“NO PUEDO GANARLE A APOLLO. NO SOY NADIE. ÉL ES EL CAMPEÓN. PERO HE PENSADO QUE SI ME ABRE LA CABEZA, NO ME IMPORTA. PORQUE SI CONSIGO AGUANTARLE  LOS 15 ASALTOS, SI CUANDO SUENE LA ÚLTIMA CAMPANA AÚN ME MANTENGO EN PIE, SABRÉ, POR PRIMERA VEZ EN MI VIDA, QUE NO HE SIDO SÓLO OTRO IDIOTA DEL MONTÓN.

En el post con el que inauguraba mi blog hablaba de un film que, en el momento de su estreno, provocó un inútil debate cuando, en la ceremonia de los Oscar de ese año, se alzó con la estatuilla a mejor película, lo que levantó polvareda entre muchos críticos del momento, que aseguraban que había robado el preciado premio a la que ellos consideraban mejor película del año: CIUDADANO KANE (CITIZEN KANE, 1941, Orson Welles). Ese film era ¡QUÉ VERDE ERA MI VALLE! (HOW GREEN WAS MY VALLEY!, 1941) dirigida por John Ford. A día de hoy hay pocos que consideran este último film inferior al de Welles, incluso hay quien lo considera superior (el que esto escribe se agrupa entre estos últimos). La cuestión es que entre dos grandes obras las comparaciones son innecesarias, ya que ambas son grandes películas, entre las cuales el gran público escogerá su favorita, dependiendo de las circunstancias de cada uno. Habrá quien se considere más racional que emocional y elegirá CIUDADANO KANE como mejor, y sin embargo habrá quien sea más sentimental y ¡QUÉ VERDE ERA MI VALLE! le suscitará mayores emociones.

Algo similar sucedió en el año 1976, cuando se estrenaron casi simultáneamente ROCKY y TAXI DRIVER, la primera dirigida por John G. Avildsen y la segunda por Martin Scorsese. En los premios Oscar de ese año ROCKY fue la favorita de la Academia de cine, alzándose con las doradas estatuillas en las categorías de mejor film y mejor director, lo que llevó a los críticos a poner el grito en el cielo, acusando a la Academia de haber birlado los premios para Scorsese y su inmortal obra.

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El que esto escribe es poco amigo de los premios, pues considero que es un cúmulo de intereses y que su inclinación por una u otra obra va a depender del contexto histórico del momento y también de alguna compra de votos por parte de algún sector poderoso para destacar una obra de producción propia (ahí tenemos a los hermanos Weinstein, que han hecho y desecho los Oscars a su antojo en los últimos 20 años). Los premios sirven para ensalzar momentáneamente una obra que puede ser posteriormente recordada o bien olvidada (en los últimos años hay films que no se analizarán precisamente en ninguna escuela de cine, SHAKESPEARE IN LOVE, CRASH, BROKEBACK MOUNTAIN, LAS HORAS y un largo etc. son ejemplo de films vacíos y con ganas de agradar por tocar temas de actualidad, pero que no soportan un segundo visionado, carentes de cualquier análisis serio y científico).

No oculto que soy un gran fan tanto de ROCKY como de TAXI DRIVER, y que veo el intento de hacer competir a ambas aún hoy, después de 40 años, por parte de la crítica, con cierto sarcasmo y socarronería, pues me parecen ambas obras estupendas y que se sitúan en las antípodas la una de la otra. Donde TAXI DRIVER es una crítica y una radiografía de la América violenta de los 70 (la de la América traumatizada por la Guerra de Vietnam, la América soñadora de nuevos aires de libertad con protestas ante la Casa Blanca, del flower power, del movimiento hippie, de las nuevas drogas, de las sectas satánicas…) ROCKY es, precisamente, todo lo contrario. Es una fábula del sueño americano, un ensalzamiento para esa clase trabajadora que, esforzándose y sabiendo aguantar, le llegará una oportunidad para triunfar en la vida y alcanzar sus sueños. Es una oda al siempre hay algo bueno esperando al final de la esquina.

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Rocky Balboa (inolvidable Sylvester Stallone) es un matón de segunda categoría que trabaja para un mafioso llamado Gazzo (Joe Spinell), haciendo trabajos de cobro de deudas, atemorizando a los pobres individuos que han tomado prestado dinero y aún no lo han devuelto. Rocky pelea como boxeador amateur en gimnasios, aunque no es respetado por nadie. Un día le llega la oportunidad de su vida de manera casual: el campeón del mundo de los pesos pesados, Apollo Creed, lo elige como sustituto del que iba a ser su rival el día de año nuevo de 1976, en el llamado combate del bicentenario, que ha caído lesionado. La sencilla razón que lleva a Apollo a elegir a Rocky como su contrincante nada tiene que ver con cuestiones de talento: Apollo ha decidido ser generoso y, ante la imposibilidad de encontrar un contrincante profesional que se pueda preparar físicamente para el combate en tan poco tiempo, dará una oportunidad a un boxeador local de Philadelphia, donde se celebrará el combate. El elegido es Rocky Balboa, porque a Apollo le llama la atención el mote por el que es conocido: El Potro Italiano. Rocky comienza a prepararse para el momento más importante de su vida con su entrenador Mickey (Burgess Meredith), mientras se enamora de Adrian (Talia Shire) y con el apoyo del gruñón hermano de ésta (Burt Young).

Considero que el punto fuerte de ROCKY es lo que tiene de película-viagra, esto es, la carga de positivismo moral y de fuerza que el film transmite al espectador. Ese mensaje de que, a pesar de que todo parezca gris y amargo en la vida (paleta visual apoyada en el film por la excelente fotografía de colores y tonos apagados y oscuros llevada a cabo por James Crabe), siempre nos llega la oportunidad que estábamos esperando.

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A pesar de que John G. Avildsen firma como director y es el encargado de mover la cámara, pocas dudas caben que el autor en la sombra de ROCKY es Sylvester Stallone, que escribió el guión basándose en el combate entre Mohammad Ali y Chuck Wepner (en el que éste último aguantó al campeón del mundo los 15 asaltos), realizando una parábola con su propia vida: Stallone era un aspirante a cineasta-actor que vivía en la miseria, y un día alguien se interesó por su guión.

La pelea de ROCKY en el film es doble: por un lado, debe enfrentarse físicamente a todo un mito, a un rival temible con nombre de Dios griego, Apollo Creed, campeón del mundo de los pesos pesados. Por otro lado, la pelea pugilística no es más que una metáfora y un simbolismo de la lucha interna del protagonista en su camino por conseguir el respeto de los que le rodean, y sobre todo, el respeto de sí mismo. Es la pelea por hacerse un hueco en la vida, por asociar el nombre de uno a una reputación positiva. Hay está el ejemplo de la maravillosa secuencia de Rocky acompañando a casa a la adolescente Marie, a la que le suelta un largo discurso sobre, precisamente, esto mismo y que acaba con un corte de mangas por parte de Marie, cansada de tanta palabrería.

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Los actores están todos ellos formidables, tanto que difícilmente en otro film se puede asociar tanto a sus intérpretes con los personajes que interpretan. Desde Sylvester Stallone, actor masacrado inmerecidamente por la crítica y al que el tiempo colocará donde se merece, hasta Talia Shire, hermana de Francis Ford Coppola e inolvidable en su papel de Connie Corleone en EL PADRINO, dando vida a la dulce, virginal y tímida Adrian, que irá poco a poco perdiendo esa cerrazón con Rocky, al tiempo que se transforma físicamente también (dejando atrás esas vestidos que la cubrían completamente, haciéndola parecer un adefesio, y esas gafas de montura retraída que escondían su auténtica belleza). Talia Shire se hace con el entrañable personaje de manera magistral. ¿Y qué decir de los actores que dan vida a los gruñones pero de buen corazón Mickey y Paulie (Burgess Meredith y Burt Young)? Ambos inolvidables en sus papeles. Uno como el exigente entrenador de Rocky, que le llevará por el camino correcto profesionalmente y el otro como un fracasado trabajador de una empresa de productos cárnicos, que se convertirá en el cuñado de Rocky. También destacable la imponente presencia física de Carl Weathers, perfecto para interpretar al rival de Rocky, Apollo.

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La música de Bill Conti es otro de los puntos fuertes del film, con esas equilibradas melodías entre temas nostálgicos, románticos, líricos y motivadores. La mítica escena del entrenamiento de Rocky con el inmortal tema GONNA FLY NOW se compensa con los temas más íntimos de los momentos con Adrian (I TAKE MY HEART AWAY) o el maravilloso tema final, THE FINAL BELL, momento que contiene condensado simbólicamente el tema del film, donde un magullado Rocky sigue en pie, haciendo frente a Apollo, sacando fuerzas de donde no las hay, y agarrándose a las cuerdas del ring para no caer, para aguantar en pie, y alzarse como el vencedor moral de la pelea. Cuando suene esa última campana y haya aguantado todos los golpes a todo un campeón, Rocky sabrá que, por fin, es alguien en la vida, para los que le rodean y sobre todo, para él mismo. El sueño americano, al fin, realizado.