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Las personas como mi padre nunca mueren; todos ellos están aún conmigo, tan reales en el recuerdo como lo fueron en su vida: amantes y amados para siempre. ¡Qué verde era entonces mi valle!

En alguna ocasión los premios cinematográficos producen debates, a mi entender completamente estériles, sobre cuál de las dos películas que compiten entre sí por alzarse con el premio a mejor film es mejor. Eso ocurrió con nuestra película protagonista de hoy, la maravillosa, sublime ¡Qué verde era mi valle! en el año 1941. En plena Segunda Guerra Mundial, compitió y derrotó en los Oscar a la mítica Ciudadano Kane, debut legendario de su autor, Orson Welles.

Quien diga que la segunda es peor que la primera, seguramente estará cometiendo un grave error comparativo. Pero quien diga lo contrario también lo estará, puesto que ¡Qué verde era mi valle! no será mejor que el film de Welles, pero desde luego este sensible film del maestro John Ford jamás de los jamases deberá ser considerado como el segundo de ninguna lista.

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¿Quién no ha vivido en algún momento en un valle tan verde como el que describe John Ford? Y no nos referimos a un lugar físico concreto, si no que más bien, alguien haya sido feliz en algún momento de su vida, rodeado de seres amados; quizás en alguna comida de navidad en familia, alguna rutina que se nos ha quedado impregnada en la memoria; algunas personas cercanas que ya no están con nosotros… Ese es el valle verde de Ford. Nuestra memoria. La idealización de un sitio, de unas personas, de un momento. Y de cómo recordando todo eso, vive en el presente con la misma fuerza con la que se dio en el pasado. Y que caigan las lágrimas, pues como decía Gustave Flaubert, todas las situaciones, incluso las peores, nos parecen a día de hoy maravillosas sólo porque se dieron en el pasado. ¡Qué verde era mi valle! se convierte así, quizás junto con Cinema Paradiso (Giuseppe Tornatore) y Cuenta conmigo (Rob Reiner), en la gran obra cinematográfica sobre la nostalgia; en la obra cumbre de la exaltación de los recuerdos de nuestra infancia, de aquella época de felicidad, de fantasías, de sueños, de inocencia que nunca volverá. La poesía de lo ya vivido y nunca muerto llevado a su grado supremo.

El valle verde de Ford está situado en un pequeño pueblo de Gales. Pero poco importa. Sabemos que es Irlanda, el pueblo de los padres del gran director americano. No puede ser otro lugar. El paraíso de Ford, toda esa ensoñación idealizada del cineasta, estaba en la tierra de sus progenitores. Algunos años después, John Ford, quizá un poco arrepentido de no haber podido ubicar la novela de Richard Llewelyn en la tierra del trébol y de los duendes, le rendiría un homenaje aún más majestuoso a aquella tierra, con El hombre tranquilo, donde la también irlandesa Maureen O´Hara repetía con el director que la había llevado a ese valle. Quizás también por eso, el inmortal pelo de color rojo irlandés de Maureen O´Hara lucía en su máximo esplendor en aquella, mientras se apagaba al blanco y negro de la fotografía de Arthur Miller en ¡Qué verde era mi valle!

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El valle verde de Ford está lleno de canciones tradicionales, de gente cantando a todas horas. Y es que Ford era un folklórico tradicionalista. Un conservador, si se quiere. Algunos incluso le califican de fascista. Esa defensa de la familia numerosa, de la madre que se encarga de las tareas del hogar y que es el corazón de la familia, del padre que es el cabeza de familia y el que se encarga de traer el sueldo a casa; esa defensa del patriarcado; el hombre que debe aprender a pelear a puñetazos para hacerse respetar; la religión, siempre presente… Demasiados puntos en común con la tradición conservadora, facha, sí. Y sin embargo, quien no llore de la emoción en diferentes momentos de este film, es que no es muy humano. Y si nos hace llorar como magdalenas, al recordar a nuestros seres, a nuestra tierra, ¿no será que estamos ante un humanista sensible? La condición humana, ¡cuántas contradicciones! Y es que no existe una persona que sea de una sola capa. Si excavamos en la personalidad de cualquier ser humano, encontraremos una complejidad que nos podría chocar en un principio. Y John Ford no era menos.

El valle verde de Ford está lleno de personajes etílicos. Lleno de buenas celebraciones por el más mínimo motivo en la casa de la familia. Esa casa de techos bajos y sombras negras, en las que tienen cabida todos los miembros de la comunidad. Una casa en la que las puertas no se cierran durante el día. Una casa en la que nunca falta la bebida ni la comida abundante.

El valle verde de Ford tiene jóvenes con ideas nuevas, con formas renovadas de ver la vida, a los que hay que dejar paso, aunque quizás no estemos del todo de acuerdo con ellos. Esta idea fordiana llevada a su máxima plenitud con El hombre que mató a Liberty Valance y que aquí viene representada en la figura del señor Gruffyd (Walter Pidgeon): ese émulo de Jesucristo, que durante el film hace caminar al niño protagonista gritándole “¡Camina Hew!” como hizo Jesús con Lázaro; ese cura que predica el comunismo como hizo Jesús con sus apóstoles; ese cura que se enfrenta a los diáconos como hizo Jesús con el Sanedrín y esos diáconos que acaban por expulsar del valle al señor Gruffyd como Jesús fue crucificado en vida. Pero no importa, pues el señor Gruffyd “resucitará” como Jesús y aún tendrá un último cometido: bajar a la mina con Hew a recuperar el cuerpo sin vida del padre de nuestro protagonista, el señor Morgan. Ese plano al final en el ascensor de la mina con Hew portando a su fallecido padre, protegidos por composición de plano por el señor Gruffyd, que adopta una posición muy similar a Jesús muerto en la cruz, y que nos muestra al Padre (el señor Morgan), al Hijo (Hew) y al Espíritu Santo (señor Gruffyd), alegoría espiritual final que da paso a la gran frase climática de la película: “Las personas como mi padre nunca mueren. Todos ellos están aún conmigo, tan reales en el recuerdo como lo fueron en su vida. Amantes y amados para siempre. ¡Qué verde era entonces mi valle!”

Un monumento al arte, una obra suprema, un film inigualable. Todo lo que se diga es poco. Pero ya basta de hablar de la película. Porque quiero cerrar los ojos y quiero recordar, yo también, qué verde era mi valle.

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Los cuasi-místicos planos finales, en los que los recuerdos del protagonista ensalzan aún más la idealización del pasado.