase para que pudiera llegarme a mí la pelota. Esto es una muestra de cómo funciona la cabeza de un genio”.

Antológico. La locura de Víctor Hugo Morales, no hacía sino expresar lo que aquel gol significaba. Era más que un gol. Era una pócima que certificaba la curación de tantas heridas. Tanto tiempo esperando el desquite. “¿De qué planeta viniste para dejar en el camino a tanto inglés?”. Lo que no se pudo conseguir en aquellas islas, ir dejando en el camino a los ingleses por parte de todo un ejército, lo había hecho un solo hombre llevando cosido a la bota un balón. Las lágrimas de Víctor Hugo no eran más que eso. Ayudado por la exaltación del momento. Lo que la política había quitado, Maradona lo había restituido. “Gracias Dios por el fútbol, por Maradona. Por estas lágrimas. Por este Argentina 2 Inglaterra 0”. Victoria, revancha, en un campo de fútbol. Un deporte de vida o muerte para un argentino y una invención proveniente de Inglaterra.

La historia se escribe en momentos concretos. Se tienen que dar factores varios para que unidos, convergidos, pasen a la posteridad. Sin las Malvinas, los goles de Maradona seguramente no tendrían la importancia que tienen hoy. Sin la narración de Víctor Hugo Morales, el segundo gol de Maradona no hubiera sido igual. Sin aquel 22 de junio de 1986, la historia de los Mundiales y del fútbol estaría un poco huérfana. Y sin política, seguramente tampoco habría fútbol. Como dijo Clausewitz: “La política es una continuación de la guerra por otros medios”. Yo creo que el fútbol es una continuación de la política por otros medios. Es una continuación de la continuación de la guerra. Y Argentina e Inglaterra continuaron su guerra de Malvinas aquel día en México, bajo un calor abrasador enviado desde el cielo por los aztecas y su Dios Sol.

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ENDIKA BREA BERASATEGUI 

Londres, 19 de febrero 2017.