Berangotarra, vizcaíno, vasco, español, europeo, ciudadano del mundo. Demasiadas nacionalidades para una única identidad individual: la mía. Todas esas nacionalidades son, en la mayoría de los casos, impuestas por agentes externos y yo, como individuo libre y autogestionario, tengo derecho a reducirlas al mínimo y elegir entre tantas. Soy vizcaíno y vasco, sí. Sin embargo, nulo arraigo siento hacia España y hacia Europa. Y muchas dudas me confiere el peso que conlleva el definirse como ciudadano del mundo.

Queda, pues, por definir la cuestión de “berangotarra”. Berangotarra es el gentilicio de Berango. Berango es un pueblo que, actualmente, consta de 7.000 habitantes, uno arriba uno abajo. El crecimiento de populación en los últimos 25 años ha sido de un 20% aproximadamente. En el censo de 1991, la populación de Berango, situado en la comarca de Uribe Kosta, era de 4.091 habitantes.

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¿Es, pues, berangotarra, parte de mi identidad? Sin querer renegar del pueblo en el que crecí, sí que debo decir que los lazos sentimentales que pueda experimentar hacia Bizkaia y Euskal Herria se debilitan si hablamos de Berango. El sentimiento de desarraigo y de desencantamiento hacia con el pueblo ha ido en aumento a lo largo de mi vida. Y la raíz del por qué cabe encontrarlo en la propia identidad del pueblo.

Puedo ya confirmar para mis adentros que a medida que Berango perdía su identidad como pueblo a lo largo de los años, paralelamente crecía mi desarraigo hacia el mismo. Berango siempre ha sido una cosa. Ahora es otra. O peor aún: no se sabe lo que es o no es nada.

¿Qué ha pasado para que esto sea así? Como bien exponía el gran escritor James Carroll, existe lo que él llama “teoría de las convergencias”, en la que el escritor americano teoriza conque la historia, a pesar de parecernos en primera instancia una sucesión de hechos inconexos entre sí, es un continuum espacio-temporal en el cual diversos sucesos se empujan unos a otros, influyendo en el devenir de los acontecimientos.

Berango ha sufrido durante los últimos 30 años su propia convergencia de acontecimientos que le han llevado a una situación paupérrima, a convertirse en un pueblo dividido, en un pueblo muerto y en una especie de pequeña ciudad-dormitorio de pequeños burgueses. Los acontecimientos seguramente comienzan a converger desde los años 80, con José Antonio Landa (PNV) en el poder. De ahí, una ruptura dentro de la izquierda abertzale. Y posteriormente, la hija de Landa, Anabel, que llega al poder, y continúa las políticas de su padre. Tres hechos que parecen inconexos a primera vista, convergen para, unidos, encontrar las causas de la crucifixión y muerte de un pequeño pueblo rural. Cito a estas dos fuerzas políticas solamente, y no al resto, porque son la mayoría política en el pueblo y la que más influencia tuvo a lo largo de estos años.

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Berango ha perdido su identidad. Y cuando un ente pierde su identidad, lo pierde todo. Queda un vacío. Muerte. ¿Qué sucede después de la muerte? Quizá observar a Berango sea una muestra empírica a esta cuestión de aquí a unos años. Somos lo que somos debido a nuestros recuerdos. A traves de ellos, adquirimos una personalidad que puede ir variando levemente a lo largo de la vida, a medida que se van experimentando nuevas vivencias. Esas vivencias se convierten en recuerdos. Los recuerdos son “las acciones que pasan por segunda vez, pero en esta ocasión, en nuestra memoria”. Y seguimos evolucionando nuestra personalidad a través de recuerdos. Berango ha perdido sus recuerdos. Ha dejado de ser lo que fue. Y no para bien, precisamente. Muchos lo llamarán progreso. Pero no puede ser progreso, cuando no se mejora la calidad de vida. No hay progreso posible cuando se pierde la identidad. No hay progreso, ni siquiera material, cuando la gestión de gobierno de Berango arrastraba a fecha de 31 de diciembre de 2014 más de dos millones de euros de deuda. Comparado con otros pueblos de Uribe Kosta, como Barrika, Urduliz o Sopelana que tienen deuda cero, la gestión económica del Ayuntamiento de Berango se antoja abominable. Aberrante. Una monstruosidad.

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Berango ha sido, históricamente, un pueblo campesino. Verde, arraigado a las tradiciones. Todo el mundo se conocía. Ahora, difícil es encontrarse, en según qué zonas, con conocidos. A pesar del crecimiento demográfico antes citado, los comercios de Berango sobreviven a duras penas con la clientela de siempre. Donde antes abundaban campas verdes y parques quedan escombros (y peor pudo ser, si se hubiese construido en Lantzarte, en una maniobra tramposa del PNV, que intentó acelerar la venta, impedida por IU y posteriormente, ya legalizado, por Bildu). Ahora se levantan casas semilujosas, acaparando muchísimo terreno de lo que fueron huertas trabajadas por nuestros antepasados. Casas innecesariamente gigantes.

Todos hemos contribuido a la aniquilación de Berango. Los que llegaron nuevos, porque no se integraron. O no les interesaba. Los que somos de toda la vida, porque estábamos más preocupados en disputas entre personas que piensan igual, sólo que de diferente manera. Las nuevas generaciones no ayudamos a solventar viejos conflictos. Los enquistamos aún más con nuestro orgullo. Con la revancha de ser el hijo de tal o el sobrino de cual. Y de eso, se aprovecharon los listos. El último eslabón de la convergencia. La hija del padre y su séquito. De George Bush a George Bush y cerramos el círculo.

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Una de las mayores abominaciones de Berango han sido sus proyectos de urbanismo, que beneficiaron a muy pocos, pero se llevaron adelante en nombre del bienestar de la mayoría. Los pocos que se beneficiaron, son los que gobiernan, y a los que la población, en un empeño de mendrugos, sigue eligiendo. Al menos es en lo que los que gobiernan y han llevado a cabo esta lamentable gestión, se escudan. Se escudan en estar legitimados para matar al pueblo por la mayoría. Pero, en un ayuntamiento, que es el sistema de gobierno más descentralizado que existe actualmente en España, yo me pregunto: ¿qué es una mayoría? El PNV, en las elecciones municipales de 2015 consiguió 1229 votos, un 37,19% de los votos. Pero contando la población de Berango, incluidos niños, que serán los que sufrirán la devastación del pueblo en el futuro, los votos conseguidos por el PNV suman un 17,5% del total de la población. Yo no creo en las mayorías. Al menos, en el sistema representativo. Yo, como anarquista o libertario convencido, digo NO. Porque yo no quiero dejar mi voz en manos de nadie. Soy una persona adulta, responsable, con inquietudes. Quiero que cuando una proposición sea realizada para el pueblo, decidirla yo por mí mismo como parte del pueblo. No que hagan y deshagan 20 personas reunidas en comité, en función de disciplina de partidos, esto es, intereses sectarios.

La gestión del pueblo de Berango por parte de su gobierno es lamentable, vergonzosa, una abominación. Difícilmente se pueda hacer peor. Ser más incompetente requeriría arduos ensayos durante prolongados períodos de tiempo. Crucificaron a un pueblo como a Jesucristo; el resto de nosotros nos dedicamos a cualquier cosa en ese tiempo menos a bajarlo de la cruz. Como los discípulos de Cristo, cada uno fuimos por nuestro lado, contando diferentes historias y predicando diferentes evangelios, hasta escribir una Biblia que muy bien sirve para dormir a los niños cuando se van a la cama con sus historias, pero que no se las cree nadie. Sólo los adeptos del Gobierno. Berango murió en la cruz ordenado por este Poncio Pilatos que tenemos por gobernante llamado PNV y los que lo apoyaron. A diferencia de Cristo, difícilmente resucitará. Las políticas sociales quedaron arrinconadas como un niño castigado a mirar contra la pared y sin decir nada porque el castigo será aún mayor. Un enfermo de Alzheimer pierde sus recuerdos, su pasado. Ya no sabe quién es. Adiós a su individualidad. Muerte con su identidad. Donde una vez fuimos, nunca más seremos.

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Berango tiene Alzheimer. Donde mi aitite y mis tíos plantaban tomates y hacían pastar a sus animales, donde tan rica leche y tan frescos y sabrosos productos se cultivaban, se levantarán McDonalds y Carrefours. En nombre del progreso y para mayor honra y gloria del retroceso. El verde esplendoroso que una vez bañaban las laderas de Agarremendi son cada vez más amarillas, por su esterilidad. O negras, por dudosos incendios accidentales.

Berango se consume en su terrible enfermedad. Mientras tanto, las células malignas de ésta, desde un rincón de su ayuntamiento, continúan su imparable avance hacia un desenlace fatal, mientras sonríen nadando en su opulencia. Alrededor, miramos impotentes. Y el desarraigo, crece.

Quo vadis, Berango?

                                                          ENDIKA BREA BERASATEGUI