Llegados a la capital de España, qué mejor para empezar por Madrid que hacer el Free Walking Tour en el que una guía te lleva por los highlights turísticos de la ciudad. Puntos centrales, la Gran Vía y la Puerta del Sol. De ahí pasamos al Palacio de Oriente, descubriendo uno de los detalles más chocantes de la capital: su Catedral de la Almudena fue consagrada a finales del siglo XX, concretamente en 1993. Pasamos por Madrid poco después de las celebraciones de San Isidro, y aún pudimos ver los trajes típicos y algún bailoteo por sus calles.

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Para los amantes de la gastronomía, recomendación personal: Bar Pez Tortilla, en plena zona de Malasaña. El bar está abierto todo el día pero la cocina abre a partir de las 19.00 horas. Es recomendable estar antes de esa hora porque se llena hasta arriba y es difícil entrar luego. La carta es corta: sólo sirven tortillas y croquetas. ¡Pero qué tortillas y qué croquetas! Necesario probarlas todas porque no tienen desperdicio. Si se tiene que volver más de una vez, más de una vez serán felices.

F1595A36-BF4D-485C-9EC9-43EBA56A5409                                               Tres tipos de tortilla del Pez Tortilla

La Plaza Mayor de Madrid ofrece también buenos lugares para degustar otro de los platos típicos de la capital: el bocadillo de Calamares. Recomendación personal para ello: Magerit, regentado por el buen amigo Alberto Nogueira.

El plato estrella es, evidentemente, el Cocido Madrileño, pero como realizamos el viaje a finales de Mayo, ya con un sol que empezaba a quemar, decidimos dejarlo para mejor ocasión.

Las fuentes futboleras de Neptuno y Cibeles, separadas por unos cientos de metros, llevan hacia la Puerta de Alcalá, y de allí al Parque del Retiro, donde con el buen clima característico de la ciudad, vale la pena llevarse algo y comer sentados en sus jardines. Después de un buen reposo, pasamos la tarde en el Museo del Prado, y de allí dimos una vuelta por los alrededores del Congreso de los Diputados.

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ON THE ROAD

Tres días en Madrid nos sirven de preámbulo a 8 días de viaje en carretera por la melancólica Castilla la Vieja. Nuestra primera parada, tras atravesar la Sierra de Guadarrama, es la bella Segovia. Impresiona la primera aparición del Acueducto, rodeado por pájaros y aves que vuelan a su sombra libremente. El casco antiguo de la ciudad es impresionante, todo ello Patrimonio de la Humanidad y que termina con el Alcázar. En sus calles medievales nos llevamos un souvenir especial: una paleta de lomo ibérico que zamparemos cuando volvamos a Londres. Sabedores de que los restaurantes de la ciudad serán extremadamente caros por su ubicación geográfica y con cierto aire “artificial”, decidimos poner en práctica un truco para encontrar algo más genuino donde poder degustar el cochinillo típico: preguntar a algún nativo de la ciudad algún lugar en las afueras donde haya una buena tasca o una buena taberna.

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Así es como una pareja de Segovia nos recomienda acercarnos a Torrecaballeros, a unos 18 km. de la capital, y sentarnos en el Mesón Camilo. Allí experimentamos uno de esos escasos momentos de la vida en los que uno es feliz: por 18 euros, uno puede degustar el Menú Castellano: Judiones para empezar, medio cochinillo con patatas y un arroz con leche que tira de espaldas. Ello, regado con un buen Rioja. Por si esto fuera poco, el trato en el Mesón es impresionante, y nos hacen probar gratuitamente un poco de Picadillo de chorizo, ya que la matanza ha tenido lugar hace poco tiempo, y nos invitan a unos chupitos digestivos de avellana para recuperarse. Recomiendo fervientemente el Mesón Camilo de Torrecaballeros.

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De allí, con el estómago lleno y la sonrisa en la boca, nos dirigimos a la siguiente parada del tour: Medina del Campo. El encantador centro de la ciudad da paso a su impresionante castillo, el que más impresión me ha causado de entre todos los que he tenido la oportunidad de visitar. Por dentro y por fuera, la sensación de ser un sujeto minúsculo en comparación con el entorno se agranda.

E1AEEB35-D9BA-4F19-8D8B-4B46933D85B8                                                        Medina del Campo

Llegamos a Valladolid, donde hacemos noche. Tenemos la tarde y la noche para visitar Pucela y vale muchísimo la pena pasear a orillas del Pisuerga y cruzar el Puente de Isabel la Católica al atardecer. De la Plaza Mayor caminamos hasta las dos catedrales de la ciudad, prácticamente pegadas la una de la otra: la vieja de Santa María la Antigua y la moderna de Nuestra Señora de la Asunción. Allí a la luz de la luna, nos tomamos el último café en una de las innumerables terrazas que rodean a los dos monumentos. La ciudad rezuma de ambiente juvenil en pleno mes de mayo. Se siente que es ciudad universitaria.

Por la mañana, bien temprano, arrancamos hacia Simancas. Allí se encuentra el Archivo General, el más antiguo archivo de la Corona de Castilla y Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO. Cuando estuvimos allí el acceso al museo, lleno de cartas originales de los reyes medievales del territorio y documentos administrativos, era gratis. Bien vale la pena acercarse.

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En Simancas nos aconteció, además, una de las anécdotas que más nos marcó de este viaje. Sentados en la plaza del pueblo, desayunando una ensaimada, se nos acercó un anciano del lugar. Preguntándonos de dónde éramos, le respondí que originariamente de Euskadi y mi mujer y familia política, italianos. Sentí un temor cuando aquel hombre mayor empezó una conversación política con nosotros: creía que podía ser un hombre tendente a la derecha más reaccionaria, por decirlo de alguna manera. Pero resultó que era al contrario: un hermano suyo había luchado en el bando republicano durante la guerra y atacó duramente al Estado originario de mi familia política por su apoyo al fascismo durante la Guerra. Acto seguido, nos preguntó si sabíamos quién era el poeta Miguel Hernández y nos recitó su poema “El Último Rincón”, mientras comenzó a llorar desconsolado. Mi mujer le acompañó en el llanto emocionada y aquel hombre se despidió y se perdió en el pueblo. Yo no lloré… pero el recuerdo de aquel hombre palpitó ininterrupidamente durante el resto del viaje en mi cabeza y llegados a Salamanca días después, descubrí la Librería Plaza Nueva Universitaria; allí, no pude impedir el comprarme una antología de poemas de Miguel Hernández. La leí, meses después, ya en Londres.

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De Simancas, pasamos a Tordesillas. Otro lugar histórico donde España y Portugal se repartieron las zonas de navegación del Océano Atlántico y de conquista de América. Allí se encuentra el palacio donde se firmó el acuerdo entre los Reyes Católicos y Juan II de Portugal, ahora considerado bien de interés nacional.

DSC00849                                                  Iglesia románica a la entrada de Urueña

Por las carreteras secundarias de Castilla y con esa sensación de libertad que no ofrecen las ciudades, llegamos a la maravillosa Urueña, uno de los puntos fuertes del viaje. Con apenas 300 habitantes, el pueblo se nos aparece majestuoso en lo alto de una colina. Una bellísima Iglesia Románica situada a unos 600 metros de la localidad nos da la bienvenida. Por las calles desiertas de Urueña, y bajo un sol abrasador, recorremos su muralla medieval maravillados con el pueblo y su entorno. En esta Villa del Libro, el clímax es un mirador donde descansar de tanto sol y vislumbrar los afamados Campos de Castilla desde una panorámica de lujo, en un silencio sólo roto por los pensamientos de uno mismo.

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Después de tanta belleza, volvemos a Pucela a hacer noche. Por la mañana, temprano, partimos hacia el norte, donde nuestro viaje convergerá con el Camino de Santiago. Las etapas más evocadoras y nostálgicas para quien esto escribe están por llegar. Pero eso es una historia para otro momento.