MIA Y SEBASTIAN

EN ESTA CIUDAD SE VENERA TODO, PERO NO SE VALORA NADA.

SEBASTIAN (RYAN GOSLING)

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              Dejemos a un lado los Oscar a la hora de analizar La la land. Porque el hecho de que (probablemente) se vaya a llevar el premio en esta edición, puede impedirnos ser certeros a la hora de meter el bisturí en sus puntos fuertes (que los tiene) y también en sus puntos débiles (que también los tiene).

            Y es que el hecho de ser considerada por la Academia de Hollywood como la mejor película del año no debiera significar gran cosa a día de hoy. En los últimos años hemos asistido a la coronación o intento de coronación de películas-yoghurt, productos hechos al momento para gustar pero que se han caducado y han dejado un sabor amargo a los nuevos visionados posteriores a los que estos productos fílmicos se han expuesto: hablo de El paciente inglés; Shakespeare in love; Las horas; Cold Mountain; Chicago; Crash; El discurso del rey The artist, por ser rápidos.

            Por lo tanto, dejemos de lado los Oscar, porque lleva a equívocos y a reacciones virulentas sobre si un film es una obra maestra o una mediocridad, como si obligatoriamente debieran ser una de las dos cosas. Muchas veces, no son ni una cosa ni otra. Y en los Oscar, como en cualquier negocio de la vida, mandan los oscuros intereses de los poderosos. Desde hace 25 años más o menos, sabemos el poder de hacer y deshacer que tienen los hermanos Weinstein dentro de la Academia, la capacidad de convertir en estrellas momentáneas a películas, actores, actrices y directores, que el paso del tiempo coloca donde merecen. ¿Alguien recuerda que de 2001 a 2003 Nicole Kidman ganaba todos los premios habidos y por haber y que todo lo que hacía a la sombra de Weinstein era meritorio de una nominación? Lo mismo Rene Zellweger. ¿Dónde quedaron estas actrices? ¿Por dónde anda Jude Law? ¿Y qué me dicen de Gwyneth Paltrow o Joseph Fiennes? ¿Ha despegado la carrera de Jean Dujardin por algún lado?

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             Precisamente, en Hollywood y en Los Angeles se sitúa la historia de La la land. La pasión por lo que uno persigue en la vida, la pasión por lo que nos gusta hacer es lo que mueve nuestras existencias. Es lo que Damien Chazelle defiende con su film. El amor, puede quedar en un segundo plano. Arte y amor son incompatibles. Por eso, alcanzado el estrellato soñaremos con lo que el amor pudo ser y no fue. En secreto, nos seguiremos amando mutuamente, basta una melodía al piano que inició nuestra historia para sacar a relucir todos los sentimientos. Basta una última mirada mutua, tan distinta a la primera, basta un gesto de complicidad para evitar decir en alta voz “te quiero”. Porque en un mundo donde cada vez hay menos espacios sociales para encontrarse, los sueños profesionales están por encima del cariño, de la persona amada. En la época de Facebook, se deben sacrificar las caricias, la intimidad y la comprensión del ser amado por la veneración momentánea de los desconocidos, que nos invitan a capuccinos por ser estrellas del cine.

              Esto es Hollywood. La soleada California. Donde todos los días sale el sol. Donde los colores alegres camuflan la amargura de la vida. Donde los protagonistas visten de rojo pasión, azul mar, amarillo, verde, naranja o blanco en función de su ánimo. Donde las luces de neón rojo (color asociado también al amor) se entremezclan con el púrpura del atardecer angelino. Y entre tanto color que convierte cada plano en una tarta nupcial, hay números musicales como el del inicio, en donde una cantidad innumerable de aspirantes a artistas están atascados con sus coches, sin poder caminar hacia adelante en sus vidas. Pero a pesar de ello, no se pierde el optimismo, el ritmo a golpe de baile, porque es otro día soleado. Otro día de luz y de esperanzas. Y quién sabe, el sueño americano… Uno no sabe si los colores tan vivos usados como paleta visual no son contraproducentes y contrarios a la historia si no de tristeza sí de amargura que Chazelle nos quiere contar. Es como si los homenajes a Jacques Demy o al Coppola de Corazonada estuvieran por encima de la narración y del uso del lenguaje cinematográfico elegido para relatarnos la historia.

          Del atasco vital ya nombrado intentarán salir Mia y Sebastian. La aspirante a actriz Mia es Emma Stone. ¡Qué buena actriz es Emma! Incluso cuando interpreta en La la land escenas de cásting, a uno le entran ganas de contratarla y de decirle a esos directores lo ciegos que están. De lo mejor del film. Sebastian, el pianista de jazz, toma los rasgos físicos de Ryan Gosling. Leía al crítico Quim Casas hace poco decir que Gosling siempre tiene la misma cara, da igual el papel que haga, siempre interpreta a Ryan Gosling. Y seguramente tenga razón. Pero en este film, su rostro es tremendamente eficaz. Esos ojos caídos y tristes muestran primero el fracaso de una vida miserable; luego la resignación de no hacer lo que a uno le apasiona para vivir holgadamente; y por último, ya conseguido el éxito profesional, la tristeza por no poder compaginarlo con una vida de amor junto al ser amado. Leí que la química entre los actores es muy buena, pero creo que Emma gana la partida a Ryan de calle.

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           El problema principal del film a mi parecer radica en los constantes homenajes al cine que Chazelle introduce, demostrando que es un cinéfilo empedernido, pero que impiden el avance de la narración de manera fluida. Pareciese por ejemplo que Chazelle quisiese ambientar la historia en los años 50 con iPhones, por el simple hecho de que los 50 fue la época dorada del musical. A lo ya dicho de la paleta de colores, que poca justificación más se le puede encontrar que la del simple homenaje, hay que añadirle la aparición de los inevitables elementos artificiales (esos matte paintings de fondo, esos decorados falsos al final…) Y es que si hay un género cinematográfico artificial ese es el musical. Pero aquí, los elementos artificiales aparecen de nuevo de manera forzada, porque en ningún momento parece que esta sea una película mágica. De repente, Mia y Sebastian vuelan a las estrellas, cuando nada de esa intangibilidad vió anteriormente. Es como si fuese una necesidad de honrar a Busby Berkeley lo que nos lleva a ello. Francis Ford Coppola realizó esto magistralmente en Corazonada porque toda la estructura del film llevaba a eso, a un homenaje al género. La historia en sí era el homenaje.

       ¿Y qué decir de los secundarios? También desaprovechados y faltos de garra. Aparecen y desaparecen frenéticamente, les falta vaselina para introducirse suavemente, sin hacer daño, sin la sensación de ser pegotes. ¿Por qué Ryan Gosling decide de repente formar parte de la banda de John Legend con esa precipitación, si no es para hacernos ver que hay que hacer lo que nos gusta? Una subtrama a la que le falta consistencia, suavidad, reflexión.

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            Como también le falta pausa, reflexión, amor, a la historia de amor principal. Y cuando a la historia de amor le falta amor, al final sucede que cuando en el clímax del film Chazelle trata de emocionarnos no nos emocionamos, porque no hemos asistido a una profunda intimidad por parte de Mia y Sebastian en su relación. No hemos visto el dolor cuando ambos se separan. Y por lo tanto, si ellos no sufren, ¿cómo me voy a emocionar yo porque no acaban juntos? Sobran momentos de baile y le falta a esa historia de amor, precisamente la pasión que sienten por sus carreras.

            Con los números musicales sucede lo de siempre: algunos uno no se cansaría de ver y otros los eliminaría si estuviera en su mano. Pero a Justin Hurwitz lo que es de Justin Hurwitz: consigue que algunas melodías permanezcan pegadizas en la memoria. Y Chazelle filma los números musicales con energía, usando planos secuencias en las que la cámara se mueve y parece bailar al son de los actores.

            La la land es una película agradable de ver. Que trascienda y se convierta en un clásico inmortal al estilo de Doctor Zhivago o de su admirada Casablanca, el tiempo dirá. Sobre todo, tiempo se necesita, reposo como el buen vino, para degustar su sabor, para comprender si lo que se hizo se hizo por pasión o para gustar a todo el mundo. El tiempo dirá si La la land permanece en la memoria o se caducará como un yoghurt, hija de su tiempo únicamente. Yo, de apostar, apostaría todos mis chines por esto último. Pero nunca se sabe.