En la noche del 17 de junio de 1972, cinco hombres que luego serían conocidos como “Los fontaneros”, penetraron ilegalmente en las oficinas que el Partido Demócrata tenía alquiladas en el edificio Watergate, en Washington D.C. Lo que pareció en un primer instante un asalto de tercera categoría sin importancia, se fue enturbiando poco a poco cuando las investigaciones realizadas durante el proceso mostraron que el allanamiento se había financiado con dinero sacado del  Comité para la Reelección del Presidente (CRP), organización que se encargaba de la campaña electoral de Richard Nixon, que se jugaba la reelección ante su contrincante George McGovern. El proceso condujo primero al despido y después al encarcelamiento de muchos de los ayudantes más cercanos al presidente estadounidense, como Bob Haldeman, John Erlichman, John Dean o John Mitchell y, finalmente, a la dimisión de Richard Nixon como presidente de la nación el 9 de agosto de 1974. El escándalo del Watergate fue sólo la punta del iceberg, pues llevó al descubrimiento  de toda una trama de espionaje a escala nacional dirigida desde la Casa Blanca contra todo aquel que no pensase como el Comandante en Jefe de la nación.

Estados Unidos encaraba internacionalmente un rechazo casi unánime hacia su política exterior por parte de prácticamente todos los países del mundo. Sus brutales bombardeos y aniquilamientos de la población civil en la Guerra de Vietnam (con la masacre de My Lai en el punto de mira), los bombardeos secretos de Camboya y los cada vez más soldados estadounidenses que retornaban en féretros o mutilados, habían hecho estallar las protestas también en casa, con multitudinarias manifestaciones a favor de la paz y la oposición Demócrata que afilaba las uñas tanto en el Senado como en el Congreso.

Los casos de desapariciones crecían mientras muchos hijos de familias acomodadas huían de sus hogares para enlistarse en nuevas sectas como el Hare Krishna, la Iglesia de la Unificación del Reverendo Moon o el Ejército Simbiótico de Liberación.

La desconfianza por parte de la población civil para con su gobierno no hacía sino crecer de manera exacerbada y la inflación producida por la crisis del petróleo de 1973 no hizo sino aumentar un descontento que provocaba una crisis moral terrible en la sociedad estadounidense de la época. Parecía que todo se derrumbaba. El golpe de Estado financiado por la CIA en Chile para derrocar a Allende hizo pensar a más de uno que el Ejército daría un golpe de Estado en Washington aprovechando el contexto. Esa no era la América que muchos conocían.

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LOS DEMONIOS INTERNOS DE LA SOCIEDAD AMERICANA

Y en todo este caos, surgió El Exorcista, película dirigida por William Friedkin y que se basaba en la novela homónima de William Peter Blatty, publicada dos años atrás, en 1971.

Linda Blair daría vida a la niña Regan; Ellen Burstyn sería su madre, Chris; Jason Miller se encargaría del rol del cura-psiquiatra Damien Karras; el legendario actor sueco y divo de Ingmar Bergman Max Von Sydow sería el inolvidable Padre Merrin; y para finalizar el gran Lee J. Cobb, se haría con el papel del detective de homicidios Kinderman, que se encarga de investigar la misteriosa muerte del director de cine Dennings.

No cabe duda que El Exorcista es una película de fe, literalmente. Regan es una representación de esa sociedad estadounidense enferma, poseída de demonios internos, que se descompone y deshumaniza a ritmo vertiginoso.

El padre Karras, auténtico protagonista de la cinta, es un cura-psiquiatra que ha perdido la fe, y que arrastra el sentimiento de culpa por la muerte de su madre. Es la representación del populacho americano de la época. Que se sacrifica para salvar a la juventud, purifica mediante su propia lucha contra el demonio a las generaciones que están por venir, al estilo de vida americano, al cual bien le servía un exorcismo como terapia de choque ante los monstruos que había engendrado.

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Chris, la madre, es una actriz liberal, atea, divorciada y que probablemente esté viviendo un affaire con el director de su última película, Burke Dennings. Una mujer que representa la liberación social pero también toda la degradación que esa liberación socio-sexual ha traído consigo a la sociedad estadounidense, conservadora hasta el delirio. De hecho, no deja de resultar malicioso el punto de vista que Friedkin ofrece del mundo del cine. Un negocio mayoritariamente compuesto por gente de pensamiento progre, contra el gobierno y contra los principios religiosos que han guiado a América. El detective Kinderman ofrece tanto a Karras como al final al padre Dyer ir al cine a ver películas y ambos responden lo mismo: “Ya la he visto”. Dos hombres que han abrazado la fe y el celibato renuncian a ir al cine.

Más allá de posibles metáforas sociales de la época, cabe resaltar que a pesar de que El Exorcista es una película radiantemente de su época, ha permanecido vigente siempre, y el paso del tiempo le ha sentado de maravilla. Todo ello, como decía, a pesar de ser una película  temático-estilística puramente setentera. A lo ya dicho en cuanto a su temática como metáfora social de su tiempo, William Friedkin rodó el film mediante muchos recursos puramente seventies: como por ejemplo el uso del zoom, recurso que personalmente siempre me pareció de lo más feo visualmente pero que aquí se usa con un sentido narrativo (ver al respecto el uso que se hace del zoom en la tensa escena de Chris y Kinderman en la cocina de la casa, en la que éste le cuenta a la madre sus sospechas de que Burke Dennings fue asesinado y ella comienza a sospechar que Regan ha tenido algo que ver; en el momento en que Kinderman deja claro que ni por asomo sospecha de la niña, el zoom recomienza en sentido contrario y volvemos al plano inicial).

Es también notorio el conseguido de Friedkin en cuanto a la creación atmosférica del film. Ahí, el director se apoya muy bien en la música compuesta por Mike Oldfield, especialmente con la partitura Tubullar Bells. El Exorcista aterroriza no porque veamos a una niña poseída por el demonio, si no por la gradualidad que Friedkin va introduciendo en la sordidez y turbiedad de la trama. La escena inicial de la habitación de Regan (un entorno normal) corta a la imagen de una estatua angelical y, tras los créditos, nos trasladamos a Irak para el prólogo, en la que unas excavaciones arqueológicas nos sirven para introducirnos al padre Merrin, veterano cura misionero que halla unos extraños objetos enterrados que nos inducen a pensar que el mundo se divide en ángeles y demonios. El plano final de este prólogo, con el padre Merrin ante una estatua luciferiana, es una pequeña síntesis de la lucha entre el bien y el mal que veremos  a lo largo del film.

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La graduación atmosférica va tomando tintes cada vez más turbios con la introducción del mal en ese entorno normal que hemos citado y que acaba convirtiendo esa casa de un vecindario típico americano en un lugar paranormal y esa habitación donde se encierra la muchacha en el mismísimo infierno, al cual no queremos entrar, pero que William Friedkin nos obliga a observar. Regan, casi angelical en su adolescencia, va adquiriendo cada vez más raros hábitos de comportamiento: se orina encima, blasfema y miente. Cuando su desesperada madre no obtiene una respuesta somática satisfactoria, se verá obligada a recurrir a un último recurso: un exorcismo, porque, como el populacho yankee pensaba de su gobierno en aquel tiempo, “eso que está ahí arriba no es mi hija”. Y ahí Karras recuperará la fe, porque es capaz de ver que lo que le sucede a Regan no es una enfermedad mental, es tan simple como una posesión que el mal lleva a cabo en el cuerpo de una niña. Bien lo sabe el más veterano Merrin, que refuta saber los antecedentes de Regan (“¿para qué?”, se pregunta) y que niega que la muchacha saque a la superficie durante su posesión hasta tres distintas personalidades que el padre Karras ha identificado en sus visitas a la casa: “Sólo hay una”, le espeta Merrin. Es bien sencillo: la niña no sufre de esquizofrenia, ni de multipolaridad, si no de una posesión que el Diablo ha llevado quizás “para hacernos creer que Dios no nos ama”.

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Es  El Exorcista, si lo pensamos bien, una película bastante reaccionaria. Sí. Posiblemente. Pero está tan bien realizada, es tan maravillosa, que el arte no entiende de ideologías. Hasta John Ford era un poco facha. Pero ante todo era un artista. Y El Exorcista es probablemente la mejor película de terror de la historia porque no necesita asustar al público por momentos. Lo aterroriza por la cotidianeidad  de lo que muestra. Y porque nunca sabemos dónde se puede hallar el mal.  Quizás en esa  casa, en esa habitación que apaga la luz cuando caminamos por nuestro vecindario…