“Italia sin Sicilia no grabaría ninguna imagen en el alma: aquí se encuentra la clave de todo”  GOETHE

Bajo del avión en el aeropuerto Falcone-Borsellino de Palermo, también conocido por los nativos con el nombre de Punta Raisi. Estamos a comienzos de agosto. Atrás he dejado la templada Londres, incluso en verano. Apenas salgo por la puerta, llega una ráfaga de lo que espera: un calor permanente, pegajoso, de los que te hacen sudar sin moverte. Es mi primera visita a Palermo, la tierra de mi compañera sentimental. Por delante tenemos más de dos semanas, en los que recorreremos la isla, usando la casa de mis padres políticos en Palermo como base de operaciones. Ellos, también nos acompañarán en el viaje, siendo para ellos la primera vez también que descubrirán muchos sitios de su tierra.

Dejando atrás Punta Raisi camino a Palermo, veo un muro iluminado en la lontananza de la montaña con la inscripción “MAFIA NO”, y en un tramo de la carretera un monumento recordartorio de Giovanni Falcone, en el punto preciso donde la Mafia hizo estallar su coche, asesinándolo a él, a su esposa Francesca Morvillo y sus tres escoltas. Mi familia muestra su repugnancia hacia esta organización y hacia el hecho de que su patria sea conocida sobre todo por este grupo que gobierna en la sombra la isla y todos sus recursos financieros y políticos. Les digo que tontos los hay en todos los lados, y que algo similar ocurre en Euskal Herria (mi patria) con ETA.

Comenzamos explorando Palermo. La capital. Durante las horas de sol más fuerte, exploramos el centro y sus alrededores. Por las tardes, vamos a la playa. Primera visita obligatoria debía ser el teatro Massimo, que se había convertido en un lugar casi mítico por las constantes referencias de mi futuro suegro hacia el edificio, ninguneando en comparaciones con el mismo a lugares como la Scala de Milan o cualquier sitio turístico de Londres. Mi suegro, Giuseppe, es un hombre de la tierra. Apegado a Palermo, el resto del mundo es secundario. Sabe apreciar lo que hay en la ciudad. El teatro se alza, efectivamente, majestuoso entre la via Ruggero Settimo y la vía Maqueda. Continuamos caminando y llegamos también a otros lugares que me he aprendido de memoria leyendo la guía de viaje antes de partir: el Palazzo dei Normandi o la Catedral. Intento, como buen cinéfilo, visitar el interior del Palacio Gangi Valguarnera, donde 50 años atrás, Luchino Visconti filmó los interiores de la monumental “El Gatopardo”, basado a su vez en la novela de uno de los más ilustres hijos de Sicilia: Giuseppe Tommasi di Lampedusa. Contacto por e-mail con el encargado del Palacio, pero me dice que las visitas no están permitidas, es propiedad privada. Primer revés serio. Me doy cuenta rápido de lo contradictorio de la ciudad: su belleza se mezcla con la suciedad. Suciedad del polvo, suciedad de basura agolpada en montañas en diferentes rincones de la ciudad. Cuestión de cultura. Los palermitanos tienden a dejar todo lo que consumen por el suelo, sin hacer uso de las papeleras, no hablemos ya de los contenedores de basura.

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La otra cara de Palermo: montañas de basura se apilan en diferentes puntos de la ciudad.

Durante nuestra estancia en Palermo comenzamos la visita a lugares en el extrarradio o dentro de la provincia. El primer sitio es Monreale y su majestuosa catedral, nada que envidiar a la de Canterbury. Allí nos encontramos con el cajero del Colle Verde, el supermercado vecino a la casa de mi familia política, y contemplo por primera vez el carácter abierto de los sicilianos: 10 minutos de charla poniéndole al día al cajero, interesado en la vida londinense de mi compañera.

Al volver de Monreale, hacemos una parada y entramos a ver la lúgubre cripta de los capuchinos, primer lugar que me impresiona de verdad. Un auténtico ensalzamiento necrológico, la otra cara de los pupi sicilianos; muchos cadáveres parecen muñecos tridimensionales de “El triunfo de la muerte”, de Brueghel el viejo.

Entre medias, quiero conocer la idiosincrasia de los sicilianos, y me esfuerzo en observar cada detalle de lo que veo. Así, conceptos como i pupi (muñecos títeres), i carretti (carros de colores alegres tirados por caballos) o la tarantella (baile y música tradicional) comienzan a penetrar en mi cabeza. A eso le sumo el examen psicológico de la forma de ser de los sicilianos que comienzo a llevar adelante de manera independiente: gritones, alegres (son del sur de un país latino), un poco subdesarrollados también en su forma de pensar ( all´antica como dirían ellos) y sobre todo, lo que más me llama la atención: el nulo respeto que tienen por las reglas de tráfico, convirtiendo cada trayecto en coche en una experiencia de supervivencia. A esto le sumo una de las mejores características de Sicilia: su comida. Mis familiares me ofrecen cada día un plato típico que debo probar antes de marcharme. Así, van cayendo sin poner demasiadas objeciones por mi parte, las deliciosas pasta al forno, la pasta con i tenerumi, le arancine, lo sfincione, la rosticceria mignon, il tonno típico, il pollo allo spiedo, gli spiedini di carne, il polpettone, il pane con le panelle e crocché o la pasta alla norma que van convirtiéndome en un aficionado a su gastronomía. No me gusta tanto la street food típica: il pane con la milza especialmente, demasiado fuerte para un paladar como el mío, que refuta platos como el cordero o el hígado. Pero es un mal menor. Para completar el análisis de ADN de esta gente acudo al mercato della Vucceria y al mercato de Ballaro’, donde asisto al espectáculo de gritos de los vendedores, y al maravilloso abordaje de olores que asalta la nariz de cualquier visitante: el del pescado fresco que se mezcla con el de las frutas y verduras y un cuadro pictórico de colores que se quedan grabados a fuego en la retina de todo aquel que lo experimenta: desde el verde de le zucchine hasta el rosso profondo de los pomodori di Corleone. De todos los lugares para conocer más detalladamente a los sicilianos, considero que los mercados callejeros son de visita obligada.

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El mercado della Vucceria, perfecto sitio para entender la idiosincrasia siciliana y, particularmente, la palermitana.

Visitamos la salina de Marsala y Trapani (este último leído Trápani y no Trapani es el apellido de mi compañera sentimental, aparte de la ciudad y asimismo una de las regiones de la isla). Es la primera vez que observo la extracción de sal en mi vida, y me impresiona los montones apilados en pequeñas montañas del preciado químico que da el mejor de los sabores a las comidas.

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Salina de Trapani y Marsala

De allí vamos al día siguiente a uno de los sitios estéticamente más bonitos para el turista: La Riserva dello Zingaro, en Scopello. Una reserva natural que ofrece al visitante tanto la posibilidad de hacer senderismo en montaña, como el acceso a varias calas de agua transparente y de color turquesa en las que refrescarse y descubrir una inmensa flora y fauna submarina en los preciosos fondales rocosos de la isla. Antes de llegar, vale la pena parar en el mirador y maravillarse con la vista desde lo alto de Castellamare del Golfo, patria de Salvatore Maranzano, entre otros mafiosos.

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Un paraje natural inigualable, donde se mezcla montaña y mar de agua cristalina: la Riserva dello Zingaro.

Cogemos el funicular y haciendo frente al miedo a las alturas llegamos a Erice, uno de los pueblos más bonitos, sin duda, de toda Sicilia. Sus calles de piedra, su castillo y sus vistas desde lo alto, dejan un recuerdo imborrable en todo aquel que lo visita. Como bien he leído en algún sitio de Internet, se la podría definir como un pueblo medieval en las nubes.

Así, dejamos la provincia de Trapani y tras una cena celebrando el 90 cumpleaños de mi abuela política, en la que asisto a una típica celebración familiar siciliana donde no falta el buen vino de producción local y un suculento número de platos (en torno a 8 más el postre), y un día de visita al costero y turístico pueblo de Cefalú, comienza a llover y decidimos que es un buen momento para ir al interior de la isla y hacer una visita a uno de los platos fuertes del viaje: Corleone. Mi familia política no entiende tanta excitación por mi parte con este paese di mafiosi como lo llaman ellos pero para un cinéfilo como yo, conocer la patria de Vito Andolini supone lo que viajar a Jerusalén para un cristiano. Nos embarcamos, pues, hacia Corleone. Allí encontramos un perro callejero (típicos de la isla también) que se convierte inesperadamente en nuestro guía, pues inconscientemente lo seguimos allá donde nos lleva. Un pueblo pequeño, de calles estrechas, donde prevalece el color amarillo: de las casas, de la tierra…Había que hacerlo y está hecho. En el trayecto vemos la Sicilia más rural, más montañosa. Menos desarrollada. Tierras de campesinos y de hombres que utilizan la ley del más fuerte. De aquí son Totó Riina y el Tío Bernardo Provenzano.

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Si algo caracteriza a Corleone, aparte de ser la cuna de innumerables mafiosos, es el color amarillo que tiñe sus edificios y su tierra.

Aprovechando un día entre semana posterior a la fiesta nacional italiana del Ferragosto, cogemos el barco y nos acercamos a la isla de Ústica, isla independiente que no pertenece ni a las Egadas ni a las Eolias. Llegamos al destino y observamos ya cómo la propia agua del puerto es transparente y de color turquesa, predominante en toda la isla. Recorremos en minibús (el único transporte público de la isla por carretera) hasta llegar a la primera cala, en donde comienzo una exploración subacuática de dos horas y media. Cantidad de peces de colores, arrecifes del fondo marino y medusas que nadan a ritmo de vals, se mezclan con el color turquesa del agua, en donde se puede observar el fondo marino a más de 30 metros de distancia, creando una sensación de no querer salir jamás del agua. Tras visitar y explorar dos calas más (una de ellas una piscina natural creada por conductos subterráneos naturales) cogemos el barco de vuelta a Palermo, tras pasar una intensa jornada en la isla de 12 horas.

Lo más duro y excitante del viaje está, empero, por llegar. El pasar tres días fuera de Palermo recorriendo el este y el sur de la isla. Cogemos el coche de mañana y tras dejar atrás Messina, desde donde se divisa la península italiana a través de Reggio Calabria, llegamos a nuestra primera parada: Taormina. Nos acompaña en esta mini gira un calor asfixiante, que golpea inclemente sobre nuestras cabezas. Taormina, con sus carreteras empinadas, nos ofrece un bellísimo mar y la primera imagen del Etna en la distancia, echando humo como es habitual. Una maravilla de la naturaleza. Para combatir el calor, decidimos después de comer retroceder un poquito y girar hacia el interior, hacia Le gole dell´Alcantara, un espejismo de agua dulce y fría que desciende directamente de la montaña y cuya belleza no queda más remedio que admirar. Los turistas se mezclan en este paraje con los practicantes de rafting. A continuación hacemos noche en Catania, preciosa ciudad con su símbolo, el elefante, presidiendo la plaza central de la ciudad. A la mañana, asistimos a uno de sus mercados más famosos: La Pescheria y también a su brillante universidad, que acoge a tantos estudiantes de Erasmus cada año.

Partimos hacia otro de los puntos más atractivos de la isla: Siracusa, donde Arquímedes encontró la solución al problema del volumen de los cuerpos y gritó Eureka! Pagamos por ver el maravilloso Teatro greco y el Parque Arqueológico Neapolis, cubiertos con un sombrero, pues el sol abrasa a esas horas de la mañana. Por la tarde visitamos la Isla de Ortigia, dentro de la ciudad, sobre la que mi compañera sentimental hizo su doctorado de historia medieval. El templo de Apolo nos recibe majestuoso y nos perdemos por sus estrechas calles en la que vemos una representación teatral de pupi y la preciosa judería, que nos transporta al medioevo.

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El teatro griego de Siracusa, una maravilla heredada de la antigüedad.

Llegamos a Noto, representante del barroco europeo en plenas fiestas del pueblo. Ya de noche, desafiamos al cansancio del viaje y del calor, asistiendo a un concierto en la plaza principal, tras una reparadora cena en un restaurante-carnicería, en la que la parte de la carnicería provee al instante de carne a la parte del restaurante. Se siente el jugoso sabor de la carne pura, lejos de empaquetados cárnicos de supermercado y de carne tratada artificialmente. Por la mañana, ya descansados, visitamos los encantos barrocos de la ciudad un poco más profundamente, antes de reemprender la carretera. Paramos en Modica, donde quiero comprar alguno de sus característicos chocolates para llevar en Navidad a casa en Berango. La dependienta de una chocolatería del pueblo nos hace probar amablemente muchas muestras de sabores diferentes: chocolate al café, chocolate picante, chocolate con vainilla… Al final me llevo de seis tipos diferentes. Llega la parte que menos me gusta de Sicilia: Comiso y Vittoria. Alejados de la costa, y habiéndolos visitado a pleno sol, sus parajes áridos similares a Almería me producen una sensación de sed que no me abandonará hasta media tarde, cuando llegamos a otra antigua ciudad griega: Agrigento. Al menos en el camino, vemos de pasada Donnafugata, otro destacado lugar de El Gatopardo, donde el príncipe de Salina posee su casa de verano.

Arrivamos a Agrigento a media tarde, cuando el sol ya no es tan agresivo. Y al fresco del atardecer visitamos su catedral y sus pequeñas y viejas calles. A lo lejos vemos el Valle de los templos, que nos espera al día siguiente, cuando despertemos por la mañana, con sus templos griegos conservados como testigos de más de 2.000 años de historia. Mirándolos en la distancia, me digo a mí mismo lo afortunados que son de vivir tanto, no por el miedo a la muerte, si no por el amor que siento por la historia y el limitado tiempo que poseemos para experimentarla. El valle no decepciona. Si cabe, deja una huella aún más grande de la esperada, a pesar de nuevo, del intenso calor que no nos da tregua.

Y dejamos Agrigento. Y cogemos de nuevo la directa camino a casa, a Palermo. La fatiga se siente. Se siente también el enriquecimiento de todo lo visto. De todo lo asimilado. De todo lo sentido. Como todo viaje, este también ha sido una experiencia sensorial y extrasensorial, que deja un poso de cambio interno en todo aquel que lo lleva a cabo. Como todo lugar del mundo, hemos descubierto mucho de Sicilia, pero no todo. Y eso es un ventaja para los que tenemos la oportunidad de volver siempre que queramos: la ventaja de repetir lo conocido y de experimentar lo aún desconocido.