Hoy Donald Trump ha sido declarado culpable de 34 cargos. Es oficial: un tribunal del sistema le ha declarado un criminal. Como si hubiese hecho falta que un tribunal le declarase criminal para serlo.

Su reacción no se ha hecho esperar, y su reacción era la esperada: todo falso, una gran mentira, conspiración…

Porque seamos sinceros. No hace falta que un tribunal condene a Donald Trump para saber que es un criminal. Una persona que llega donde ha llegado éste excremento humano con una fregona Vileda como pelo y ese toque cutáneo patrocinado por Fanta Naranja como señas de identidad, es un criminal. Nadie llega a esas posiciones de poder sin tener las manos sucias. El nivel de suciedad de esas manos depende de lo que se pueda probar bajo los parámetros legales de un sistema igualmente cochino y marrano, que le ha convertido en lo que es y le ha llevado a estar donde está.

 

Un criminal que está a unas elecciones de convertirse de nuevo en el Presidente de un país y un estilo de vida que domina y controla a medio mundo. Es una situación desasosegante y consecuencia de un sistema político-económico-social moribundo que no se aguanta más. Habitualmente, cuando se desarrolla una crisis económica, esa crisis se genera (o se aprovecha, si queremos evitar la etiqueta de conspiranoico) para cambiar precisamente la economía. Se hace a través de un viejo pero eficaz truco que le sigue funcionando a la perfección a los que dominan las esferas del poder. Los pasos que se repiten en la Historia una y otra vez, y que la población se empeña en ignorar con un esfuerzo digno de mejor causa, son los que siguen: una crisis sucede (puede ser un desastre natural, un crack del Mercado de Valores, una «pandemia»…); le siguen situaciones que son tildadas de «dolorosas» por las clases dominantes en las que la población acepta recortarse libertades que en situaciones de no-crisis serían impensables. Le siguen decisiones y cambios en la esfera económica, en forma de recortes, privatizaciones o empobrecimiento de la población, que empero las sufren sólo las clases más desfavorecidas. No vaya a ser que el castigo Divino les suceda alguna vez a los que gobiernan.

En el caso de ese sistema moribundo al que hago referencia, que no es otro que el capitalismo, esos pasos los hemos vivido dos veces en primera persona en los últimos 15 años. Primero, la crisis económica del 2008. Segundo, la crisis sanitaria a nivel mundial.

La izquierda sistémica y la llamada «Nueva Izquierda» nacida a consecuencia de la primera crisis (Podemos, Movimento 5 Stelle, Syriza) ha estado demasiado preocupada por generar discursos revolucionarios que apenas merecen ser llamados «reformistas», pero en la práctica no han hecho absolutamente nada. El ejemplo más claro fue la amenaza de Syriza de sacar a Grecia de la UE, con el teatrillo de un referéndum popular apoyando esa salida de fondo, para acabar claudicando ante la Troika y sus macabros líderes.

 

Era lógico que ante el fracaso de esa Nueva Izquierda, el sistema generase otra criatura que se encargase de absorber el descontento de una población empobrecida, crispada y en pie de guerra. Esa criatura no ha sido otra que los movimientos de extrema derecha, ese cáncer que algunos adalides sistémicos de la libertad nos trataron de vender durante años como extinto, pero que ha estado alimentado y protegido por ese sistema que ha sido incapaz de detener la metástasis de ese ente tumoral por todos los países de Occidente (en lo que no es Occidente, ya estaba presente, aunque se haya disfrazado de Caperucita Roja y tenga la desfachatez de llamarse Estados Socialistas).

La mayor de esas células cancerígenas generadas por el capitalismo ha sido Donald Trump. Ese sistema le llevó en volandas a ser uno de los mayores especuladores de la Historia. Uno de esos siniestros personajes a los que los antisistema, cuando hablamos sobre los que verdaderamente mueven los hilos del poder, nos referimos con ese concepto abstracto que las mentes no excesivamente tendentes a pensar no aciertan a captar: «Ellos«. Los que antes manejaban los hilos en la sombra, pero que con la llegada de Trump a la Casa Blanca en 2016, dejaron incluso de esconderse entre bambalinas para llegar al Gobierno a cara descubierta. Los que, como definió un brillante anarquista como es Evaristo Páramos, viven en la vértice superior de la Pirámide.

El criminal de Donald Trump es uno de los que viven en ese vértice. Sólo un ingenuo o un ignorante es capaz de creer que no lo es. El problema es que los hay. Demasiados. Que le vitorean como si fuera un héroe y no representase los elementos más despreciables y vomitivos que desgraciadamente forman parte de la condición humana; que le apoyan como un gran líder, como si no fuese en realidad un peligro para la sociedad; que le admiran por ser un hombre hecho a sí mismo, como si la falta de escrúpulos necesaria para llegar a donde ha llegado fuese un ejemplo de decencia.

 

Vivimos en una sociedad enferma. Y lo es porque el sistema que lo sustenta es de un nivel de putrefacción que nos obliga a aceptar con naturalidad todo lo anterior. La alternativa que se nos viene es Joe Biden. Una persona demente, otro criminal sin juicio porque está del lado correcto de toda esta Historia; una desgracia humana, un oscuro personajillo que lleva siendo parte del problema más de medio siglo; una de esas aves de carroña que se han encargado durante las últimas décadas de expandir las maravillosas bondades del American way of life, ese estilo de vida empeñado en generar crisis para demostrar que lo público, lo comunal, no funciona; de que las grandes corporaciones existen para protegernos; de que el Estado, ese maligno sujeto, existe sólo para privatizar y entregar lo que es de todos a unos pocos; de que las guerras y los genocidios son actos de bondad llevados a cabo contra Belcebús de todo tipo; ese estilo de vida que genera Bin Ladens que luego se escapan de las manos; que genera Bin Ladens internos que se escapan de las manos, de los cuales Donald Trump es el clarísimo exponente.

Ese es el amigo Joe. Esa es la alternativa. Un zurullo marchito que el sistema que ha generado al monstruo de Trump, trata de vendernos como un moderado hombre destinado a liberarnos del mal. Un hombre que lidera en estos momentos un país capaz de decretar Estados de Alarma para obligar a la gente a permanecer en arresto domiciliario dos años porque lo aconseja un ente no Gubernamental, pero que es incapaz de prohibir la compra y el uso de armas en su territorio que asesinan a miles de sus ciudadanos al año sin ninguna otra razón que la «tradición»: ese dichoso término que proviene de la conquista de territorio, colonización del mismo y genocidio de las poblaciones nativas que lo habitaban, y la necesidad de mantener esas armas en casa para defenderse de posibles ataques y contraataques. Joe es un hombre que se presenta como un progre de toda la vida, que sigue los dictados de la ciencia, pero que se pasa esa misma ciencia por el forro de sus arrugados y antediluvianos testículos cuando la misma perversa organización detrás de los crímenes pandémicos (OMS) pide el final de los bombardeos en Gaza por motivos sanitarios. 

La alternativa a un criminal, que aún siendo condenado en un Tribunal puede llegar a gobernarnos a todos los que vivimos por estos lares Occidentales, es Joe Biden, un tipo al que hace 20 años nos hubiéramos referido en los mismos términos en los que nos referíamos a Bush (padre e hijo) o a Clinton (marido y mujer): enemigos de los que queremos vivir en un mundo mejor. 

Hay que admitirlo: el sistema se lo ha currado. Nos ha llevado a ese ring donde hay que elegir entre un viejo orden reaccionario que odiábamos, contra el que mucha gente se levantó en protestas históricas (Movimiento de los Derechos Civiles, Movimiento contra la Guerra de Vietnam, Movimiento AntiGlobalización etc), y el fascismo. 

 

¿Cómo hemos llegado a esta situación? Muy fácil. Durante gran parte del siglo XX hubo dos sistemas políticos dominantes que durante tres cuartos de siglo combatieron en una Guerra Fría que en algunos rincones del mundo fue bastante caliente. Cuando uno de esos sístemas murió de asfixia en 1991, el otro vió vía libre y se frotó las manos. Utilizó los años 90 para desfalcar y privatizar todo lo que pudo y más en Europa del Este; cuando sus soldados financieros conquistaron aquellos territorios, utilizaron la llegada del siglo XXI para continuar ese mismo proceso en Europa Occidental. Pero tuvieron un problema: aquí no estábamos acostumbrados ni a regímenes totalitarios ni a regímenes donde las privatizaciones estuviesen a la orden del día y donde los holdings financieros dominasen la Tierra. Eso conlleva, lógicamente, a tener que usar estrategias refinadas para llevar adelante tu plan económico: una crisis en la Bolsa primero, una pandemia después. Pero también conlleva empobrecimiento, descontento y por parte de los segmentos más afectados y activos políticamente, una resistencia. 

Así es como hemos llegado a esta situación. A través del descontento de la gente a la que han desposeído de todo. Así llegaron en Alemania al nazismo también hace casi un siglo. EEUU, la UE y sus pérfidos instrumentos (el FMI, BCE, CE y demás acrónimos de grupos terroristas) son culpables. Culpables por la codicia; por no querer dejar a la gente vivir dignamente; por no querer distribuir la riqueza de manera más equitativa; por preferir construir cohetes que nos permitan dominar el único espacio que queda sin colonizar aún, el espacio exterior, en lugar de salvar el planeta. 

El combate que nos espera entre Biden y Trump es un duelo entre villanos. Nos toca elegir si estamos del lado de Al Capone o del lado de Lucky Luciano. 

Es desasosegante, pero que nadie olvide que el ser humano es capaz de unirse y luchar; es capaz de hacer piña para exigir una vida donde impere la dignidad y la solidaridad. Esa unión, es cierto, es más fácil cuando se trata de unirse para luchar y destruir un enemigo común, que para construir algo. Pero por algún sitio hay que empezar. Y ese sitio está en esas elecciones que vienen en América, donde van a competir dos enemigos de la Humanidad. Hagan sus apuestas. Yo lo tengo claro: siempre, siempre, siempre, con los de abajo.