Posiblemente, Afganistán es la viva demostración de muchas cosas. Este país de Asia Central encarna de manera abrumadora todos los males del ser humano: el desconocimiento de lo que ocurre, la descarnada lucha por el poder de diferentes facciones, el sufrimiento de miles y miles de inocentes civiles que poco o nada tienen que ver con lo que pasa a su alrededor y, sobre todo, la insensibilidad de los países supuestamente más desarrollados para con el pueblo afgano.

Reconozco que yo mismo sabía más bien poco sobre Afganistán. Mis conocimientos estaban básicamente ligados a la guerra de los años 80 que tuvo lugar en el país, con la URSS involucrada en ella; y a la llegada al poder de los talibanes, siendo también el territorio en el que supuestamente se escondía de un mundo que clamaba por su sangre, Osama Bin Laden. Poco más sabía. Conocía algunos conceptos básicos relacionados con el mundo árabe-musulmán como Jihad, Al-Qaeda o Mujahidin, los cuales tendía a relacionar con este y otros países del Golfo Pérsico. En Londres, conocí a un afgano, hijo de un político del Estado asiático, que compartía piso con mi compañera sentimental, y el cual hizo que me interesara más profundamente por la situación política de su país.

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Era y es, hasta el momento, el único ciudadano de Afganistán que he conocido en mi vida. Esta persona es culta, tremendamente educada y con una visión del mundo que comparto totalmente. Lo primero que me dijo fue: “Nosotros, los afganos, rápidamente somos unidos a conceptos como guerra, fanáticos, salvajes, terroristas…” Le dije que algo parecido sucedía con los vascos, de donde yo provengo y también, con la mafia y Sicilia de donde mi compañera sentimental procede. Lo primero que supe a través de él era que la lengua que él hablaba era el persa y que nada tenía que ver con Persia, el antiguo Estado de lo que hoy es Irán. Me dijo que la otra lengua oficial de Afganistán era el pushto, la cual pertenece a la tribu mayoritaria del país, los Pushtos o pushtuns, que a su vez se dividen en otras subtribus.

Guardé todo esto en mi cabeza, y algunos meses después encontré un maravilloso libro llamado FUNDAMENTALISM REBORN: AFGHANISTAN AND THE TALIBAN, escrito por varios autores, y que está ordenado por artículos. Tras leerlo, decidí investigar más y más sobre este Estado del que poco se sabe en Occidente, del que poco nos importa además, y del que deberíamos tomar ejemplo como muestra de lo abominable y execrable de las luchas por el poder y de ese ente absolutamente malvado llamado Estado. En este artículo, me centraré sobre todo, en la llegada al poder de los talibanes en 1996 y hasta el 2001, con referencias a épocas anteriores y posteriores, por supuesto. Pero he elegido esta etapa porque creo que representa a la perfección los mecanismos estatales de lucha por el poder; representa ,además, una manipulación de la Historia contada a través de los mecanismos de poder occidentales a sus ciudadanos; y representa el desconocimiento de lo que se está hablando. Yo mismo reconozco que simplificaba hace unos años a los Mujahidines como un ente único que fue financiado por EEUU durante la guerra contra la URSS y que luego se convirtieron en Talibanes. Lo reconozco. Hoy, empero, soy consciente de que la realidad afgana es muchísimo más compleja que todo eso; que los Talibanes fueron fundados por antiguos Mujahidines, pero que no todos los Mujahidines son Talibanes y a la inversa. La realidad afgana es una compleja red de lazos tribales, de grupos divididos en latitudes diferentes y jefes que luchan por imponer su dinastía por regiones. A esto hay que añadir los miles de afganos nacidos y criados en el exilio pakistaní, y por supuesto, los intereses económicos y más, que el resto de Estados y potencias regionales tienen en el país y que tanto ha hecho sufrir al inocente pueblo afgano.

A toda esta complejidad, intentaré ponerle un orden, no sólo para los que me lean, si no, por supuesto, para, mediante la letra escrita, adquirir yo también más conocimientos sobre este apasionante tema.

Creo que para llegar a la meta de lo que quiero, es decir, mostrar Afganistán como ejemplo de la malignidad de las luchas por el poder entre facciones ansiosas por su trozo del pastel, habría que comenzar hablando desde el momento en el que, precisamente, Afganistán se convirtió en un Estado territorial unificado, en 1747 bajo el liderazgo de Ahmad Shah Durrani, cuyo gobierno duró hasta 1772. Sin embargo, este líder no pudo evitar el sentimiento de desarraigo que sufrían los habitantes, más centrados en los lazos tribales que les unían que en un verdadero sentimiento nacional afgano. Ya en 1880 y con la ayuda del Imperio Británico, Abdul Rahman Khan estableció una dinastía bastante duradera para lo que ha sido Afganistán. Khan consolidó el Estado afgano, a un alto precio en vidas humanas. Tras su muerte en 1901, su hijo Habibullah tomó el poder, el cual era ideológicamente mucho más moderado que su padre, por lo que todo el temor que éste se había ganado del pueblo afgano se fue disipando, y cuando su hijo, Amanullah, llegó a gobernar, y quiso modernizar el Estado mediante altas tasas cobradas al pueblo, uno de sus generales, Habibullah Ghazi, dio un golpe de Estado y se hizo con el poder, durante muy pocos meses, pues este no pertenecía a la etnia Pushto, que había sido la que había gobernado Afganistán desde el principio. El General Nadir Khan estableció entonces una monarquía con él como rey, hasta que fue asesinado en 1933. Su hijo Zahir gobernó hasta 1973, momento en el que su primo Mohammad Daoud montó un golpe de Estado, que obligó a Zahir a exiliarse. Daoud proclamó la República, fundó su partido político Partido Revolucionario Nacional, con el que gobernó 6 años de manera autoritaria, y finalmente, fue detenido y ejecutado tras unas revueltas populares. Su ministro del Interior Abdul Qadir tomó el cargo de Presidente de la República, hasta que el Consejo Revolucionario decidió que había llegado el momento de establecer un Gobierno de tinte comunista en el país, apoyado por la Unión Soviética. Los primeros ministros hasta entonces, Fazizullah Amin y Nur Mohammad Taraki tomaron el poder, pero éste último (mucho más cercano a los postulados de la URSS) fue asesinado por el primero en aras del poder absoluto, y la URSS decidió entonces intervenir y entrar con sus tropas en Afganistán, dando paso a una guerra civil, en la que Amin fue depuesto, Babrak Karmal fue nombrado presidente títere, y surgieron los grupos Mujahidines (señores de la guerra) como elementos de resistencia contra los comunistas, apoyados y financiados por Estados Unidos. Afganistán se convirtió en el Vietnam de la URSS, desangrando al gigante comunista hasta su desaparición en 1991, momento en el que el doctor Najibullah ya había sustituido a Karmal como presidente comunista de Afganistán.

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Hasta aquí, una breve contextualización histórica de la evolución afgana. Es precisamente tras la caída de la URSS, donde comenzaremos a analizar la fundación de los talibanes; quiénes son; qué pasó para que se formaran; y las consecuencias que han tenido en Afganistán.

Tras la desaparición del país soviético, Najibullah siguió gobernando durante algunos meses más. Sin embargo, la guerra civil que había provocado en el país la entrada de la URSS y de EEUU en otra de sus batallas durante la Guerra Fría, había sembrado la semilla del extremismo y del vacío de poder y del constante estado de guerra en el que se sumergería Afganistán en los años venideros.

Así, diferentes jefes mujahidines que habían combatido a la URSS dominaban amplios territorios divididos por puntos cardinales y por etnias.

Encontramos así, a la etnia Tajik, establecida sobre todo en el Norte y en el nordeste de Afganistán, cuyo partido más importante es el Jamiat-e Islami, cuyo líder Burhanuddin Rabbani, sería nombrado Presidente del país en 1992. Su mano derecha era el mujahidin Ahmad Shah Massoud, que controlaba el Valle del Panjsher y que moriría en un atentado perpetrado por los Talibanes el 9 de septiembre de 2001, es decir, dos días antes del famoso ataque al World Trade Centre. También formaba parte de esta facción Ismail Khan, que dominaba la región de Herat. Esta facción Tajik era partidaria de establecer un Estado fundamentalista Islámico, pero mucho más moderado que el que pretendía la facción Pushta del Mujahidin Gulbuddin Hekmatyar, de carácter extremista, y que desde el principio fue apoyado por los servicios secretos pakistaníes del ISI como su favorito para defender los intereses estratégicos pakistaníes en Afganistán. Hekmatyar era el líder del partido político Hezb-e Islami.

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Ahmad Shah Massoud
Rabbani assassinated in bomb attack - Kabul
Burhanuddin Rabbani, elegido presidente de Afganistán en 1992.

Con ayuda inicial de Arabia Saudí, se encontraba la facción Ittehad-e Islami, dirigida por Abdul-Rab Al Rasul Sayyaf, centrado en expandir su anti-iraniana rama islámica Wahhabi. Y por último estaba la facción Wahdat, liderada por Abdul Ali Mazari y que predicaban el Islam chiíta minoritario, apoyados por Irán, país que desde el principio, y precisamente por abrazar la heterodoxia chiíta, fue un encarnizado enemigo de los Talibanes, los cuales consideraban a esta facción como “no creyentes”.

Todas estas facciones enfrentadas, se reunieron para intentar establecer la paz en Afganistán tras más de una década de luchas, y así en 1992 se firmaron los llamados Acuerdos de Peshawar, mediante los cuales se establecía que habría un Gobierno multirepresentativo transicional de tres meses con Mojadiddi como Presidente, y otro acto seguido que duraría 18 meses con el Tajik Burhanuddin Rabbani como Presidente y su mano derecha Ahmad Shah Massoud como Ministro de Defensa. Pero las diferencias no tardaron en surgir. Hekmatyar quería que el Primer Ministro (de su misma ideología Pushta), Abdul Farid, no estuviera al servicio del Presidente y, en claro signo de reto, quería además que el Ministro de Defensa, su archienemigo Massoud, estuviera supeditado al Primer Ministro. Los acuerdos pronto cayeron en saco roto: el gobierno transicional de Rabbani no fue tal, ya que se convirtió en permanente, y permaneció en el poder como legítimo gobierno afgano para la Comunidad Internacional. Hekmatyar, con la ayuda de los servicios secretos pakistaníes (ISI), enseguida comenzó a lanzar bombardeos de artillería y morteros sobre Kabul, matando a más de 200 civiles en meses venideros. El objetivo de Gulbuddin Hekmatyar estaba claro:

1.-Quería convertir al Gobierno de Rabbani en un gobierno sin capacidad de patronazgo y sin apoyo del pueblo de Kabul.

2.-Pretendía que el Gobierno no afianzase y consolidase un poder central en sus manos y que Afganistán quedase dividido en feudos.

3.-Y ansiaba, por último, convertir Kabul en zona peligrosa para la Comunidad Internacional y evitar así ayuda externa al Gobierno de Rabbani.

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Gulbuddin Hekmatyar

Por lo tanto, la situación post-Guerra Fría y post-guerra civil era tanto o más inestable que en años anteriores. Los suníes afganos, mayoría, eran incapaces de ponerse de acuerdo entre sus facciones. Entre los chiíes existía poca comunicación interna y entre ambas ramas de la religión islámica, las posibilidades de entendimiento en semejante contexto resultaban imposibles.

El Gobierno afgano se consolidó en manos de Rabbani y Massoud, mientras Hekmatyar se presentaba como el enemigo más peligroso para la estabilidad del país. Sin embargo, Hekmatyar fracasó en su intento de tomar y dominar Kabul y Pakistán, su mayor aliado, comenzó a cansarse de no ver mayores resultados.

Es en este momento, donde surge otra facción: los Talibanes. Además de la situación que hemos explicado en líneas anteriores, para encontrar las causas de la creación del movimiento Talibán, tenemos que viajar, de nuevo, a Pakistán, país muy ligado al movimiento. Y es que Pakistán siempre había tenido intereses estratégicos en Afganistán. Y la caída de la URSS y la creación de los nuevos Estados de Asia Central (Kazakhstán, Uzbekistán, Tajikistán, Turkmenistán y Kirgizistán) había aumentado esos intereses, pues Pakistán soñaba con crear un gaseoducto a través de Afganistán, que transportase el gas de estos nuevos territorios independientes, para que, a su vez, el gas fuese vendido al mundo a través de Pakistán y no de Irán, su eterno enemigo. Pero no sólo tenía Pakistán estos intereses materiales. También de otro tipo. Y es que dentro de Pakistán, y muy especialmente, en las regiones de Baluchistán y en la Provincia de la Frontera Noroeste, existe una importante minoría étnica Pushta, que soñaba con unificarse con la de Afganistán en una gran Pushtunistán y para lo cual, necesitaba romper los problemas de frontera existentes. Esa fue otra razón que llevó al Estado pakistaní a apoyar a la nueva facción.

Pero, ¿cómo fue fundado el movimiento Talibán? Ya hemos dicho que por algunos Mujahidines, pero no por los Mujahidines. Así encontramos que dentro del movimiento Talibán hay procedencias muy diversas, que pueden chocar al que no había estado informado:

-Los fundadores del movimiento Talibán fueron, efectivamente, Mujahidines que lucharon contra los invasores soviéticos durante la guerra. Casi todos estos mujahidines eran afiliados del partido pushtun Harakat-e Enquelab-e Islami. Entre estos fundadores encontramos a Mohammad Abbas, Mohammad Rabbani o el famoso Mohammad Omar, luego más conocido como el Mulá (líder) Omar.

-Encontramos también dentro de los Talibanes a antiguos miembros del Partido Comunista de Afganistán, concretamente aquellos que formaron parte de la facción Khalq.

-A su vez, miembros de la hermandad “Pai Luch”, con sede en Kandahar, protagonistas de protestas y disturbios de índole antimodernistas ya allá por 1959.

-Miembros de la etnia Pushta, que se aprovechan del talibanismo para cometer fechorías, como la de Qizilabad, donde decenas de civiles fueron asesinados indiscriminadamente, entre ellos, mujeres y niños.

-Encontramos también a personal de Pakistán y Arabia Saudí, que proporcionan armas y entrenamiento a nuevos reclutas y fanáticos que se unen al movimiento.

Realizada esta lista, se verá más claro que los Talibanes no son antiguos mujahidines, si no sólo mujahidines de una facción, y que además encontramos militantes provenientes incluso de ideologías comunistas. Es necesario e importantísimo, diría yo, señalar que el movimiento Talibán hunde sus raíces en la guerra civil afgana durante la invasión de la URSS y en sus posteriores consecuencias. Y es que muchos jóvenes con nacionalidad afgana nacieron en esta época en Pakistán, mientras sus padres se encontraban exiliados por la guerra. Sin ese sentimiento de pertenencia por Pakistán, muchos decidieron cursar estudios en las llamadas madrasas islámicas de Baluchistán, donde se implantó en sus mentes una lectura radical, integrista y fundamentalista de la religión de Mahoma. Fue de estas madrasas, de donde el movimiento se proveyó mayoritariamente de su personal.

Esta es, por ejemplo, una de las diferencias de los Talibanes con el mujahidin Ahmad Shah Massoud. Massoud nunca visitó ni vivió en Pakistán y era partidario de una independencia total del país con respecto a países como Pakistán o Arabia Saudí, y por lo que los Talibanes lo pondrían en su punto de mira desde el principio; acabarían con su vida dos días antes de los atentados al World Trade Centre.

Pakistán abandonó su apoyo a Hekmatyar e hizo campaña prácticamente desde el principio para mostrar a los Talibanes como la mejor opción. Con ellos en el poder, los intereses estratégicos de EEUU también estarían protegidos en la zona y, así, compañías como UNOCAL (EEUU) y Delta Oil (Arabia Saudí) tendrían facilidades para construir un gasoducto que uniese Uzbekistán y Tajikistán con Pakistán a través de Afganistán, mediante jugosos contratos económicos. En un primer momento, EEUU se negaba a condenar atentados Talibanes contra mujeres y contra los derechos humanos, y así, por ejemplo, la Subsecretaria de Estado americana en aquella época, Robin Raphel se entrevistó repetidas veces con la facción integrista.

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UNOCAL, compañía muy interesada en un gobierno Talibán.

Uno de los puntos fuertes para entender por qué los Talibanes tuvieron éxito en sus conquistas territoriales, hasta hacerse con el control de Kabul, hay que encontrarlo en las buenas relaciones y los contactos que tenían con diversas facciones del Estado pakistaní. Así como Hekmatyar contaba sobre todo con la ayuda del ISI, los Talibanes recurrían a unos o a otros en función de lo que les interesaba. Así, si no podían conseguir ayuda del ISI, acudían al partido Jamiat-e Ulema-i Islam (partido pakistaní muy cercano a los Talibanes) y si no, al gobierno regional de Baluchistán.

Con el partido Jamiat-e Ulema-i Islam es, como hemos dicho, con quien los Talibanes tenían una conexión mayor. Este partido defendía una interpretación estricta del Corán y tenía mucha influencia entre la etnia Pushta de los Durrani, del sureste de Afganistán (que deseaban la restauración de la monarquía de Zahir Khan). Asimismo, los seguidores de Jamiat-e Ulema-i Islam son seguidores de la tradición Deobandi, una rama extremista musulmana que, por ejemplo, predica la prohibición de la mujer a la hora de ocupar puestos políticos. Los talibanes bebieron de estas fuentes y las llevaron, incluso, más allá, ya que no sólo sacaron a las mujeres de posiciones gubernamentales, si no también de puestos educativos.

Me gustaría también detenerme en otro punto que considero importante a la hora de hablar de los Talibanes.Y es su presunto fanatismo. No dudo de que los jóvenes salidos de las madrasas están dispuestos a dar su vida por la causa. Pero es, asimismo, cierto que el movimiento Talibán ha pecado de hipocresía en demasiadas ocasiones y que no son más que otra facción con ansias de poder para establecer e imponer al resto una visión concreta del mundo. Datos recientes muestran que a pesar de la prohibición espresa que la ley Islámica hace del consumo de drogas o alcohol, los Talibanes no tuvieron ningún problema a la hora de recibir dinero para su financiación por parte de la mafia establecida en Quetta y Chaman, a través de ventas de contrabando de bienes y productos varios, entre ellos, alcohol (las cifras son de cientos de miles de dólares). Esta mafia subvencionó a los Talibanes para tomar ciudades y abrir, de esta manera, carreteras que pudiesen facilitar transportes de contrabando hacia países de Asia Central. Por ejemplo, empujaron, sin éxito, a los Talibanes a tomar el control de Herat, en manos de Ismail Khan, para poder abrir una ruta hacia Turkmenistán.

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El Mulá Omar, uno de los fundadores del movimiento Talibán

Tampoco tuvieron problema los Talibanes en reunirse en su avance hacia Kabul en 1995, con las dos facciones que en ese momento se encontraban en conflicto: las fuerzas gubernamentales dirigidas por Massoud y la facción chiíta Wahdat, a pesar de que a estos últimos no tuvieron reparos en llamarlos “no creyentes”. El susodicho encuentro no era más que un intento de negociación por parte de los Talibanes para llevarse una parte del pastel del poder, sin importarles el dejar un rastro de sangre por detrás.

Al Qaeda también financió a los Talibanes en su lucha por hacerse con Kabul. Osama Bin Laden aprovechó bien estos contactos para incrementar su poder dentro del país y controlar a su antojo a unas marionetas que nunca fueron reconocidos por la Comunidad Internacional, pero que difícilmente serán olvidados por el miserable e inocente pueblo de Afganistán.

Hoy Afganistán camina sin rumbo firme. Los atentados del 11-S sirvieron para que EEUU tras no hacer caso durante años a los problemas en la región, entrase a sangre y fuego y convirtiese a los Talibanes en un grupo clandestino, sin ningún control del país. Empero, las consecuencias de las luchas por el poder entre facciones de diversa índole sigue hundiendo en las tinieblas del terror a un pueblo, que como cualquier otro, merece menos represión, menos sangre, y más bienestar. Menos Estado, menos facciones, y más prosperidad. Los años venideros nos dirán hacia donde se dirige la pobre Afganistán, aquella que va unida a los terroristas, a la guerra, a salvajes y a fanáticos.